“Historia de vida de mujeres detenidas políticas en la Rumania comunista: los temas y los no contados” – Claudia-Florentina DOBRE

Original: DOBRE, Claudia-Florentina. Récits de vie des anciennes détenues politiques: les thèmes et les non-dits. En: Ni victime ni héroïne: les anciennes détenues politiques et les mémoires du communisme en Roumanie.  București: Electra, 2019.  pp. 81-130. Traducción de Miguel Ángel Gómez Mendoza (profesor Universidad Tecnológica de Pereira-Colombia).

Sobre la autora: Investigadora del Instituto de Historia “Nicolae Iorga”, Bucarest-Rumania. Presidenta de “Centrul de Studii Memoriale și identitare”. Directora revista “MemoScapes. Romanian Journal of Memory and Identity Studies”.

A partir de la influencia de la perspectiva científica que se adopte, las historias de vida recopiladas hablan de la represión y el comunismo desde el punto de vista de la mujer que se ha convertido en testigo de ello. La infancia, la adolescencia, la persecución política, la liberación y el regreso a la «gran prisión» en la que se ha convirtió la Rumanía comunista, los acontecimientos de diciembre de 1989 y el retorno de la esperanza, el poscomunismo y el desencanto político son los principales temas de los discursos que se han revelado.

En este capítulo, al centrarme en los temas y el contenido de las historias de vida de las antiguas detenidas o presas, mi propósito es identificar tanto lo colectivo como lo personal en su discurso de remembranza.

Es más, cuestiono las diferencias entre hombres y mujeres que aparecen en sus discursos en relación con sus vidas y sus experiencias de represión.

2.1 La infancia feliz o «la edad de oro»

Marc Augé considera que los recuerdos de la infancia son como imágenes-memoria: paisajes o rostros desaparecidos que aparecen de repente[1]. Las conexiones entre estas imágenes-memoria pueden dar origen a una historia. Esto último influye en la capacidad posterior de recordar, por lo que las personas tienden a reproducir los recuerdos de esta primera historia. Además, parece que el recuerdo de la infancia está ligado a los recuerdos de otros: padres, amigos, compañeros.

Los relatos de la infancia por parte de las mujeres entrevistadas en esta investigación son producto de varios recuerdos cruzados: recuerdos forjados a instancias de las autoridades, creados por amigos y padres en las prisiones, recreados por la familia después de que salen de prisión. A esto, se agregaron unas categorías de recuerdos después de la caída del comunismo mediante memorias publicadas o libros de historia, películas de ficción o documentales, series de televisión, etc.

Para ellas, la infancia es felicidad perdida. Este es el momento de los juegos, de los padres, de los amigos, de la despreocupación, de la esperanza.  El sentimiento de nostalgia por esa verdadera  «bella  época» de su vida surge en el discurso de cada mujer entrevistada. Tuve una infancia muy hermosa en Galaţi, la infancia más hermosa. Vivíamos en las riveras del Danubio, cuenta la Sra. Silvia I. La infancia está arraigada irremediablemente en la casa familiar: Teníamos una casa muy hermosa en Cluj, en la colina que se erigía detrás de la Ópera, y la cual fue confiscada por los húngaros en 1940, recuerda Irina B.

Abandonar la casa significa el final de la infancia. Fue precisamente en ese momento cuando me di cuenta de que la infancia había terminado. A partir de ese momento, nunca tendría a mi mamá ni a mi papá a quienes pudiera acudir, con quienes pudiera encontrar refugio, que me protegieran, dice la Sra. Alexandra G.

La infancia era el mundo de los juegos, las risas y las fiestas: jugábamos todo el tiempo y no nos importaba lo que pasaba. […] Nos interesaba especialmente la Navidad y la Pascua, cuenta siempre Alexandra G. Con motivo de la celebración del primero de diciembre[2] había una ceremonia que a los niños nos gustaba mucho, era el Retiro de Antorchas, recuerda la Sra. Irina B.

Durante la infancia, todas estas mujeres vivían fuera del tiempo histórico, en un tiempo esencialmente de felicidad y gratitud. Además, sus padres intentaban protegerlas de todos los males que perseguían a la sociedad rumana y al mundo de aquella época. Mis padres no hablaban de política frente a los niños, recuerda Alexandra G. Sin embargo, la historia surgió repentinamente en sus vidas en 1940, arrancándolas de su tranquilidad ahistórica, de su inocencia[3]. Alexandra G. recuerda: La primera vez que me di cuenta de que algo malo se estaba gestando para nuestro país, fue cuando los soviéticos anexaron Besarabia. No sabía exactamente lo que había pasado el 22 de junio de 1940, pero recuerdo que mi padre estaba muy disgustado y, sin explicarnos nada, salimos a dar una vuelta en carro. Mamá nos hacía señas para que nos quedáramos calladas para no molestar a nuestro padre. Más tarde supe que Besarabia había sido cedida. Fue a partir de entonces que empecé a comprender lo que pasaba en mi alrededor.

La señora Irina B. vivió los mismos hechos históricos de una manera mucho más brutal. El 30 de agosto de 1940, Rumania tuvo que ceder el noreste de Transilvania a los húngaros tras un ultimátum impuesto por las autoridades nazis[4]. Estábamos desesperados cuando nos enteramos de la cesión de Ardeal. Muy rápido tuvimos que irnos, recuerda ella. Esta cesión, que fue precedida por otra que fue impuesta por los soviéticos, puso fin a la «Gran Rumania»

El período de infancia de la mayoría de mis entrevistadas coincidió con la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la  guerra rara vez se menciona en sus relatos. Ninguna de las mujeres entrevistadas habló de las privaciones que provocó la segunda conflagración mundial en Rumania. Parecía que para las mujeres la guerra era asunto de hombres y era su deber hablar de ello. Esta afirmación se ve corroborada por la forma en que los hombres que entrevisté relatan este período. De hecho, le dan un lugar importante a la experiencia de la guerra. Algo para destacar y que es gratificante para el hombre que tuvo que defender su patria  

Para una mujer, la guerra representa la ausencia de hombres de la familia, los que van al frente de guerra y enfrentan los  bombardeos. La señora Alexandra G. evoca especialmente a aquellos angloamericanos, más fuertes en comparación con los soviéticos. Al respecto, en su relato, los bombardeos comenzaron en 1944 con el episodio del 4 de abril: Este fue el bombardeo del 4 de abril de 1944 que me llamó la atención … hasta entonces había habido un débil bombardeo y todo mundo se divertía, y nosotros los niños nos divertíamos aún más … Hubo bombardeos soviéticos que no causaron demasiado daño, se decía que habían lanzado un bomba, pero no había pasado nada. Los bombardeos del 4 de abril fueron  angloamericanos. Para mi, ya que vivía muy cerca de la estación de trenes del Norte de Bucarest, quedaron grabados en mi memoria como momentos importantes de este período. Recuerdo que estábamos en un sótano con mi mamá y las bombas a nuestro alrededor caían por todas partes, especialmente en la estación de trenes del Norte. Cuando sonó el fin de la alerta, lo que me llamó la atención fueron las hojas de papel, probablemente documentos, volando desde los edificios bombardeados. Papeles y polvo en las calles, eso es lo que recuerdo de ese primer bombardeo.

Los bombardeos angloamericanos causaron muchos daños: algunos miles de muertos y heridos, varios cientos de casas completamente destruidas[5]. Sin embargo, los recuerdos de estos bombardeos no son negativos en los relatos de los participantes en mi investigación. Esto se debe al hecho de que Gran Bretaña y Estados Unidos eran considerados amigos de Rumania además de potencias salvadoras.

A pesar de la guerra, de los acontecimientos históricos y personales menos felices, este momento es descrito como una época de felicidad. Para los hombres, fue, sobre todo, el tiempo de su formación, de su participación en la vida pública y política de su país. También sentí el agradecimiento de los entrevistados  por invitarlos a hablar sobre su infancia.

Como nuestra memoria está estrechamente ligada a los lugares[6], el contexto de recordar la infancia fue favorable a los recuerdos positivos ya que pude realizar las entrevistas en sus casas. Además, en la casa donde se llevó a cabo la entrevista nació la señora Alexandra G., que fue la persona quien más habló de su infancia: Vi la luz del día en esta casa, la cual considero mi casa y donde me siento realmente como en casa.

El importante lugar que se le da a la memoria familiar también confirma que la transmisión de la memoria familiar puede considerarse como un deber de las mujeres[7]. Como en la Edad Media, estas mujeres se convirtieron en las intérpretes y responsables de la memoria de sus familias[8].

Se reprime todo lo que es ajeno a la felicidad de su familia: la guerra, las autoridades, la política. Rara vez se mencionan acontecimientos como el terremoto de noviembre de 1940, la rebelión de los legionarios de enero de 1941[9]. Solo la señora Alexandra G. dio algunos detalles sobre esa época: Primero, fue el terremoto de noviembre de 1940 … Papá se había  movilizado y no estaba en la casa… Era mi primer terremoto y la primera vez que sentí que había algo más fuerte que el hombre. No tuvimos ningún daño en la casa, pero toda la ciudad estaba conmocionada, fue un momento difícil, este terremoto. Luego empezó la escuela, hubo la revuelta legionaria de la que no sé mucho, pero guardé en mi memoria el sonido de los disparos en la calle … no entendía nada … Los legionarios tenían el poder y disparaban de todos modos … No entendía muy bien los acontecimientos … En todo caso, fue un invierno bastante difícil.

