“Cioran y el Romanticismo” (Rodrigo Inácio R. Sá Menezes)

Texto presentado en las Jornadas Filosóficas Cioran ( noviembre 2020), en homenaje a los 25 años del filósofo rumano (1911-1995).

1. Introducción 

Me gustaría hacer un breve ejercicio hermenéutico en torno a Cioran: pensar la herencia romántica del pensador rumano, el fondo romántico de su pensamiento y de su obra, su romanticismo, en suma, lo que puede parecer cuestionable a simple vista.

Cioran: pensador – y artista – romántico. Pero ¿qué significa esto? ¿Cuál es la pertinencia de dicho concepto – tan vago, incierto – en lo que concierne a la exégesis de la obra cioraniana? ¿Qué explica él? ¿Qué aclara?

Quiero justificar la elección del Romanticismo como horizonte hermenéutico porque se presta para una lectura comprensiva y en profundidad de Cioran, situándolo en los cuadros de la Modernidad, como un pensador radicalmente moderno – tanto más en la medida en que es antimoderno.

A continuación, voy a señalar algunos rasgos del logos (pensar-decir) cioraniano que son típicamente románticos, cuya matriz estético-filosófica es el Romanticismo europeo a finales del siglo 18.

2. ¿Por qué el Romanticismo?

La paradoja del Romanticismo es la de ser moderno y antimoderno a la vez. Sin embargo, el prefijo “anti” no significa, aquí, “déficit”, incoherencia, traición, sino más bien potencia, libertad, incremento, abundancia de modernidad. Ahora bien, ¿cuál es la pertinencia de dicho concepto en lo que concierne a la exégesis de Cioran?

Precisamente el claroscuro, lo vago, incierto, su naturaleza polivalente, proteiforme, paradójica, inaprehensible. El caso de Cioran nos presenta un estado de cosas análogo: paradoja, ambivalencia, explosión y fragmentación, la primacía de la palabra poética sobre el discurso objetivo y abstracto (conceptual, sistemático): todo esto tiene raíces en el movimiento romántico europeo, sobre todo en el contexto alemán, el mismo de Nietzsche, una de las más decisivas influencias postrománticas de Cioran, que a él se refiere como “mucho más que un filósofo”.

Podríamos generalizar al Romanticismo esto que el autor de los Silogismos de la amargura afirma sobre Nietzsche: “Medimos su fecundidad en las posibilidades que nos ofrece de repudiarle continuamente sin acabar con él.” Como Nietzsche, el Romanticismo es un hueso inagotable, “duro de roer”, desde siempre corroído, y sin embargo intocado. Somos herederos de ese movimiento de ruptura permanente que contagió Europa y el mundo a partir de los últimos decenios del siglo 18.

Retornar al Romanticismo en medio a un clima cultural aséptico e insípido, “purista” y optimista, de una positividad tóxica (gran paradoja, de mal gusto), de alergia con sólo escuchar dicho término, sobre todo en materia de amor, relacionamientos, sexualidad. Ahora bien, no es este el romanticismo que me interesa, no es esta la materia. Todas las cosas tienen dos lados al menos, nada es solamente bueno o malo. Incluso la(s) enfermedad(s). Y si el Romanticismo es una entre otras, empezando por esa enfermedad esencial que consiste en el hecho de existir, ser, y sobre todo ser humano, vertical y consciente de sí (doble anomalía, doble enfermedad, puesto que el hombre es un animal enfermo por naturaleza), hay que apreciar el lado positivo de su negatividad, más allá del lado negativo de su positividad.

Las propiedades románticas esenciales que se encuentran también en Cioran, y que me parecen herencias románticas inestimables: la libertad de pensamiento y de creación, la afirmación de las diferencias irreductibles e irreconciliables, el coraje de asumir su yo, aunque sea un “maldito yo”, para pensar, producir y actuar en el mundo de modo intuitivo y personal, autentico, sin la tutela de autoridades heterónomas, ya sea la Iglesia o el Estado.

