“Emil Cioran: la miseria del nihilismo” (Rafael Narbona)

El Cultural, 12 noviembre 2019

Maestro del aforismo, su pensamiento es una inacabable variación de un único tema, que explota toda clase de combinaciones

El ensayista rumano Emil M. Cioran se declaraba enemigo de Dios, el Hombre y la Vida. Su nihilismo no conocía límites, salvo el que impone la muerte. La perspectiva de no ser, de morir en cuerpo y alma, de abandonar definitivamente el campo de batalla de la conciencia, le producía un inmenso regocijo, pues consideraba que vivir es una maldición. No hay especie más desdichada que la humana. Nuestra maldita lucidez, una anomalía evolutiva, no deja de recordarnos nuestra fragilidad. El miedo a la muerte ha inspirado la ridícula necesidad de buscar un sentido al cosmos, engendrado religiones y filosofías que hablan de éxtasis y absolutos. Una filosofía honesta nunca hablaría de paraísos. Se limitaría a enhebrar “silogismos de amargura”, pero ignorando las exigencias de la lógica. La amargura es más discreta que la felicidad, ruidosa, banal y atolondrada.

1. Hace unos días, rescaté Silogismos de amargura, una obra de 1952. En ella, Cioran, auténtico apóstol del nihilismo, se burla de la verdad. La verdad es una ficción más, una mentira que impone dolorosos tributos. Hay que renunciar a la verdad y refugiarse en lo trivial: “Sueño con un mundo en el que se muriera por una coma”. Las palabras son las aliadas del culto a la verdad. Por eso, deben ser profanadas y ultrajadas. Al igual que Nietzsche, Cioran piensa que la gramática es “una vieja hembra engañadora”. Los filósofos deberían tomar como modelo de estilo “el juramento, el telegrama y el epitafio”. En realidad, sería preferible no escribir, pero el ser humano está enamorado de sus taras y no puede reprimir el impulso de compartirlas.

Cioran fantaseaba con el suicido, se excusaba por escribir, despreciaba el amor. ¿Por qué no se quitó la vida entonces? ¿Por qué escribió un libro tras otro, desplegando una actividad intelectual frenética, casi compulsiva? Su trayectoria es sumamente paradójica, pues reivindicó el gruñido y la esterilidad, lo cual no le impidió cuidar la prosa, afilar el pensamiento y acumular un buen número de obras. Maestro del aforismo, su pensamiento es una inacabable variación de un único tema, que explota toda clase de combinaciones. Repite una y otra vez que la vida es un error. Existir –y soportar el lastre de la conciencia– sólo produce insatisfacción y dolor. Escribir es una enfermedad, su enfermedad, la manifestación irremediable de su malestar existencial. No busca la gloria ni la inmortalidad, pero presupone que su obra disfrutará de un prolongado eco, lo cual le avergüenza. Sus libros se leerán durante mucho tiempo por la misma razón que se lee a Baudelaire, Rimbaud o Poe: por su ferocidad. El Evangelio ha llegado hasta nuestros días por ser el libro más “venenoso” de la historia de la humanidad. Sólo un libro ponzoñoso se atrevería a sostener que el universo nace del amor.

El cosmos es una alcoba ahogada por una fetidez insoportable, un abismo donde se pudren los cadáveres de una leprosería. La vida es “una combinación de química y estupor”. Sería preferible ser piedra, mineral. No hay ningún motivo para sentirse orgulloso de ser hombre. Somos “una especie de monstruo temeroso” que aúlla ante el absurdo inconmensurable del ser. Cioran confiesa que la realidad le produce “asma”, fatiga, asfixia. Sin embargo, no ha cometido la insensatez de refugiarse en Dios. Dios florece en la enfermedad y el miedo. La leucemia es el jardín donde echa sus primeros brotes. Sólo los locos reconocen la impotencia humana, su trágica fragilidad. Cioran rescata las palabras de un enfermo mental para reflejar nuestro desamparo: “Soy como una marioneta rota cuyos ojos hubieran caído dentro”. Dios es un ruiseñor que eructa, un amanecer vomitado por un hígado agonizante, una abominación alumbrada por el temor y la ignorancia. El hombre lúcido no reza. Bebe, fuma, odia, maldice, escupe, avasalla y frecuenta los burdeles. Su sentido de la coherencia le impone destruir su propia vida, no hacer nada de provecho, malograrse alegremente. Su “lógica de hiel” es más decente que la indignidad de la oración, meras palabras de sumisión lanzadas al vacío. Occidente declina porque ha renunciado a sus vicios. Su decadencia puede compararse a la de la Iglesia Católica: “Véase el caso de los papas: mientras fornicaban, practicaban el incesto y asesinaban, dominaban el mundo y la iglesia era omnipotente. Desde que respetan sus preceptos, su poder se degrada”.