Las historias de infancia de las mujeres entrevistadas son historias de una época inocente y feliz. Es el período del juego, la risa, la educación y la incorporación de los valores de su entorno. Esta felicidad desapareció para siempre, su discurso es dominado por el sentimiento de la pérdida de este paraíso. Esta pérdida personal coincide con las pérdidas de la nación rumana: la pérdida de territorios, las pérdidas de la guerra, la pérdida de las libertades.

Los relatos de los hombres están menos marcados por este sentimiento de pérdida de la edad de oro. Evocan su infancia para hablar de sus actividades anticipándose a su vida adulta. Presentan sus modelos a seguir, generalmente familiares, describiendo su actividad pública. La vida política del país está bien documentada en su narrativa. Los políticos dominan los recuerdos de su infancia. Más aún, los políticos de la época se caracterizan por la filiación política de mis colaboradores, y sus acciones y decisiones se descifran a través de un filtro patriótico.

2.2  El idealismo de la adolescencia

La adolescencia corresponde, para la mayoría de mis entrevistadas, al establecimiento del régimen comunista en Rumania y, en consecuencia, a todo tipo de privaciones. Es un período de transición, de agitación política tanto para sus familias como para la sociedad rumana. Está grabado en su memoria bajo el signo de la pérdida de la inocencia.

Es una época de mucha dificultad, tal como recuerda Silvia I.: Mi padre se fue a Bucarest donde empezó a trabajar en una fábrica como obrero. La Sra. Alexandra G. también menciona la difícil situación de su familia: Mi padre, que era cirujano, fue removido del hospital aunque nunca se involucró en política. Todavía tenía su consultorio, pero como mi papá realizaba cirugías grandes y no abortos o lo que sea… el consultorio no era rentable. Sin embargo, debía pagar un impuesto muy elevado ya que se le consideraba un practicante de una profesión liberal. Sellaron nuestros armarios, confiscaron el auto de mi padre y sus escopetas de cacería.

También es el momento en que comienza la persecución política. Padres, tíos, amigos son encarcelados. La normalidad de la vida diaria se ve trastornada. El caso de la familia de la señora Alexandra G. se convierte en cierto modo en un ejemplo de ello: […] antes de la década de 1950, tres de los hermanos de mi mamá fueron arrestados: uno de ellos era profesor de historia en la Universidad de Bucarest, ministro en los dos gobiernos de Sănătescu y Rădescu; por tanto, formó parte de los últimos gobiernos liberales, los últimos gobiernos democráticos de Rumanía… El 5 o 6 de mayo, el hermano menor de mi mamá también fue arrestado, y en el mismo período fue encarcelado otro hermano de mi madre que era director general del Correo… Un primo fue detenido y luego enviado al canal Danubio-Mar Negro porque había ido al Instituto Francés a devolver algunos libros …

A pesar de los trastornos, todos intentaban llevar una vida más o menos normal. Los niños continuaron sus estudios, presentando sus exámenes y los padres trabajando. La atmósfera de expectativa de normalidad que debería generar Estados Unidos tras una guerra con la Unión Soviética hizo prevalecer el optimismo en ese momento[10]. Pensamos que saldríamos de esta situación rápidamente. Continuamos nuestros estudios mientras esperábamos. Todos esperaban a los estadounidenses y a una nueva guerra, recuerda la señora Irina B.

 Esta es quizás una de las razones por las que ha mantenido vínculos con el extranjero, al igual que la Sra. Alexandra G. Ambas, exalumnas del instituto francés de altos estudios de Bucarest, siguieron escribiéndole a Marcel Fontaine, ex director del colegio. Como una ventana abierta a alguna otra cosa, a nuestro ideal de juventud, inicié una correspondencia con el profesor Marcel Fontaine, quien estaba muy apegado a nuestro país, dice la señora Alexandra G.

Es justo en este momento cuando la idea de oponerse al sistema establecido por los comunistas tomó forma en la mente de algunas de mis colaboradoras. La señora Silvia I. recuerda: Queríamos hacer algo grandioso. Fui yo, una amiga y un amigo. Queríamos protestar por lo que habían hecho los rusos en Galați; y lo que el régimen nos había hecho a nosotros y a nuestros padres. […] Cuando el rey Miguel I se vio obligado a irse, publiqué una nota en mi abrigo que tenía impreso en su rostro. También hicimos manifiestos… Siempre fue idea mía. Imprimimos algunos manifiestos y teníamos la intención de distribuirlos por la ciudad, pero teníamos miedo y finalmente los destruimos.

La señora  Aurora D. también decidió luchar contra el régimen siguiendo el modelo de los montañeses para luchar con sus armas contra los comunistas[11]: Organizamos un grupo que se llamaba Uno más Uno (Unu plus Unu). Nosotros debíamos ir a las montañas a luchar contra los comunistas. Éramos muchos, todos viejos amigos que nos conocíamos bien… Decidimos, de todos modos, que era mejor no saber que éramos parte del mismo grupo… También convencimos a los oficiales de la guarnición de la ciudad para que se unieran para ir a luchar en las montañas… Fui yo quien le había presentado a mis amigos cercanos y compañeros de grupo a un pastor que me había hablado de los estadounidenses que se habían lanzado en paracaídas en las montañas. Pero fracasamos en esta empresa.

El idealismo que caracterizó a la juventud de la época empujó a Aurora D. a luchar contra el régimen, acción de la que hoy se enorgullece: nosotros, siendo niños pequeños, tuvimos el valor de oponernos al régimen comunista. Incluso encontró un modelo a seguir en la propaganda comunista: una heroína soviética, Zoya Anatólievna Kosmodemiánskaya. Luchadora antinazi, promovida por las autoridades comunistas, Zoya inspiró a varias personas que la tomaron como modelo no para erigir el comunismo en Rumanía, sino para luchar contra él. Oana Orlea relata en sus memorias cómo buscó a los 16 años convertirse en una Zoya anticomunista: «Los maestros nos hacían escuchar la historia de la famosa Zoya Kosmodemiánskaya[12], miembro de la Juventud Comunista, luchadora soviética sin miedo ni reproche que luchó contra los nazis. Libros, películas, teatro, consignas y canciones revolucionarias había que aprender so pena de ser expulsada de la escuela, todo nos hablaba de su inigualable valor. ¡Devolví la medalla! Zoya, sí, pero contra los comunistas[13].

 La idea de demostrarle a Occidente que los rumanos no aceptaban el comunismo también animó a los jóvenes, como relata la señora Constanta F.:  Había la sensación de que teníamos que hacer algo como los que estaban en las montañas para que Occidente se diera cuenta de que no estamos de acuerdo con el comunismo y este venía a librarnos.

Evocar su anticomunismo permite a mis entrevistadas presentarse como sujetos de acción. Después de la caída del régimen comunista, haber sido anticomunista se convierte así en un elemento gratificante en la reconstrucción de su identidad. Es más, sus hazañas contra este sistema sitúan a la mujer en el ámbito masculino, según los valores de su medio.

Al relatar sus experiencias vinculadas a sus actividades de oposición al régimen comunista, mis entrevistadas se presentan como testigos y actrices. Como narradoras, construyen su discurso siempre en primera persona del singular, dando así testimonio de una experiencia personal. El «nosotras» utilizado en el discurso es el testimonio de una experiencia grupal y es diferente del « nosotras » de su narrativa en prisión, que es la expresión de una experiencia colectiva.

Las entrevistadas a su vez insisten en sus hazañas anticomunistas, presentadas como acciones normales y necesarias. Comprometido con la política y destinado a hacer historia, el hombre estaba obligado a actuar en defensa de su patria y de su familia. El patriotismo encarnado en la familia empujó a los hombres a luchar contra el comunismo considerado ajeno a la nación además de anti-rumano. Algunos jóvenes entusiastas e idealistas, educados en los valores nacionales de la Gran Rumanía, y algunos otros hombres entrevistados lanzaron una lucha encarnizada contra las autoridades comunistas y contra el Ejército Rojo. Un caballero admitió que las acusaciones de espionaje eran ciertas de alguna manera: él y sus amigos se informaron sobre las unidades del ejército soviético acampadas en el país. Posteriormente pasaron esta información a la Embajada de Estados Unidos.

2.3. Las persecuciones políticas

Los relatos sobre su experiencia de represión concuerdan con las descripciones hechas por otras presas políticas que testificaron por escrito. Esto explica en cierta medida por qué no dan muchos detalles ni sobre los interrogatorios ni sobre la vida cotidiana en la prisión. Además, a estas palabras tácitas de mis colaboradoras se suman otras razones: humillación, miedo, trauma.

Para mis entrevistadas, esta experiencia lleva el sello del deber, del orgullo de haber enfrentado al régimen comunista. Acostumbrados al ambiente del ejército y la guerra con sus privaciones, los hombres parecen saber adaptarse más fácilmente a la represión. Además, la persecución política era vista como algo normal en la esfera pública, especialmente por los legionarios, y por lo tanto más fácilmente aceptada por los hombres que la sufrían.

2.3.1 La detención

La detención en prisión no solo cambió la vida de estas mujeres, sino que las marcó para siempre. La huella que dejó esta experiencia en ellas se puede detectar incluso en la historia de su vida. Da forma a la manera en que se cuenta su vida, el tono del discurso y los detalles que surgen.