Los tópicos y los conceptos, o más bien los operadores conceptuales que quiero articular en torno a Cioran, en cuanto pensador y artista romántico, son: aforismo y fragmento (su relación y distinción), de ahí la exigencia fragmentaria observada por él, que tiene que ver con las nociones de meontología y de logología. Relacionando todo esto con la dualidad ironía-melancolía que constituye el fundus animae, por así decir, del pensamiento cioraniano, argumentaré que el concepto de logología, que tomamos de Barbara Cassin, que de su parte lo toma del poeta romántico Novalis, corresponde a esto que Cioran denomina “demiurgia verbal”.

3. Romanticismo, Nihilismo, Gnosticismo: contradicciones y encrucijadas de lo moderno. Cioran, filósofo-artista de tipo romántico.

¿Cioran, pensador romántico? ¿Sí? ¿No? Es la más o menos la misma dificultad cuando se trata del gnosticismo o aún del nihilismo, operadores conceptuales igualmente instables y problemáticos que a menudo suelen oscurecer más que aclarar. A propósito de esa múltiple controversia en torno a Cioran, se podría decir:

Cioran es romántico. Tiene mucho de romántico.Cioran no es para nada romántico, no tiene ningún rasgo de romanticismo.
Es un gnóstico contemporáneo.No es gnóstico, sino antignóstico (nihilista, sin gnosis ni salvación)
Es nihilista.No es nihilista (sino más bien escéptico, cínico, o las dos cosas a la vez).
Es pesimista.Es trágico (niega el pesimismo en la medida en que lo ve necesariamente asociado a la noción de sistema, por ejemplo en Schopenhauer).

De hecho, lo niega todo: no es romántico, ni gnóstico, aun menos pesimista o nihilista, e incluso a propósito del escepticismo, declara ser un “falso escéptico”. Cierto es que no niega lo trágico, puesto que la Vida es trágica (o más bien tragicómica). Dicha controversia, y toda la problemática subyacente, no es extraña a Nietzsche, una de las más decisivas influencias postrománticas de Cioran, que a él se refiere como “mucho más que un filósofo”. Ahora bien, al igual que no hubiera existido Nietzsche sin Schopenhauer, tampoco habría existido, filosóficamente, Cioran sin Nietzsche y Schopenhauer. Estos dos pertenecen a un contexto cultural-intelectual híbrido, en Alemania del siglo 19, compuesto de racionalismo e idealismo, de una parte, y romanticismo de otra.

Cioran nace en Transilvania, que en este momento se encuentra bajo el dominio del imperio austrohúngaro. La lengua y la cultura alemanas ocupan el primer lugar en la jerarquía social. Desde niño, Cioran aprende el alemán, idioma que dominará mucho antes que el francés. Como sostiene Ciprian Valcan, en Las influencias culturales alemanas y francesas en la obra de Cioran (traducido al español por la profesora Liliana Herrera – que esté en paz – y publicado por la editorial de la UTP), la joven generación de Cioran y Eliade demuestra una fuerte atracción intelectual filogermánica y una francofobía relativa, es decir el rechazo de la cultura filosófica francesa, considerada por ellos demasiado racionalista, enciclopédica, carente de vida y de pathos trágico.

Ahora bien, más allá de Nietzsche y Schopenhauer, el filósofo rumano se nutre intelectualmente del Romanticismo alemán (y también del inglés, ruso, francés, italiano), a menudo cita a unos poetas románticos (Novalis, Leopardi, Byron, Shelley, Coleridge, Lermontov), y sin embargo manifiesta una distancia crítica, a menudo irónica, sino sarcástica, hacia él, como si quisiera huir de toda vinculación y complicidad con “Romanticismo”. En su irreverencia habitual, perpetúa algu nos estereotipos “clásicos” en torno a lo romántico, lo vuelve irrisorio, anecdótico: “El romanticismo inglés fue una acertada mezcla de láudano, exilio y tisis; el romanticismo alemán, de alcohol, provincia y suicidio.” “Los románticos fueron los últimos especialistas del suicidio. Desde entonces se improvisa… Para mejorar su calidad necesitamos un nuevo mal del siglo.” (Silogismos de la amargura)

En este último, deja abierta la posibilidad de actualizar el Romanticismo e inventarse un nuevo “mal del siglo”, que a juzgar por su obra – inseparable de su experiencia existencial – no será sino el Insomnio.

