“Cioran, el filósofo del insomnio” (Charles Simic)

Revista Global, República Dominicana, n. 89

Giselle Rodríguez Cid traduce el ensayo «E. M. Cioran: el filósofo del insomnio» de Charles Simic, en el que expone los años de formación del filósofo rumano y sus desacertadas simpatías por movimientos totalitarios que, por el bien de la filosofía, logró superar.

¿Quién lee a Cioran hoy en día? Alguien debe de hacerlo, ya que la mayoría de sus libros han sido traducidos y están publicados. En las universidades en las que los estudiantes de posgrado y los profesores están familiarizados con todos los filósofos y teóricos literarios franceses recientes, es prácticamente un desconocido, pese a ser un pensador mucho más fino y poseer una prosa muy superior a casi todos ellos. Gran parte del olvido de Cioran se debe a su visión intransigentemente oscura de la condición humana; sus denuncias contra el cristianismo y la filosofía pueden leerse, en ocasiones, como los desvaríos de un loco. Para confundir aún más las cosas, tenía dos vidas y dos identidades: el rumano Cioran de la década de 1930 que escribió en rumano y el Cioran parisino más reconocido que escribió en francés. Desde su muerte en 1995, las revelaciones sensacionales sobre sus simpatías juveniles por Hitler y su participación en la Guardia de Hierro (el movimiento rumano profascista, nacionalista y antisemita de la década de 1930) también han contribuido a su marginación. Y, sin embargo, después de la publicación en 1949 del primer libro que escribió en francés, fue aclamado en Francia como un estilista y un pensador de primer orden que estaba a la altura de los grandes moralistas de los siglos XVII y XVIII como La Rochefoucauld, La Bruyère, Chamfort y Vauvenargues.

Esto es lo que hace que resulte tan valioso Searching for Cioran, de Ilinca Zarifopol-Johnston, quien falleció antes de terminar este libro. Cuenta la historia de sus años rumanos y explica detalladamente las circunstancias personales y políticas en las que se formaron sus ideas filosóficas y su particular nacionalismo. El Cioran maduro habló raramente de ese período vergonzoso. A veces se refería a sus «locuras juveniles» cuando le preguntaban por su único tratado político, Transfiguración de Rumania (1936), un libro corto y demente donde planteó que la única forma en que su país natal podría superar su estatus histórico de segunda era a través de métodos radicales y totalitarios. Junto con Mircea Eliade, filósofo e historiador de la religión, el dramaturgo Eugène Ionesco y muchos otros, igualmente eminentes pero menos conocidos en el extranjero, fue miembro de la «Generación Joven» de Rumania, conocidos también como los «jóvenes enojados», responsables tanto del renacimiento cultural como del nacionalismo apocalíptico de la década de 1930. Para entender qué llevó a Cioran a abandonar Rumania y desilusionarse con las ideas que propuso en su juventud, es mejor empezar desde el principio.

***

Emil Cioran nació en 1911, el segundo de tres hijos, en un remoto pueblo de montaña de Rasinari, cerca de la ciudad de Sibiu al sur de Transilvania, que en ese momento todavía formaba parte del Imperio Austrohúngaro. Su padre, Emilian, era un sacerdote ortodoxo rumano que, al igual que su madre, Elvira, provenía de un largo linaje de sacerdotes. Adoraba su terruño de arroyos, colinas y bosques, donde correteaba libre junto a otros niños. Incluso le confesó a un entrevistador: «No conozco a nadie con una infancia más feliz que la mía».

En otra ocasión, en que no estaba para nada nostálgico, se refirió a este como un «paraíso maldito y espléndido», donde durante siglos su pueblo fue víctima de los caprichos y los desaires de la historia. Como muestra Zarifopol-Johnston, «Cioran heredó al nacer un problema de identidad». En Transilvania, que fue anexionada por Austria en 1691, los rumanos, que constituían la mayoría de la población, eran campesinos y siervos dominados por húngaros y alemanes, quienes además estaban reducidos al estado de «población tolerada» bajo el Imperio. La lucha por los derechos políticos hizo de Transilvania y Rasinari un centro de resistencia nacional. Debido a sus simpatías nacionalistas rumanas, los padres de Cioran fueron prisioneros políticos en campos de concentración húngaros.