En la década de 1950, la Securitate[14] arrestaba durante la noche tanto a hombres como mujeres perseguidas en sus mismas casas o en la calle. Los comunistas rumanos, imitando el modelo soviético, mantuvieron en absoluto secreto las detenciones, motivos, y sentencias de las personas. El misterio y el secreto, estrechamente ligados al terror, alimentaron una tremenda angustia entre todas las poblaciones[15].

Alexandra G., Irina B., Constanta F. y Aurora D. fueron arrestadas durante la noche en sus propias casas, para consternación de sus familias. La señora Ioana H. también fue arrestada en su casa, pero durante el día. Silvia I. vivió un escenario diferente, ella fue detenida en la calle: Cuando estaba en mi tercer año en la universidad en Bucarest, en 1954, hacia finales del año… fui invitada a la sede de la UTC[16] en nuestra facultad por el gran líder de la organización estudiantil, él y otros dos. Me llamaron y me dijeron que me habían elegido para hacer unos cursos avanzados en el distrito de Primăverii (Primavera), cerca de Băneasa[17]. ¡Les dije que estaba bien! Acordaron encontrarse conmigo una mañana frente a la estatua de Miguel el Valiente[18]. De repente apareció un carro negro con los dos de la UTC… Tuve que subirme al carro y cuando entré me voltearon y me dijeron: “no diga nada, somos oficiales de Securitate y te estamos arrestando. Me pusieron las gafas de goma negras. Y me llevaron.

Estas gafas opacas, símbolo de la oscuridad en la que el régimen mantendría a estas personas, pero también a Rumanía, eran una forma de humillar. Además, este tratamiento aplicado nada más eran detenidos tenía la función de alterarlos, haciendo que perdieran todo el control, recuerda la señora Alexandra G. Me quitaron las gafas que llevaba desde los 7 años de edad, pues tenía problemas de miopía, y me pusieron las famosas “gafas opacas”, luego me empujaron a un carro. Cuando llegamos al destino, me hicieron subir y bajar muchas escaleras, probablemente las mismas, para confundirme e intimidarme.

Las gafas opacas, el carro que los llevó hacia lo desconocido, las mil escaleras que tuvieron que subir y bajar, todo eso está inscrito de forma permanente en el  «palacio» de su memoria. Todas mis colaboradoras recuerdan este episodio de la misma manera. El recuerdo seguramente también se vio favorecido por el hecho de que la misma experiencia ya había sido contada por otros testigos en sus memorias ya publicadas.

Las entrevistadas insisten menos en esta experiencia. Las mentalidades de su medio y de su tiempo les enseñaron a los hombres a aceptar con resignación, pero también con esperanza su destino, sobre todo cuando se involucraban en política. Además, la gran cantidad de memorias de prisión publicadas por hombres inhibe de alguna manera su testimonio, al igual que el tema de mi investigación que se centra en las experiencias de las mujeres perseguidas.

2.3.2 El interrogatorio

El interrogatorio realizado por los agentes de la Securitate era percibido como una experiencia insoportable por parte de las mujeres entrevistadas . Como resultado, los detalles de su desarrollo se ocultan sistemáticamente en sus relatos. Sin embargo, fragmentos de esta experiencia surgen aquí y allá en el discurso.

Al unir estas piezas pude constituir las etapas del interrogatorio que se desarrollaba según un mismo patrón para todas las mujeres: durante la noche, cegadas por la lámpara que debían mirar incesantemente sin quitar la mirada, forzadas a escribir varias la declaración organizando la confesión. A veces las golpeaban, como a Aurora D. Siempre las empujaban e insultaban.

Madame Alexandra G. describe este período como el más traumático de su experiencia de represión comunista: Fue un período muy agotador, en primer lugar porque me habían quitado las gafas, y yo era miope, con una miopía muy avanzada…me daban los lentes durante el interrogatorio, los cuales estaban en casa del investigador y solo me los entregaba cuando tenía que firmar la declaración … Otra dificultad era, en los primeros meses, el hecho de que me sacaran para interrogatorios durante la noche. Durante el día no nos permitían apoyarnos en los codos ni acostarnos, y esperábamos el toque de queda de las diez para acostarnos, pero me llamaron para el interrogatorio en cuanto sonaba el toque de queda y me hacían regresar a mi celda momentos antes de que sonora el despertador a las 5 de la mañana y esto se prolongó durante semanas, no sé exactamente cuánto… Aunque no me torturaron ni golpearon, mi tortura era la falta de lentes y la incapacidad para dormir.

La privación del sueño de los detenidos era una forma de tortura, practicada a gran escala en las cárceles comunistas rumanas. Importada de la Unión Soviética, dio los «resultados»  esperados entre los presos políticos. Después de noches y noches de insomnio cegados por una lámpara, los detenidos firmaban la declaración exigida y admitían las faltas inventadas por sus torturadores.

Los interrogatorios a las mujeres entrevistadas duraban desde unas pocas semanas hasta 13 meses o incluso más. Durante el curso del interrogatorio, ellas, incluso en sus celdas, debían permanecer sentadas en el borde de la cama inferior, las rodillas colgando sobre el borde de hierro, presionando contra la nuca. Estaba prohibido apoyarse contra la pared o sobre los codos.

En la mayoría de los casos, los equipos de torturadores estaban compuestos por dos tipos de investigadores: el bueno y el malo, el malo y el refinado, el terco y empático, el inculto y el intelectual. De esta manera, jugaban con los sentimientos y la psicología de las perseguidas políticas, quienes constantemente iban y venían entre la esperanza y la desesperación. La señora Alexandra G. recuerda:  Durante el interrogatorio había un investigador bueno, quien se portaba bastante bien. A veces aparecía el investigador malvado. Él era mayor y muy  malo.

Una vez terminado el interrogatorio, «los bandidos» , como se llamaba a los verdugos, recibían «el privilegio» de tener una «cama permanente » y «aire»  como recuerda Irina B.: «cama permanente» significaba que uno podía acostarse durante el día mientras «aire»   significaba que uno podía salir a una celda sin techo, media hora al día.

Durante el interrogatorio, las detenidas permanecían solas en sus celdas o con un amiga u otras presas políticas. La señora Alexandra G. recuerda: Mi celda tenía cuatro camas, pero nunca éramos cuatro. Cuando llegué a Urano en la celda donde iba a vivir, encontré a otra mujer, Georgiana, una actriz, un poco mayor que yo. Ella era parte del «grupo turco» , un grupo de gente mundana. Como actriz sabía muchos versos y recitaba poemas. Luego trajeron a nuestra celda a una campesina divertida, originaria de Banat. Era una chica muy inteligente, pero muy ignorante. Ni siquiera conocía el cepillo de dientes. Cuando se fue, trajeron a una serbia, acusada de espiar para Tito. Se mostró más distante, incluso se negó a contarnos los motivos de su encarcelamiento. Otra serbia llegó después de que se marchara la «espía de Tito».  

La soledad era el gran problema de los detenidos políticos. Ellas intentaban superar la situación utilizando el alfabeto Morse para comunicarse con los internos de las celdas vecinas como me confió la señora Alexandra G: Los internos de las celdas vecinas nunca fueron parte de nuestros «grupos», por lo que no intentábamos comunicarnos para organizarnos, pero si para saber qué estaba pasando. Usando el código Morse, supe que estaba en Urano y luego supe de la muerte de Stalin. Recuerdo que hacían sonar las campanas del «Mariscal» y cantamos «la Oda a la alegría».

La violencia a menudo ocurría en silencio durante las entrevistas. La señora Aurora D., a pesar de que fue golpeada, se negó a contarme cómo sucedió. Ella solo me mostró su mano fracturada. La señora Constanta F. me contó que fue torturada con un método bastante común, pero se negó a describirlo. Agregó que no sufrió mucho porque ya estaba muy delgada[19].

Siempre temiendo volver a ser sometidas a la humillación, pero también a revivir esta traumática experiencia, mis colaboradoras hablan poco de esta etapa de la represión. No obstante, al recordar estas acciones como sujeto consciente de sus hechos, la señora Aurora D. me contó cómo intentó hacerse daño preparándose para el interrogatorio, para resistir «mejor», agregó.

2.3.3. El proceso

El proceso está casi que oculto en los relatos recabados. No se ve como una prueba, estrictamente hablando, sino como una farsa, aunque se han respetado las reglas del juego, al menos en apariencia. Siempre estaba presente un abogado defensor de oficio, testigos, acusaciones, etc. La señora Irina B. admite que no recuerda esta experiencia: no recuerdo nada de lo que pasó en el juicio. Todo fue formal. Nos preguntaron si manteníamos las declaraciones ya firmadas en la Securitate …

Las autoridades comunistas juzgaban «grupos » enteros y no en forma individual. Según F. Beck y W. Godin, estos procesos jugaban el papel de « profilaxis social[20]». Annie Kriegel incluso habla de una « pedagogía infernal[21]».

La señora Alexandra G. y la señora Irina B. fueron parte del « grupo francés » , mientras que la señora Ioana H., quien fue juzgada en un «grupo Liciu» o «Cozlovski», ni siquiera recordaba el nombre. Los «grupos» de la señora Aurora D. y Silvia I. estaban conformados únicamente por estudiantes. De todas formas, los imputados en estos juicios no eran sujetos del proceso, vivieron esta escena ante la arbitrariedad del poder y la farsa de la justicia. Por tanto, no es de extrañar que el recuerdo de este momento clave también esté mal respaldado. Sin embargo, fue en este punto que las mujeres se dieron cuenta de que los comunistas estaban tratando de destruir su mundo social. Estos procesos eran síntomas de la ingeniería social llevada a cabo por los comunistas.