De hecho, la manera como Cioran dramatiza esa “ausencia criminal del sueño”, como hace de ella la materia prima de su trabajo intelectual y creativo, filosófico y poético, es por sí sola muy romántica, de un “romanticismo desenfrenado” para hablar como Isaiah Berlin, es decir tempestuoso, turbulento, “pesimista”, “nihilista”, etc. De ahí la mitopoética gnóstica desplegada por el autor rumano en libros como El aciago demiurgo y muchos otros.

El suyo es un romanticismo sin utopías ni esperanzas (de ahí un gnosticismo sin salvación, nihilista): el romanticismo de la lucidez luciferina. De ahí dos poéticas distintas y complementares practicadas por Cioran (entre otras): la de la Descomposición (“podredumbre”) y la del Fracaso (échec, ratage). En sus Cuadernos, hay algunos comentarios significativos acerca del Romanticismo (y particularmente el alemán), muy reveladores de la actitud ambivalente de Cioran hacia die Romantik:

Que hay algo de falso en el romanticismo alemán (debería decir en los románticos), ya lo veo; pero me gusta este mismo falso, de tanto como ese fenómeno me colma. Me gustaría estudiarlo y dedicarle todo mi tiempo, leyendo todas las cartas de la época, las de las mujeres ante todo. ¡Y yo que pensaba que ese era el fin de mi pasión por estas figuras semi reales! El desequilibrio y un poco de declamación, qué prestigio para mí.

Cuadernos: 1957-1972

Lo falso del Romanticismo, es decir el ensueño, la complacencia en lo posible, lo fantástico, lo infinito (riesgo muy bien percibido por Kierkegaard). Dulce o amarga falsedad que no es del todo extraña a Cioran, quien, en su juventud, escribe un libro donde hace una sorprendente apología de las ilusiones – de la Ilusión – contra las “evidencias”, siempre amargas, siempre crueles, contra la opresión de lo que es y no puede no ser. ¿Cuáles ilusiones? La de Dios para empezar – Ilusión Suprema –, seguida de las del Amor y de la Libertad, y por qué no la de ser el centro del mundo, de disponer de él “como si hubiésemos colaborado en su advenimiento y hubiéramos tenido luego el derecho, por no decir el deber, de precipitar su ruina”; por último pero no menos megalomaníaca, la ilusión de ser “el hombre más lúcido que ya hubo”, pues “ce qui me donne l’illusion de n’avoir jamais été dupe, c’est que je n’ai rien aimé sans du même coup le haïr.” (Silogismos de la amargura)

Sin esas y otras tantas ilusiones vitales, fuera de ese sistema de ilusiones que es la existencia, no hay sino el vacío, el aire es irrespirable, la vida insoportable, piensa Cioran. La lucidez es – puede ser – tramposa: la consciencia de no guardar ya ninguna ilusión es también una ilusión – la más peligrosa e inútil, la menos provechosa y “eficaz” (Wirklich). Estos ojos que lo desmienten todo, que “desenmascara[n] y anula[n] toda la Creación”, como escribe él en Lágrimas y santos, terminan por quedarse no apenas sin visión, sino más bien sin suelo, sin mundo, sin nada.

En la entrevista a Jean-François Duval (1979), leemos esta confesión: “Me he sentido muy próximo al romanticismo, el alemán sobre todo, en mi juventud. E incluso actualmente no puedo decir que me haya separado del todo de él. Del sentimiento fundamental en mí – el Weltschmerz, el tedio romántico – no me he curado.” Curado de la “forma”, es decir de la expresión romántica, pero no de su “fondo”, de su enfermedad… Tedio, hastío, melancolía, tristeza, desesperación: matices de un mismo fundus animae incurablemente romántico, de un mismo modo de experimentar el ser y el no-ser, la existencia y lo absoluto, el tiempo y la eternidad… Esta es fundamentalmente la Stimmung romántica (Spleen), y también la de Cioran, el sentimiento fundamental presente en su naturaleza (menos por influencia externa que por experiencia íntima y personal). En francés es Ennui: palabra de difícil traducción que designa un sentimiento vertiginoso tan familiar a Cioran desde su niñez, en el “paraíso” terrestre de su pueblo natal en Transilvania.

