“Arthur antes de Schopenhauer, el joven que declaró la guerra a la felicidad” – Samuel MARTÍNEZ

EL DIARIO, 20 de marzo de 2021

Curso 1820. Un Arthur Schopenhauer de 42 años ingresa en la Universidad de Berlín para dar clases de Filosofía. Pero Schopenhauer todavía no es una estrella. No lo sería hasta la última década de su vida, cuando sí obtuvo el reconocimiento que tanto había perseguido. “Cuando logró una plaza en la citada universidad, la principal figura filosófica del momento en Alemania y en el conjunto de Europa era el gran Hegel”, apunta el profesor de Filosofía e investigador Carlos Javier González Serrano. “A Schopenhauer”, continúa, “no se le ocurrió otra cosa que tratar de competir con él”. Solicitó impartir sus clases a la misma hora que lo hacía el idealista Hegel y en un aula cercana. “¿El resultado?”, reta González Serrano: “Mientras que las clases de Hegel estaban abarrotadas, con los estudiantes buscando acomodo en los pasillos y los alféizares de las ventanas, a las clases de Schopenhauer no acudían más de cuatro o cinco alumnos”. Fue, a todas luces, una gran derrota. Pero, ¿qué proponía ese tal Schopenhauer al que casi ningún joven estudiante había prestado atención? ¿Cuál era el camino que le había llevado, en 1820, a dar clases en la Universidad de Berlín? ¿Quién era, en definitiva, ese Arthur Schopenhauer?

Si empezamos por el principio, por su más tierna infancia, fue “un niño inquieto y despierto al que sus padres se encargaron de estimular constantemente a través de la incitación a la lectura y a la escritura y, sobre todo, mediante la realización de imponentes travesías a lo largo y ancho de toda Europa”. Lo escribe el propio González Serrano en la introducción de Parábolas y aforismos (Alianza Editorial, 2018). Nació en 1788 en Danzig, en la actual Polonia, en el seno de una familia acaudalada. Su padre fue un próspero comerciante y su madre, Johanna Schopenhauer, una de las intelectuales más importantes de su tiempo, amiga, por ejemplo, del escritor Johann Wolfgang von Goethe. Sin embargo, esa holgura no impidió que Arthur se diera cuenta del gran dolor que presidía la vida de una gran parte de sus semejantes. “Ya en sus primeros años”, apunta González Serrano, “comienza a entender que su futura filosofía pivotará sobre la idea de un mundo que parece haber sido confeccionado por un espíritu chapucero y malvado, incluso demoníaco, que consiente la existencia de grandes contrastes en lo tocante a la felicidad humana”. Schopenhauer se iba a convertir en un filósofo pesimista, aunque, como enfatiza el profesor, de un pesimismo que redime… [+]

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