A veces, los «grupos» grandes se dividían en unos más pequeños para el proceso. Como resultado, los detenidos no conocían a las otras personas procesadas y acusadas de conspirar juntas contra el régimen. Nuestro grupo de 100 personas fue dividido en varios grupos más pequeños. Nosotras, los estudiantes y algunos profesores, fuimos juzgados juntos. Éramos 15 personas, dice la señora Alexandra G.

El juicio seguía un patrón bastante banal que se convierte en un lugar común en todas los recuerdos de prisión. El fiscal leía la acusación, luego los abogados intentaban decir algo, pero nunca contradecían al fiscal y hacia el final de la sesión los «culpables» tenían derecho a defenderse. Las sesiones eran a veces secretas y todo el juicio era una farsa que sólo confirmaba lo que ya habían decidido los agentes de la Securitate.

Sin embargo, el juicio era una buena oportunidad para establecer contacto con otros detenidos o con sus familias. Durante el juicio teníamos unas horas para hablar entre nosotros para conocer las noticias de nuestros amigos, recuerda Irina B. La señora Ioana H. quien vino al juicio con su hija de 6 meses, nacida en la cárcel, me contó cómo había escondido en la ropa de su hija azúcar y galletas – sin haber sido condenada aún, le dieron azúcar, galletas y leche para su hija – para dárselas a otros presos.

2.3.4. La vida cotidiana en las  prisiones

Al mismo tiempo que algunas de las mujeres atravesaban la dura experiencia de la prisión comunista, la propaganda del régimen ponía en boca de una mujer una réplica lúgubre y cínica en una obra de teatro, comparada con la realidad. En el drama Tres Generaciones de Lucia Demetrius, representado por primera vez en 1956, fue interpretada durante 6 años consecutivos por uno de los personajes, una mujer, nacida y educada durante el período de entreguerras en los valores de la sociedad «burguesa», dijo: «Solo tienen que detenernos. ¿Crees que en la cárcel puede ser peor que en nuestra casa?[22]».

Los relatos de vida en prisión contradicen esta afirmación. Estos testifican la dureza de la represión comunista. Humilladas, golpeadas, y registrado todo su cuerpo, la experiencia del encarcelamiento era una de las más traumáticas. Sin embargo, todas las mujeres que entrevisté siempre han encontrado algo positivo en la oscuridad de sus experiencias. Sin embargo, no dan muchos detalles sobre esta experiencia y muchas veces se contentaban con contar cosas que ya habían sido escritas por otros ex presos políticos.

Jilava[23] era una penitenciaría de tránsito. Su apariencia como fortaleza le ha valido el sobrenombre de «Bastilla rumana». La vida allí siempre transcurría en medio de expectativas e incertidumbres, de lo desconocido. Las detenidas allí esperaban ya fuera el proceso, el envío a otras cárceles o a más interrogatorios.

La vida cotidiana en Jilava se caracterizaba por ser una situación espantosa por parte de mis colaboradoras, pero también por otros ex presos que han publicado sus memorias. Las condiciones de vida allí eran insoportables: celdas superpobladas, comida podrida, frío profundo. La única alegría: el ambiente de « Universidad popular» que reinaba en las celdas.

En una celda con tres filas de literas, había aproximadamente 80 reclusas, algunas pertenecientes al mismo «grupo». La ventana tenía las persianas aseguradas con clavos, y en medio de la celda había una estufa, en la que las internas intentaban encender el fuego con ramas verdes. Además, tal como lo cuenta la señora Irina B: Nuestra habitación era muy húmeda, y el agua corría por las paredes. También estaban los famosos lavabos y una especie de bañera con agua, pero esta agua era verde ya que no nos permitían limpiarla.

El recuerdo de la comida miserable y muy difícil de ingerir quedó grabado en la memoria de la señora Alexandra G.: las ollas con el alimento eran traídas hasta la puerta de la celda por los hombres, luego éramos nosotras quienes las traíamos hacia adentro. Una vez, la comida olía tan horrible que la guardiana que vigilaba se puso un pañuelo en la nariz. En otra ocasión, se recibieron los «famosos chicharrones» en cuyo interior pululaban los gusanos

Aparte de la comida, la higiene también traumatizaba a las reclusas. Las mujeres defecaban y se lavaban en los baños de la habitación: en Jilava fue horrible. Allí conocí los lavabos. Yo era púdica, no estaba acostumbrada a estar junto con mujeres desnudas. Para mí fue un shock ver a las mujeres conversando mientras defecaban, cuenta la señora Silvia I.

Solo una vez cada dos semanas, las reclusas eran llevadas a la ducha al otro lado de la prisión. En el cuarto de ducha, el baño debía hacerse rápidamente, en 5 o 10 minutos. Al mismo tiempo, las mujeres tenían que lavar su ropa de cama. Si llegaban tarde al baño, las golpeaban. La señora Irina B. cuenta cómo en Jilava una guardiana golpeaba a las mujeres que salían de la habitación y cómo luego se negaban a comer para que este guardia detuviera estos actos. Esta acción tuvo cierto éxito ya que la guardiana fue reemplazada.

La presencia de lavabos en la habitación, las duchas tomadas a toda prisa, la comida podrida, el frío, etc. se convirtieron en símbolo de la miseria y humillación que sufrieron las presas políticas. Otro signo de humillación, pero también de estigma, fue el requisito de llevar el uniforme de prisión llamado zeghe[24]. Las mujeres usaban sus vestidos debajo los cuales estaban cubiertos por este uniforme.

Además, las personas encarceladas en Jilava durante el invierno de 1954 tuvieron que lidiar con la nieve que cubría por completo no solo la prisión, sino también las carreteras y las casas. La Sra. Alexandra G. recuerda esos días: en febrero del 54, hubo una gran tormenta de nieve, la nieve llegaba a la altura de las casas. Se contó la historia de alguien que, liberada de Jilava en ese momento, se vio obligada a regresar allí debido a la tormenta de nieve.

En Jilava, las mujeres podían caminar durante media hora al día, en un patio interior donde caminaban en círculos con las manos en la espalda. Durante la caminata, estaba prohibido hablar. Como resultado, la comunicación se convirtió en una forma de evadir el sistema, luchar contra él, resistirlo.

En las celdas había una intensa actividad cultural y educativa. Los internos aprendían idiomas extranjeros, sin lápiz ni papel, por supuesto. Los universitarios realizaban conferencias sobre diversos temas y todos hablaban sobre películas y novelas. La señora Irina B. evoca la imagen de un ambiente intensamente intelectualizado

Había una sociedad muy distinguida allí, las esposas de ex ministros, académicos, maestros, la secretaria de la embajada estadounidense que nos enseñaba el idioma inglés. Hablamos principalmente en francés y alemán. Muchas de estas mujeres oraban y todas contaban historias.

El ambiente en las celdas era bastante agradable. Sin embargo, a veces había peleas, como recuerda la señora Alexandra G: Peleábamos entre nosotras en la celda, a veces por nada. Discutíamos por un trozo de pan. La jefa de la celda, todas las celdas tenían jefas, quienes tenía que repartir el pan ya partido y por tanto distribuir también los pedazos más pequeños. Entonces así comenzaban las peleas. Había mucha tensión en la celda. Había días en que nos llevábamos bien y días en los que nos peleábamos por nada.

Los recuerdos de la vida en la prisión de Jilava son recuerdos dolorosos. De hecho, la señora Irina B. considera que Jilava fue un campo de exterminio. Si escapábamos de Jilava, teníamos la posibilidad de sobrevivir, decía ella.

Jilava como prisión de tránsito es un lugar común en la memoria de los ex presas políticas. La experiencia de este universo carcelario es ante todo colectiva, lo cual explica el uso casi constante de la primera persona del plural en sus descripciones. Este «nosotras»  se refiere a todas las ex detenidas políticas rumanas. También permite crear una comunidad imaginada sujeta a la arbitrariedad del poder.

Las mujeres entrevistadas pasaron por la prisión de Mislea[25] entre 1952 y 1960. Antiguo monasterio ortodoxo para monjas transformado en prisión para las presas de los tribunales civiles antes de la Segunda Guerra Mundial, los edificios albergaron a presas políticas después de la llegada al poder de los comunistas[26].

Llegar a Mislea se describe como una experiencia traumática. Viniendo de Bucarest o de cualquier otro lugar en los vagones de ganado, las detenidas fueron obligadas a bajar en Câmpina y, desde allí, caminar o ser transportadas en camiones hasta el monasterio. Sin embargo, Mislea supuso el fin del calvario porque la penitenciaría, escondida en las colinas de Prahova, era, en la mayoría de los casos, el destino final de los condenados que cumplían allí su sentencia.

El transporte desde Jilava a la Estación de trenes del Norte de Bucarest para tomar el tren se hacía en camión a veces de noche, a veces a plena luz del día. En Estación de trenes del Norte, había una barandilla lateral en un vagón donde se amontonaban las presas. Luego, el vagón se adjuntó a un tren que iba a Braşov o en otra dirección, pero siguiendo la carretera hacia el Valle de Prahova. En Câmpina, las mujeres debían bajarse.