Hay que señalar la influencia de Giacomo Leopardi, considerado por Cioran “el poeta más pesimista que haya existido” (lo que se debe entender en sentido muy positivo), en el contexto del Romanticismo italiano: “Releyendo algunos poemas de Leopardi he comprendido hasta que punto estoy curado del romanticismo – en cuanto a la forma; pero no en cuanto al fondo.” (Cuadernos

La forma de la que se declara “curado” no es sino el lirismo de su juventud. El joven Cioran es demasiado lírico si se compara con la “secura”, el laconismo tajante de su escritura francesa. Uno de los textos de su primer libro rumano, En las cimas de la desesperación (1934), se titula “El lirismo absoluto”; el siguiente, el Libro de las quimeras (de las ilusiones en portugués), es igualmente marcado por un lirismo rebosante, por la apología del caos interior y de una barbarie poética que tiene en la figura de Nero, loco e incendiario, el prototipo de sus trances delirios y de sus devastaciones en lo abstracto – “neronismo” poético.

5. Logología, Meontología, Ironía y Melancolía: Poéticas del Fragmento

Ahora bien, aunque haya abandonado el lirismo de su juventud, al igual que sus antiguas creencias y esperanzas utópicas (nacionalistas, revolucionarias), permanecerá en él siempre la afinidad electiva, la complicidad afectiva – contrariada, insatisfecha – con el Romanticismo. El rechazo del lirismo no equivale al Adiós a toda forma romántica, a todo modelo romántico de expresión y estilo.

La escritura fragmentaria de Cioran es una originalidad romántica, una relativa novedad moderna. El género discursivo (no necesariamente poético o literario, sino también filosófico, científico) del fragmento, lo fragmentario, la idea del Fragmento (como) Absoluto, en toda su originalidad moderna, es eminentemente romántico. Cioran escribe aforismos, cierto es, pero estos pueden ser más o menos fragmentarios. “Aforismo” deriva de ap-horizein: horizonte delimitado y fijado por la mirada, cerrado en los límites de la visión; cuanto más fragmentario el aforismo, menos tajante, terminante, más reticente, sugerente… La exigencia fragmentaria de su escritura, Cioran no la remite directa y explícitamente al Romanticismo, sino a Nietzsche:

Creo que la filosofía no es posible más que como fragmento. En forma de explosión. Ya no es posible ponerse a elaborar capítulo tras capítulo, en forma de tratado. En este sentido, Nietzsche fue sumamente liberador. Fue él quien saboteó el estilo de la filosofía académica, quien atentó contra la idea de sistema. Ha sido liberador porque tras él puede decirse cualquier cosa… Ahora todos somos fragmentistas [fragmentistes], incluso cuando escribimos libros de apariencia coordinada. Va también con nuestro estilo de civilización.

Conversación con Fernando Savater

Hay que señalar la libertad del Fragmento en comparación con el aforismo, lo que instaura en aquél, desde su nacimiento, una “crisis de identidad”, una “crisis de ser” (ontológica), o de no-ser: el Fragmento es el Hamlet de los géneros literarios. Si el ensayo y el aforismo son géneros ya modernos en su especificidad (Montaigne, los moralistes), se puede decir que el Fragmento es sumamente moderno, es la modernidad más la libertad, al igual que Antoine Compagnon dice que “los antimodernos son la libertad de los modernos, o los modernos más la libertad”.