Cioran repudia los nacionalismos, pero no esconde su amor por España. No le atrae su pasado imperial, sino su sentido de la decadencia, interiorizado incluso por las gentes más sencillas. En una ocasión, visita un pueblo y se aloja en una modesta pensión. En un cuarto, se topa con un retrato de Felipe II. Una mujer casi analfabeta le comenta: “Con él, empezó nuestra decadencia”. Tras descubrir y conquistar el Nuevo Mundo, España “se dedicó a rumiar su pasado, se volcó sobre sus lagunas, dejó que se enmohecieran sus cualidades y su genio; en compensación, enamorada de su ocaso, lo adoptó como una nueva supremacía”. En ese sentido, España es la nación del desengaño. Sólo cree en su interminable crepúsculo. Ese espíritu debería ser un ejemplo para todas las naciones. La vida es una caída sin fin, una derrota irreversible. Admitirlo es un gesto de clarividencia que honra a los españoles. Apátrida irreductible, Cioran confiesa no obstante que siempre ha deseado ser español, pues se trata del único pueblo que ha echado raíces en una saludable putrefacción. Su resistencia a la modernidad es una garantía de futuro. En cambio, Europa, rebosante de saber, camina hacia la autodestrucción. Hitler intentó salvarla mediante el regreso a la barbarie, pero fracasó. Aunque de joven, Cioran simpatizó con la Guardia de Hierro fundada por el abogado rumano Corneliu Zelea Codreanu, después se distanciaría de las tesis nacionalistas. Nunca pretendió reivindicar a Hitler, pero sí señaló que la decadencia de Occidente se debía al exceso de intelectualismo y a la falta de ambición y orgullo. Aníbal habría triunfado sobre Roma, si hubiera lanzado su ofensiva militar siglos más tarde, cuando “el imperio estaba vacante, como la Europa de hoy”.

Cioran se mofa de la virtud. Sueña con tener el alma de Tiberio, que no conocía la piedad y se complacía con lo perverso y monstruoso. Maldice la esperanza, “una aberración, una ficción”. Dios es “la Nada suprema”. La vida no merece un calificativo mejor. Cioran no es Nietzsche. No incurre en la exaltación dionisíaca de la vida. Al revés, reconoce que sin Dios, la vida no es más que polvo y miseria, un infructuoso trasiego de penalidades, una mascarada absurda y sangrienta. No debemos bajar la guardia. Si alguna vez experimentamos la tentación del Bien, debemos extirparla con virulencia mediante un acto cruel. En esos momentos, debemos ir a un mercado, escoger entre la muchedumbre a la vieja más desvalida y atropellarla sin piedad. El mal deja una huella más duradera que la virtud: “Dichosos Onán, Sade, Masoch… Sus nombres, lo mismo que sus proezas, no envejecerán jamás”. Cioran no niega el poder de la belleza. Bach o un saxofón pueden provocar auténticos arrobamientos. Las notas del saxofón o un clave nos enseñan más cosas que la lectura de Platón. “Dios le debe todo a Bach”. Con todo, los logros de la música son inferiores a los dones del desarraigo: “Pueblo auténticamente elegido, los gitanos no son responsables de ningún acontecimiento, de ninguna institución. Han triunfado sobre el mundo por su voluntad de no fundar nada en él”. La muerte siempre es la mejor opción: “Creo en la salvación de la humanidad, en el porvenir del cianuro…”. Los hombres no son más que “gotas de saliva que escupe la vida, […] un espermatozoide es un bandido en estado puro”. Cioran elogia el aborto y el canibalismo, pues ambos contribuyen a diezmar la especie humana. Finaliza su alegato contra la vida, afirmando que su odio se apaga con la edad, que probablemente ya no se suicidará –quizás se ha jubilado de su principal obsesión– y que se cobija estoicamente en la perplejidad. Se ha acostumbrado a sus propios terrores y ya no le teme a la muerte: “Hubo un tiempo en que envidiaba a esos monjes de Egipto que cavaban sus tumbas para llorar sobre ellas: si cavara ahora yo la mía, sería para no arrojar más que colillas”… [+]

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