La señora. Alexandra G. recuerda su llegada a Câmpina como otra exposición al abuso y la humillación: La última parada, Câmpina. Desde la oscuridad del vagón y después de 18 meses de detención, nos empujaron, nos arrojaron a pleno sol, a cielo abierto. Casi 50-60 mujeres que viajaban sin equipaje. Rápidamente fuimos rodeadas por un grupo de soldados que nos apuntaban con sus armas. Luego nos metieron en un camión que atravesó la ciudad.

A veces, las mujeres eran llevadas a pie desde Câmpina hasta Mislea que correspondía a una distancia de unos 15 km. La señora Silvia I. recuerda ese momento: Nos llevaron a pie hasta Mislea. Hacía buen tiempo, y hacía mucho frío, el cielo estaba despejado y cada una de nosotras caminaba con su pequeño bolso. Había algo siniestro en el convoy … También habían «vieţaşe[27]» con cadenas.

La prisión para detenidas políticas albergaba a más de 500 mujeres. Los antiguos edificios del monasterio fueron transformados para acoger a las internas. Uno de los edificios    llamados «el gran secreto» escondía mujeres condenadas a más de 20 años de prisión o cadena perpetua. Las otras detenidas vivían en las grandes habitaciones del antiguo monasterio, incluido un dormitorio para 100 personas con tres filas de literas.

La iglesia del monasterio se convirtió en un depósito de ropa vieja. Las mujeres que podían y tenían derecho a trabajar podían hacerlo en los tres talleres: cortar trapos de lana, tejer alfombras y confeccionar camisas para hombre. Las mujeres trabajaban turnos de 12 horas.

La experiencia de trabajar en la prisión siempre se describía de manera positiva ya que el trabajo les ayudaba a las mujeres a olvidar su situación y así el tiempo pasaba más rápido. Trabajar también significaba la posibilidad de comer mejor: las mujeres que cumplían con su estándar recibían tiquetes con los que podían comprar pequeños trozos de azúcar, mermelada, pan, queso y cigarrillos, dice la señora Constanta F. Sin embargo, trabajar en una prisión comunista no era fácil, especialmente durante el invierno. La señora Alexandra G. recuerda: Durante el invierno, en el turno de noche, calentábamos la «tupitza» de hierro con la que sacudíamos las alfombras en el único calentador, para darle calor a nuestros dedos helados.

Las condiciones de higiene en Mislea eran mejores que en Jilava. Todas las semanas las reclusas se duchaban, limpiaban los baños y las habitaciones, por lo que todas las habitaciones estaban limpias. Además, las mujeres obligaban a otras compañeras detenidas, especialmente a mujeres campesinas, a bañarse y mantener el orden.

El ambiente entre las detenidas políticas en Mislea pone en evidencia sus valores y costumbres. Cuando las mujeres no estaban trabajando, contaban historias y películas, intentaban aprender idiomas extranjeros, bordaban o dirigían obras de teatro.

Todo esto sucedía en secreto, cualquier actividad distinta a la establecida por las autoridades estaba prohibida.

En Mislea, la parte más estresante y difícil eran los allanamientos o requisas. Los reclusas eran obligadas a salir de sus habitaciones a veces en medio de la noche porque lo poco que poseían era desordenado. La mayoría de los guardias buscaban lápices y papel. Madame Alexandra G. me contó ese episodio: Durante la noche era más desagradable ya que nos despertaban y teníamos que salir al patio, a veces en invierno … y los guardias, durante ese tiempo, registraban y tiraban todo. y luego volveríamos a intentar descansar un poco …

Irina B recuerda que: Estaba prohibido entrar a los dormitorios cuando hacían los allanamientos … luego a nosotras, las internas, nos registraban el cuerpo … A veces encontraban una mina de lápiz traída del taller, lo  que era muy importante y muy cara …  o lo que sea … era así … Después de la requisa, entrábamos a la habitación y encontrábamos todos los objetos tirados en medio de la habitación, teníamos que ordenarlos rápidamente, encontrar los nuestros y ponerlos en su sitio…

En Mislea, los verdugos siempre encontraban formas de humillar, controlar y castigar. Una petición, una negativa a hacer algo era suficiente para que los guardias enviaran a los presos a los calabozos … un calabozo del tamaño de un pequeño ascensor, con una cama de hierro sobre la tierra húmeda, en la que apenas uno podía sentarse., tal como lo describió la señora Aurora D.

La señora Alexandra G. relata cómo ella, Silvia I. y otras internas fueron castigadas por pedir jabón a uno de los fiscales que visitaba Mislea: Un día vino a visitarnos un fiscal. Recuerdo que se parecía a Fernandel. Entonces, les dije a mis compañeras. «Debemos ser escuchados por Fernandel y debemos pedirle jabón.» Le dijimos nuestras necesidades. De inmediato nos consideraron huelguistas y nos castigaron. Nos trasladaron a la celda del « pequeño secreto» al lado del « gran secreto ». Sin embargo, ella percibió esta experiencia de manera bastante positiva gracias a sus compañeras de prisión: no puedo decir que fue difícil: nos llevábamos bien, incluso reíamos, descansábamos, como si estuviéramos de vacaciones… La comida era aún más horrible, la ración de pan más pequeña, pero no nos importaba. Los ratones que caminaban en nuestras camas eran incluso agradables.

La experiencia del encarcelamiento en Mislea sigue siendo colectiva. La mayoría de las veces, se pone en un discurso plural. A veces sucede que mis colaboradoras ya no pueden separar sus recuerdos personales de los de los demás como lo demuestra este episodio contado por Alexandra G. Aún recuerdo cuando comenzó la Guerra de Corea, creo que me contaron esta historia, las detenidas no entendieron Corea, escucharon Corinto, la Guerra de Corinto, es decir los Balcanes, entonces los estadounidenses desembarcaron en los Balcanes … Pero al contrario, fue la Guerra de Corea la que no tuvo repercusiones en la situación de Rumanía.

Este episodio también confirma la afirmación de Michel Pollak de que la integración en el relato autobiográfico de elementos de información que el autor no ha experimentado muestra la vocación más universal de su testimonio[28].

Las historias de las mujeres entrevistadas pueden parecer a primera vista paradójicas. Las mujeres denuncian el comunismo con todas sus fuerzas. Sin embargo, la experiencia de la prisión se ve de forma bastante positiva. Si bien describen los aspectos negativos de la detención, perciben este período como enriquecedor a nivel humano y subrayan su papel formativo en su futuro.

La señora Ileana S. considera que: Esta experiencia fue como un deber. Esta historia de la prisión ha sido tanto positiva como negativa. Fue algo malo porque fuimos privadas de nuestra libertad, padres, bienes materiales mínimos y necesarios. Pero, y hablo solo por mí misma, si no hubiera pasado por la prisión, y empecé muy temprano, nunca me hubiera formado como ser humano. Fui perseguida durante el régimen de Antonescu y nunca terminé mis estudios, pero aprendí mucho en prisión. Aprendí a juzgar de otra manera, a estar bien, a rezar a Dios con pasión. No me arrepiento de haber conocido la prisión en absoluto.

La señora Constanta F. también piensa que la experiencia de la prisión la ayudó a madurar: Obviamente, durante el régimen comunista, me sentí discapacitada desde varios puntos de vista. No pude hacer lo que quería hacer después de terminar mis estudios. Pero, por otro lado, considero que esta experiencia me enriqueció, me ayudó a madurar.

La experiencia carcelaria no solo fue un momento clave en sus vidas, también fue un tiempo robado e irrecuperable[29]. Una experiencia dura, a veces extrema, que marcó para siempre el destino de mis colaboradoras. Sin embargo, siguiendo un modelo narrativo, establecido por las memorias carcelarias previamente publicadas, que hace de la prisión una experiencia positiva para el individuo, esta experiencia se pone en discurso de una manera bastante positiva y formativa.

Cuando las mujeres evocan su vida cotidiana en la cárcel, casi siempre utilizan la primera persona del plural. Según Benveniste, este «nosotras» que expresa una persona amplificada y difusa[30], está ligada al registro político y cívico. Marca la pertenencia a un grupo. Mis colaboradoras ven la experiencia carcelaria como una experiencia más colectiva que individual. Además, parece que la memoria individual de la experiencia carcelaria ha quedado anidada para siempre en la memoria colectiva y viceversa.

2.3.5. Sobrevivir en las prisiones comunistas

El análisis de Bruno Bettelheim de las técnicas y los medios de supervivencia en un campo de concentración nazi ayuda a comprender la supervivencia de las mujeres en las cárceles comunistas. El psicólogo que conoció el campo de Dachau durante un corto período de tiempo considera que las posibilidades de supervivencia en tal ambiente dependen de la fuerza moral que el condenado logre oponer a los mecanismos de desintegración de su personalidad[31]. Según Bettelheim, los presos políticos tenían la conciencia de que estaban luchando por un mundo mejor y la esperanza de venganza. Como resultado, estaban mejor preparados psicológicamente para sobrevivir[32].

La hipótesis de Bettelheim también se aplica a los prisioneros anticomunistas de origen burgués. Conscientes de estar en las cárceles por sus ideales políticos y por su origen social, sacaron fuerza de su conciencia de que tenían razón, esperando que todo terminara pronto y que la historia les hiciera justicia.