Las humillaciones, diría Cioran más tarde, son las cosas más difíciles de olvidar. Si Rasinari era un lugar de felicidad perdida, Sibiu —el pueblo donde sus padres lo enviaron a la escuela secundaria a la edad de diez años y donde vivió durante los siguientes ocho años, primero solo en una pensión y luego con sus padres cuando estos se mudaron— era un mundo especial gracias a su arquitectura centroeuropea, sus atractivos parques, sus escuelas, sus bibliotecas y su estilo de vida aburguesado. No era un estudiante especialmente destacado, sin embargo, leía en exceso, especialmente las obras de Shakespeare, Novalis, Schlegel, Pushkin, Tolstoi, Turgenev, Rozanov, Shestov y Dostoievski —a quien admiraba por encima de todos los demás. Qué mejor lectura podría haber para un joven rebelde —que a estas alturas se negaba a bendecir la cena con su familia y dejaba la mesa mientras rezaban— que Memorias del subsuelo, en la que Dostoievski escribe: «No era más que una mosca ante toda esa buena sociedad, una mosca repugnante y obscena, más inteligente, más cultivada, más noble que nadie, eso era evidente, pero una mosca al fin y al cabo, que siempre cede el paso, humillada e insultada por todo el mundo».

Aunque los padres de Cioran eran una pareja de clase media muy respetada, cercana a muchas familias ilustres de Transilvania —su padre, nombrado nuevo arcipreste y consejero del obispo metropolitano de Sibiu, y su madre, directora de la Liga de Mujeres Cristianas—, el hijo se sentía como un alma perdida, un extraño en su propio entorno. Los años en Sibiu fueron el preludio de lo que iba a ser una crisis de identidad que empeoró por su susceptibilidad al insomnio crónico que comenzó a sufrir a los diecisiete años. El único escape entonces eran los libros y poco después, cuando se hizo mayor, le sumaría los largos paseos nocturnos por las calles vacías y silenciosas de Sibiu. La ciudad se jactaba de poseer tres burdeles de gran calidad. Emil se convirtió en un cliente regular. Los visitaba con una copia de la Crítica de la razón pura de Kant que sobresalía de un bolsillo, y se reunía allí no solo con sus compañeros de escuela sino también con sus maestros. Aún así, su misteriosa y secreta enfermedad no le daba tregua. Un insomnio que le causaría envidia a un mártir, dijo más tarde. Dicho insomnio afectaba su pensamiento, le ponía los nervios de punta y lo volvía constantemente irritable. Años después revelaría que escribió todos sus libros durante sus caminatas nocturnas y recostado en la cama sin poder dormir.

En Bucarest, donde fue a estudiar filosofía en 1928, durmió aún menos. Por suerte, no tenía que recluirse en su fría y monótona habitación, ahora podía leer en la biblioteca de la Fundación Rey Carol, situada en la calle principal de la ciudad, justo enfrente del Palacio Real. Había llegado a la capital en un momento de gran agitación política. El partido liberal de la Gran Rumania de 1918 —responsable de la seguridad y la prosperidad económica— se vio sacudido por la crisis que asolaba a Europa, por las huelgas locales y por las violentas protestas estudiantiles. Pero sobre todo por el surgimiento de un movimiento profascista, la Guardia de Hierro, que trataba de arrebatarle el poder al rey.

Pasarse el día leyendo en una biblioteca de un país al borde del caos, un país compuesto de rumanos, de húngaros, de judíos, de eslavos, de griegos, de rusos, de búlgaros y de turcos, un país en el que se mezclaba el medio oriente con el medio occidente, fortaleció en Cioran la convicción de que estamos solos y no nos queda otro remedio que descubrir nuestro destino en este universo absurdo. Lo puedo ver ahí, tieso y malhumorado, con su traje oscuro y ajado, con una cara ligeramente regordeta, con sus ojos verdes penetrantes y con el permanente ceño fruncido, hablando consigo mismo en su acento transilvano. «Llevo tres años aquí en Bucarest y nadie me conoce, porque ciertamente no lo he intentado», le escribió a un amigo… [+]

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