Señalar la afinidad electiva de Cioran con el Romanticismo es importante porque así se lo inscribe en los cuadros de la Modernidad, con todas sus contradicciones y ambivalencias, rupturas y paradojas, como un autor radicalmente moderno, en contra las lecturas a menudo superficiales y tendenciosas que ven en él un “reaccionario”, un enemigo de la Modernidad y nada más, un “antimoderno” sin ninguna ironía, ninguna ambivalencia. Es tan válido decir de Cioran que es “reaccionario” como lo es decirlo del Romanticismo. Por lo demás, el pensador rumano saluda, a su manera, la Modernidad como una era crepuscular, decadente, y por ende interesante, estimulante, en la que el peso de la tradición da paso al vértigo de la ruptura permanente, a la “herejía” del movimiento y del desplazamiento.

Hay que señalar la dualidad Ironía-Melancolía en Cioran. Ironía y Fragmento se encuentran estrechamente vinculados en clave romántica, como por otra parte Melancolía y Fragmento. Ironía y Melancolía son como “hermanas siamesas”, inseparables en el logos cioraniano – de ahí la dualidad, la ambivalencia, el hibridismo, esa “impureza” esencial de la poética cioraniana. La imagen poética del abismo, tan presente en esa “obra” de désoeuvrement, tiene que ver con esto. Se trata, según Isaiah Berlin, de la obsesión romántica con lo profundo, la profundidad insondable e inagotable, infinita, infundada. “Sólo tiene convicciones quien no ha profundizado en nada”, escribe Cioran en uno de sus libros franceses, resumiendo en un aforismo lapidar este pasaje del Libro de las quimeras:

La ambivalencia y la ambigüedad pertenecen a las realidades últimas. Estar con la verdad contra ella no es una fórmula paradójica, porque todo el mundo entiende sus riesgos y revelaciones, es imposible no amar y no odiar la verdad. El que crea en la verdad es un ingenuo; el que no, un estúpido. La única vía recta que hay pasa por el filo de una navaja.

El libro de las quimeras / O livro das ilusões

Se encuentran reunidos aquí escepticismo e intuicionismo místico, fatalismo trágico y revelación extática. “La verdad”, “realidades últimas”: terminología de una metafísica intuitiva y experimental, subjetiva y “orgánica”. La dualidad de “estar con la verdad contra ella” es irónica y melancólica a la vez. Esta manera aporética de pensar es, según Clément Rosset, un caso de filosofía trágica de la “síntesis fallada”, irrealizada, de la no-síntesis. Cioran no es un filósofo del Ser, de la “gloria del Ser”, no hace una ontología del órden y de la finalidad, de la identidad y de la unidad; Cioran es un filósofo del No-ser, un pensador que hace meontología, es decir teoría del No-ser, de la Nada.

Según Barbara Cassin, el discurso logológico (logología) “es demiúrgico, fabrica el mundo, lo hace advenir.” La “demiurgia verbal” de la que habla el autor rumano, en La tentación de existir (1957), es justo la variedad cioraniana de esa “logologia” de la que habla Cassin, opuestamente a la clásica ontología de Parménides a Platón y Aristóteles.

Mientras el discurso ontológico “celebra el Ser” y tiene como tarea decirlo, hacer manifiesto aquello que es, el discurso logológico fabrica “lo que es”, el “ser”, que es un puro efecto del decir.

Ahora bien, el discurso cioraniano es logológico y meontológico. Lo que hace el autor del Breviario de podredumbre es una logología poética de índole meontológica: su obra revela o fabrica no el “Ser”, sino la “Nada” (de ahí la centralidad de la imagen del abismo). Es una (auto)poïesis de la Descomposición y del Fracaso, en la dualidad ironía-melancolía, en contra las filosofías optimistas, finalísticas (teleológicas) y triunfalistas y de los siglos 19 y 20.

Jean-Luc Nancy y Philippe Lacoue-Labarthe son los coautores del importante estudio El Absoluto literario: teoría de la literatura del romanticismo alemán. En Cioran, l’absolu littéraire en cuestión, de connotaciones tan “teológicas”, se negativiza y vuelve néant littéraire (“nada literaria”): “En la vida del espíritu llega un momento en el que la escritura, erigiéndose en principio autónomo, se convierte en destino. Entonces es cuando el Verbo, tanto en las especulaciones filosóficas como en las producciones literarias, revela su vigor y su nada.”

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