Para los campesinos o los trabajadores, era todo lo contrario. Como categorías privilegiadas en el discurso de los comunistas rumanos, no se consideraban «enemigos del pueblo», ya que la propaganda los describía como «el pueblo». Mis colaboradoras me contaron el caso de mujeres campesinas y trabajadoras que tenían dificultades para soportar esta privación de libertad por no comprender su significado. Este aspecto también ilustra la arbitrariedad de las detenciones así como las prácticas totalitarias del estado comunista que quería controlarlo todo y que no respetaba ni la ideología que desplegaba ni su implementación.

Las presas políticas emplearon varias técnicas para salir, literal y figurativamente, del universo de los campos de concentración. Sobre todo, fue la fe en Dios lo que las sostuvo en las tenebrosas celdas comunistas. La fe en la liberación traída por Estados Unidos, el deseo de sobrevivir al régimen, el idealismo, la voluntad de dejar un testimonio, una huella, la preocupación por su familia son razones que les dieron el ímpetu y la motivación para resistir la tortura, la humillación, y la dura vida de las cárceles comunistas.

La fe en Dios jugó el papel más importante en la prisión, ayudando a las perseguidas a resistir la tortura, las condiciones de detención, la vida en reclusión. La liberación mediante la fe es un lugar común en los relatos de las prisiones. La señora Irina B. me contó que cantaba salmos en voz baja y oraba todo el tiempo. De hecho, afirmaba que su supervivencia se debía a su fe en Dios.

La fe también se mantenía a través de rituales celebrados en secreto. El día de Pascua o Navidad, las mujeres hacían  lo mejor  para superar la vigilancia de las guardianas y respetar las tradiciones. Esta actividad era también un medio de resistencia, de demostrar que no habían sido derrotadas por sus torturadores.

La creencia en la llegada de los estadounidenses jugó un papel importante en la supervivencia en las cárceles políticas. Según Adrián Marino,  esta fue la generación del lema «Los estadounidenses están llegando![33]». Esta expectativa que les dio tanta esperanza es evocada por la señora Alexandra G .: Otra cosa que me contaron, yo no estaba allí, esto ocurría en el taller de alfombras. Trabajábamos con telares horizontales que llamábamos «război[34]» en rumano, de hecho se llamaban « tambores para tejer ». Uno de estos era muy grande para una alfombra enorme … En un momento, este «război» se cayó. Las chicas empezaron a gritar « războiul, războiul »… Todas creyeron que la guerra había estallado, pensamos que ese ruido era una bomba, hasta los guardias estaban asustados… Finalmente, nos dimos cuenta de que no se trataba de la  « verdadera guerra»… Éramos la generación que esperaba la guerra, la llegada de los americanos, que esperaba la liberación de los rusos. Esto me conmueve, ahora que recuerdo este episodio …

El deseo de volver a ver a sus familias, especialmente a las mujeres que eran madres, les ayudó a superar todas las dificultades. La señora Ioana H. hizo todo lo posible para resistir y volver a ver a sus hijos, algo de que de manera intolerable les hacía falta, pero también razón de vida, la familia fue el punto de equilibrio que le dio la fuerza necesaria.

La ayuda mutua entre las prisioneras era otra estrategia de supervivencia. Ellas se ayudaban mutuamente no solo cuando estaban enfermas, en circunstancias excepcionales, sino también en la vida cotidiana. Las judías y las religiosas eran las más unidas, según el testimonio de mis entrevistadas.

Los conocimientos adquiridos antes de estar en prisión eran también un recurso para la supervivencia y para mejorar la vida diaria. Gracias a su saber-hacer, Silvia I. pudo ayudar a sus compañeras de prisión. Ella me contó cómo se había ganado la confianza de una joven guardiana, lo que le permitió conseguir cierta movilidad para sus compañeras: una chica ingenua procedente de un pueblo y que había creído en los comunistas que le habían prometido ‘hacerla aviadora’, vino un día maquillada y con pinzas para sus pobladas cejas, rogándome que la ayudara y le enseñara a maquillarse, y a pintarse los labios.

Las técnicas utilizadas para sobrevivir en las cárceles estaban estrechamente relacionadas con la dureza del régimen carcelario, la personalidad y creencias de cada una. Los componentes del habitus que adquirieron a través de la socialización fueron ventajas en su lucha por la supervivencia: conocimiento de lenguas extranjeras, amor por la literatura, cine y el arte, técnicas de maquillaje, habilidades de costura, habilidades de tejido, pero también la práctica de la higiene diaria, conocimiento del valor nutricional de los alimentos, etc. Es todo este capital cultural y saber-vivir lo que se ha movilizado en toda la institución carcelaria.

La suerte también jugó un papel importante en la supervivencia de las reclusas como en el caso de Alexandra G. o Ioana H. Esta última estuvo en prisión con su madre quien la apoyó durante su embarazo dándole su alimentación. La señora Alexandra G. recibió ayuda de una enfermera cuyo padre conocía y quien le inyectó varias dosis de vitaminas. Las redes sociales y familiares han sido una ventaja decisiva en la supervivencia de estas mujeres.

Los «juegos» fueron un factor importante a la hora de decidir su destino. Por ejemplo, el «juego de cocina » permitía a las mujeres intercambiar recetas y métodos de preparación. Los «juegos de roles» como aquellos en los que las mujeres interpretaban personajes de novelas, obras de teatro o personajes de películas contribuyeron a mejorar sus vidas. También les ayudó a recuperar su autoestima.

La supervivencia en las prisiones también se debe a la brecha entre el horizonte de la expectativa y la realidad. En el período de reclusión, vivieron en una temporalidad diferente, la de la preguerra, de su infancia y de su adolescencia. Ellas esperaban que los estadounidenses vinieran a liberarlas y a salvar a Rumania. De hecho, me dijeron que las reclusas, que fueron condenadas a penas severas, eran las más optimistas. Se burlaban de las demás, diciendo que las mujeres que fueron encarceladas durante algunos años cumplirían su condena, mientras que no fueran obligadas a permanecer en la cárcel durante todos los años de sentencia. Pensaban que su situación era temporal, que el comunismo iba a desaparecer.

2.4. Libre en la «Gran prisión»

Alejadas, durante su período de encarcelamiento, de la nueva realidad comunista, mis colaboradoras se encontraron después de su liberación frente a un mundo que había cambiado, hostil, a veces absurdo. Si, en la prisión, se sentían diferentes, en un sentido positivo para ellas, pero fuera de «la gran prisión», para los demás, sólo eran mujeres marginadas y, en algunos casos, incluso para sus amigos y familiares.

En la Rumania de la década de 1950, los valores femeninos «burgueses » eran calificados de « reaccionarios». La privacidad era objeto de un intento de control permanente. Se alentaba a las mujeres a convertirse en activistas comunistas, a abandonar su feminidad para convertirse en ciudadanas listas para construir la  nueva sociedad en la que la igualdad les fue prometida, pero quitándoles la posibilidad de elegir.

A su regreso, las mujeres entrevistadas en este estudio trataron de reanudar su vida anterior a la prisión, pero resultó imposible. En la mayoría de los casos, la familia estaba dispersa o destruida. La señora Alexandra G. encontró que su mamá estaba viva aún, pero su padre y su hermano habían muerto. Se enteró de esta triste noticia el día de su liberación: a la estación del tren llegó mi compañera  de prisión, Ileana Ghica. Ella fue quien me dijo que mi padre y mi hermano habían muerto. Tomé mi equipaje y corrí a casa. Recuerdo que le prometí a una mujer, también de regreso de Mislea, mostrarle dónde estaba la dirección que estaba buscando, pero la dejé en la estación para correr más rápido a casa.

La señora Ioana H. también encontró a su familia muy desconcertada: En mi ausencia, mi hijo creció en una situación difícil y estaba asustada cuando un día le pregunté qué quería que le comprara y me dijo que le comprara cualquier cosa barata. Yo me puse a llorar.

La señora Aurora D., que estaba bajo arresto domiciliario en su ciudad natal, no pudo encontrar a nadie en su casa. Su familia estaba dispersa: su padre, un ex periodista, en la cárcel, su madre trabajaba en otra ciudad: yo era tan pobre que no tenía nada, ni siquiera dónde vivir. Afortunadamente, mis abuelos me dejaron una casa en el campo y allí viví.

Solo Irina B. tuvo la suerte de reunirse con su familia, de poder presentar su examen final en la facultad de matemáticas y de encontrar un trabajo: cuando fui a prisión, tuve el temor de no volver a encontrar a mis padres y especialmente a mi madre. Afortunadamente sobrevivieron… Luego presenté mi examen final en la facultad, la defensa de mi tesis de licenciatura, y casi inmediatamente fui empleada como instructora en el Instituto de Minas.

Regresar de « la gran prisión » fue una experiencia difícil y dolorosa para las  antiguas internas. El mundo con el que estaban familiarizadas había desaparecido. En cambio, encontraron una sociedad desilusionada y dominada por el miedo. Por necesidad, intentaron olvidar el período de prisión y recuperar el gusto por la vida.

Cuando recordaban esta experiencia, durante la entrevista, parecían sentir todavía dolor y todavía sentir el dolor provocado por ese pasado. Esta experiencia se cuenta en singular, lo que demuestra que les pertenecía subjetivamente. Se considera más difícil que la experiencia carcelaria. En la prisión, había un rincón de su mundo, sus amigos y padres. Estaban unidas ante el destino y sus torturadores. Tenían conciencia de haber cumplido con su deber para con su país. Pero este país había cambiado. Su mundo ya no existía. Además, ellas y sus familias siempre eran vigiladas por la Securitate, de cerca o de lejos.

Adaptarse al sistema establecido por las autoridades comunistas requirió esfuerzos sostenidos e incansables y una extraordinaria fuerza de carácter. Aún consideradas «enemigas del pueblo», estas mujeres fueron castigadas incluso cuando pretendían integrarse. A veces, encontrar un trabajo era una verdadera odisea considerando las dificultades y trampas que encontraban. En la dictadura del proletariado, los «malos origines» funcionaban como un estigma que impedía a las perseguidas llevar una vida normal.

De hecho, la humillación se centraba efectivamente en «la gran prisión». La Sra. Aurora D. recuerda este sentimiento abrumador: regresé de la cárcel. Sentí mucha más humillación e incluso más marginación fuera que en la prisión. Allí estaba yo entre mi propia gente, entre personas que tenían la misma concepción que yo, que eran como yo.

A esto se sumaba la pérdida de la esperanza y la dificultad de adaptarse a la nueva realidad. Aurora D. relata las pruebas que tuvo que superar: Cuando salí de prisión, me pusieron bajo arresto domiciliario en mi ciudad natal de Beiuş. Trabajé allí como obrera forestal en las montañas de Apuseni… Intenté todos los años continuar mis estudios, pero aunque aprobé los exámenes de ingreso a la universidad, nunca me admitieron debido a mis antecedentes penales. Finalmente, me casé y me mudé a Bucarest. Fue aquí donde logré continuar mis estudios y obtener la licenciatura en historia. Encontré un trabajo en educación preescolar donde trabajé hasta que me jubilé.

La señora Silvia I. vivió el regreso a la “vida civil” como una pesadilla que la marcó para siempre, pero que le dio, cree ella, el derecho a denunciar el comunismo: Mi pesadilla comenzó después de mi salida de la cárcel. Terminé mis estudios, pero no recibí ningún trabajo como los que se ofrecían en ese momento. […] Tuve que encontrarlo yo misma. […] Pero qué?! La Securitate siempre me vigilaba … Traté de enseñar a niños, pero los que hablaban idiomas extranjeros eran mal vistos y a la gente ya no le interesaba aprender idiomas extranjeros… Encontré después de algunos años de pobreza un trabajo como traductora en un cooperativa… Siempre fui supervisada por la Securitate. No podía encontrarme con nadie … Me sentía como un pez en un acuario. […] Mi hermano tuvo que negarme para poder estudiar […]. Los chicos que me cortejaban desaparecieron al enterarse de que yo había sido una ex presa política …

Las historias del período posterior a su salida de prisión están estrechamente vinculadas a su curso de vida. Algunas hablan de esta época como un camino indudablemente difícil hacia el éxito, mientras que otras lo describen como una pesadilla de la que pudieron escapar gracias a la emigración o la caída del régimen. Se sintieron estigmatizadas a pesar de que intentaron ocultar ese estigma.

El comunismo fue para mis colaboradoras más que una doble carga de la cual hablan los científicos que han estudiado  la vida de las mujeres durante este régimen[35]. Vivir como mujer en la era comunista, para una ex presa política representaba una restricción adicional: ocultar el estigma de haber pasado por la cárcel.

2.5. El retorno de la esperanza

Esperada desde el establecimiento del régimen, la caída del comunismo ha reconfortado a  las mujeres entrevistas en esta investigación. Fue un sueño logrado, un deseo hecho realidad. La emoción que se siente en la hora de la libertad sigue siendo indescriptible, como lo atestigua la señora Aurora D: No hay palabras para decirles lo que sentí en diciembre de 1989. Los regímenes comunistas de Europa central y oriental, como en un juego de dominó, cayeron uno tras otro. Polonia se liberó por primera vez en febrero de 1989, seguida de Checoslovaquia y luego Hungría. El muro de Berlín cayó el 6 de octubre, el gobierno de Todor Zhivkov el 10 de noviembre. Ceaușescu, parecía soportar el peso del desmantelamiento del sistema.

Sin embargo, la espera también fue intensa en Bucarest. La señora Alexandra G. recuerda aquel día 21 de diciembre de 1989 cuando todo empezó: Los comunistas habían detenido el tráfico en Calea Victoriei, ya no podíamos movernos, excepto los carros oficiales. En las intersecciones, había milicianos con perros policía … Era un ambiente de estado de sitio .

Más que esperado, el colapso del régimen tomó por sorpresa a todas estas mujeres. La señora Constanta F., que ya no pensaba en el fin del régimen, se encontró por casualidad en medio de los acontecimientos, Plaza de la Universidad de Bucarest: debo contarles cómo sucedió todo esto durante la revolución … solía tener problemas buscando comida […] fui al Hotel Intercontinental… había una tienda en ese lugar, Gospodina, y allí compré comida ya preparada… era un poco más cara, pero estaba bien… esta vez no encontré nada y tomé la dirección de la calle de la Academia … era el 21 de diciembre de 1989, vi la reunión convocada por Ceauşescu … y de repente la reunión terminó y todos se dirigieron hacia la Plaza del Palacio con las banderas rojas … había desorden … los milicianos intentaron reprimir a algunos manifestantes… y ellos respondieron… rompieron las banderas… yo también, lo hice con mucha alegría… allí me quedé hasta las 4 de la tarde. La gente reunida en la Plaza de la Universidad les gritaba a los soldados «Somos el pueblo … ¡Somos a quienes deben proteger! Entonces, ¿a quiénes están protegiendo?»

Llegado el momento, varias de mis entrevistas y entrevistados  participaron en los movimientos callejeros que llevaron al derrocamiento del régimen. La señora Alexandra G., aunque asustada al principio, se unió a la gente que pedía la caída de Ceauşescu y el fin del comunismo: En un momento dado, cantamos “Hora unirii” (La ronda de la Unión) y me dije… yo también podría bailar, Ceauşescu también había bailado con anterioridad “Hora unirii” antes y me dije a mi misma que esto no podía ser prohibido… Este fue el primer momento Me sentía que era libre… cuando entré a la ronda, y luego grité « abajo Ceauşescu», «abajo el comunismo».

2.6. La alegría y la desilusión postcomunista

Desde los primeros días de 1990, los antiguos detenidos políticos comenzaron a organizarse para exigir su rehabilitación. La creación de la Asociación de antiguos detenidos políticos de Rumania fue un primer paso hacia la realización de su deseo de justicia. Mis colaboradoras participaron activamente en él.

La toma del poder por parte de los neocomunistas sumió a estos hombres y mujeres en la desesperación. Mujeres activas, animadas por un espíritu patriótico y cívico, muchas de ellas deciden involucrarse en la vida pública del país. En particular, participaron en manifestaciones organizadas en todo el país contra el poder que se había instalado. Fueron a votar por los partidos históricos y en 1996 algunas se involucraron en la organización de las elecciones: en esa ocasión yo ya estaba afiliada a la Asociación de Derechos Humanos, fui observadora electoral, recuerda la señora Alexandra G. La victoria de los partidos históricos en las elecciones de 1996 fue un momento de alegría y esperanza para ellas. Era una promesa de renacimiento, democratización, y modernización del país. La señora Irina B. relata con nostalgia la alegría de la victoria que experimentó durante ese período: La victoria de la Convención Democrática y de Emil Constantinescu fue un gran momento de alegría para todos… Experimentamos una satisfacción similar a la del 22 de diciembre, fue un momento muy feliz en medio de la noche. ¡Qué esperanza, esta victoria! Pensé que veríamos el final del túnel … y agrega: No sé qué pasó … cómo pudimos haber perdido esta oportunidad.

Para estas mujeres, los primeros años postcomunistas estuvieron marcados por la lucha en la recuperación de las propiedades y bienes saqueados por los comunistas, pero también por acciones para aprobar leyes, presión sobre las autoridades para poder construir monumentos dedicados a las víctimas del comunismo, y   encontrar a los muertos. La lucha por hacer valer sus derechos ha sido encarnizada y prolongada. No fue hasta 2009[36] que los primeros detenidos políticos fueron compensados ​​por las pérdidas, sufrimientos y traumas sufridos durante el comunismo.

Conclusiones

Las historias de vida de mis colaboradoras están marcadas con el sello de la pérdida: de la inocencia, de la esperanza, de la feminidad, del ideal de vida. Están atravesadas ​​por silencios y tácitos. Sin embargo, llevan consigo la alegría de transmitir una memoria colectiva y una experiencia tanto personal como grupal. El acto de testificar les da a las mujeres de esta investigación un significado en sus vidas. Contada, su experiencia toma una forma de iniciación en los caprichos de la historia. Estas historias se convierten así en lecciones para aprender y conservar.

Después de la caída del comunismo, la sociedad rumana no estaba preparada para escuchar estas historias. Los ex presos políticos tuvieron que luchar para hacer oír su voz, para hacerse oír. Mi enfoque fue visto como una buena oportunidad para llamar la atención una vez más sobre la persecución política y dar testimonio de ello. Las formas y las funciones de este testimonio tanto para las antiguas detenidas políticas como para la sociedad rumana postcomunista serán analizadas en otros  capítulos de mi libro[37].


[1] M. Augé, Les formes de l’oubli  formas, p. 30-31.

[2] Los rumanos festejan el primero de diciembre de 1918, cuando en Alba Iulia se proclamó la unión de Transilvania con el reino de Rumania.

[3] El 26 de junio de 1940, Rumania se vio obligada, por ultimátum, a ceder Besarabia y el norte de Bucovina a la URSS. En esa ocasión, la Unión Soviética también ocupó la Isla de las Serpientes y el territorio de Herţa.

[4] El 7 de septiembre de 1940, tras el Tratado de Craiova, el sur de Dobruja (Cuadrilátero) fue cedido a los búlgaros.

[5] Dinu C. Giurescu cita en su libro, La Roumanie dans la Deuxième Guerre Mondiale, los resultados de los bombardeos del 4 al 5 de abril de 1944 presentados por el Comando del Ejército Rumano: 2.942 muertos, 2.126 heridos; 905 casas destruidas y 1373 dañadas. En el período del 4 de abril al 19 de agosto de 1944, se registraron 48 bombardeos en Rumania. Los resultados de estos bombardeos fueron: 7.693 muertos, 7.809 heridos, 30.000 edificios total o parcialmente destruidos. Dinu C. Giurescu, România în cel de al doilea război mondial (1939-1945) (Rumania en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Bucarest, ALL, 1999, p. 110-111.

[6] Gaynor Kavanagh, Dream   spaces. Memory and the Museum, London, New York, Leicester University Press, 2000, p. 148

[7] Michelle Perrot considera que la memoria de las mujeres está volcada hacia la familia y que las mujeres de alguna manera son delegadas por convención y posición con la transmisión de esta memoria. Michelle Perrot, Les femmes ou les silences de l’Histoire., París, Flammarion, 1998, p. 17.

[8] Durante la Edad Media, el lugar de la mujer es particularmente evidente en la memoria familiar. Patrick J. Geary, La mémoire et l’oubli à la fin du premier millénaire, París, Aubier, 1996, p. 104.

[9] Tras la abdicación del rey Carol II, el general Ion Antonescu se asocia con el poder al partido de la Guardia de Hierro, que surgió del movimiento legionario, apoyado por Hitler. Las políticas extremistas de los legionarios y el deseo del general de controlar todos los segmentos del poder, determinaron su salida del gobierno. Intentaron derrocar al general Antonescu, al empuñar sus armas. El ejército intervino dispersándolos con éxito y posteriormente arrestando a los involucrados en la lucha callejera en Bucarest y otros lugares.

[10] «Vin Americanii» («Vienen los estadounidenses») es un mito de esta parte del mundo. Henriette Yvonne Stahl relata que en 1929 conoció a exiliados rusos en Berlín que esperaban que Estados Unidos liberara a Rusia de los comunistas. Mihaela Cristea, Despre realitatea iluziei. De vorba cu Henriette Yvonne Stahl (Sobre la realidad de la ilusión. Conversaciones con Henriette Yvonne Stahl), Bucarest, Ed. Minerva, 1996, p. 136.

[11] La resistencia anticomunista en Rumanía fue tanto una acción ideológica como una respuesta a la represión de las autoridades. Comenzó en 1944, antes de la entrada del ejército soviético, y se prolongó hasta principios de la década de 1960. El período paroxístico de esta actividad se produjo entre 1949 y 1952. La colectivización de la agricultura, que agravó la disensión entre los campesinos ricos y los comunistas, también jugaron un papel importante en el movimiento de resistencia. Los grupos de resistencia se concentraron principalmente en las regiones montañosas, pero estaban formados por un pequeño número de personas: entre 10 (a veces menos) y 20. A nivel nacional, había alrededor de 10.000 combatientes de la resistencia. Sin embargo, el número de ciudadanos involucrados en la resistencia anticomunista era considerablemente mayor, y los grupos se beneficiaban de la ayuda de los campesinos residentes en las aldeas vecinas. Los combatientes de la resistencia eran en su mayoría oficiales del ejército real, sacerdotes, maestros, y funcionarios de pequeñas aldeas, miembros de partidos políticos proscritos por los comunistas, campesinos ricos, miembros del movimiento legionario. Claudia-Florentina Dobre, Un pays derrière les barbelés. Brève histoire de la répression communiste en Roumanie, Fundatia Culturala Memoria, Bucarest, 2013, p. 54-58.

[12] Combatiente antinazi. La reconocida comunista cuenta cómo Zoya voló un avión sin sus manos que fueron amputadas por los nazis.

[13] Oana Orlea, Les années volées. Dans le goulag roumain à sieze ans, París, Seuil, 1992, p. 21.

[14] Securitate (oficialmente Departamentul Securității Statului, traducible como Departamento de Seguridad del Estado) fue la policía secreta que operó cuando Rumanía fue un estado comunista . El departamento fue fundado el 30 de agosto de 1948 con la ayuda del NKVD soviético, y fue desmantelado y disuelto en diciembre de 1989, tras el colapso del régimen y la ejecución del entonces presidente Nicolae Ceauşescu y su esposa Elena. (n. del tr.)

[15] Stéphane Courtois et alii, Le libre noir du communisme, Paris, Robert Laffont, 1997, p. 874-875.

[16] UTC era la Unión de Juventudes Comunistas.

[17] Băneasa es un bosque en Bucarest donde se encontraba unba escuela de formación de oficiales de la Securitate.

[18] La estatua de Miguel el Valiente se encuentra al frente de la Universidad de Bucarest.

[19]  Una investigación de Irina Sherbakova en la Unión Soviética destaca el hecho de que los ex presas políticas soviéticas hablan con indiferencia sobre las torturas que sufrieron. Irina Sherbakova, “The in memory”, en Luisa Passerini, Memory and totalitarism, International Yearbook of oral History and Life Stories, vol. 1, Nueva York, Oxford University Press, 1992, p. 114.

[20] F. Beck, W. Godin, Russian purge and the Extraction of confession, New York, Viking, 1951, p. 228.

[21] Annie Kriegel, Les grands procès dans les systemes communistes, Paris, Gallimard, Idées, 1972, p. 156-157.

[22] “N-au decât să ne aresteze. Crezi că la închisoare are să fie mai rău decât acasă?” Lucia Demetrius, Trois génerations, apud Paul Cernat, «Iniţierea comunistă a femeii» (La iniciación comunista de la mujer), en Cernat, Manolescu, Mitchievici, Stanomir, Explorări în comunismul românesc vol. 1, p. 180.

[23] Alexandru Drăghici, exdirector de la Securitate, afirmó en1968 que la prisión de Jilava junto a la de Malmaison y el sótano de la calle Urano en Bucarest  sede de la Securitate, pertenecían a esta y no a la dirección de las penitenciarías. Gheorghe Buzatu, Mircea Chiriţoiu, Agresiunea comunismului în România (La agresión del comunismo en Rumania), Bucarest, Paidea, 1998, p. 199.

[24] Zeghea Eran una especie de pijama a rayas que usaban los internos, de pelo muy áspero, que les producía picazón en la piel.

[25] Mislea era la cárcel de mujeres por excelencia, y que habían sido detenidas por cuestiones políticas. Casi todas las mujeres condenadas por motivos políticos la conocían.

[26] En 1954, había 397 presos políticos en esta prisión. Radu Ciuceanu, Regimul penitenciar din România (El régimen penitenciario de Rumania), Institutul naţional pentru studierea totalitarismului, Bucarest, 2001, p. 18.

[27] Las mujeres condenadas a cadena perpetua eran llamadas vieţașe.

[28] Michel Pollak, L’experience concentrationnaire. Essai sur le maintien de l’identité sociale, París, Métailié, 2000 (en adelante citado como Pollak, L’experience concentrationnaire), p. 232.

[29] Liana Cozea, Confesiuni ale eului feminin (Confesiones del ego femenino), Paralela 45, 2005 (citado en adelante como  Cozea, Confesiuni).

[30] Émile Benveniste, Problèmes de linguistique générale, Paris, Gallimard, 1966, p. 235.

[31] Bruno Bettelheim, en una ocasión, describe su propia despersonalización en el campo nazi. Bruno Bettelheim, Survivre, París, Robert Laffont, 1979 (en adelante citado como Bettelheim, Survivre), p. 75-79.

[32] Bettelheim, Survivre, p. 130-131.

[33] A. Marino, Politică şi cultură, p. 104-106.

[34] La palabra « război » representa un juego de palabras. En rumano tiene dos significados, el primero es el de guerra, el otro es el de telar.

[35] Maria Todorova, “The Bulgarian Case: Women’s Issues or Feminist issues?” en Nanette Funk, Magda Mueller, Gender Politics and Post-communism, Reflections from Eastern Europe and the Former Soviet Union, 1993, p. 33.

[36] En 2009, un tribunal rumano resolvió otorgar una indemnización a un ex detenido político que demandó al estado rumano por abusos contra los derechos humanos durante el comunismo. Ganó su caso. Esta decisión marca la entrada del país a otro paradigma político y conmemorativo que comenzó en 2006, cuando el presidente de Rumanía condenó el comunismo como « ilegítimo y  criminal ». También es el resultado de las acciones de la Unión Europea a favor de las « victimas del comunismo ».

[37] Claudia Florentina Dobre.  Ni victime ni héroïne : les anciennes détenues politiques et les mémoires du communisme en Roumanie.  București: Electra, 2019 (n. del tr.).

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