Acerca de Cioran en México: entrevista de Ciprian Vălcan a José Luis Álvarez LOPEZTELLO

Publicada en Apostrof, nr. 4, 2018, bajo el título: Despre Cioran în Mexic: Interviu realizat de Ciprian Vălcan: Conversaţii cu… José Luis Álvarez Lopeztello. Disponible en: https://www.revista-apostrof.ro/arhiva/an2018/n4/2018-n4-a26/ Y en el portal rumano Lapunkt: https://www.lapunkt.ro/2018/04/interviu-jose-luis-alvarez-lopeztello-despre-cioran-in-mexic/

La versión en español se encuentra en el libro de Ciprian Vălcan: Cioran, un aventurero inmóvil. Treinta entrevistas, Universidad Tecnológica de Pereira, UTP, 2019.

Mi primera aproximación a su pensamiento fue durante mi periodo de estudiante como Licenciado en Filosofía, en la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de México. Entonces cursaba el cuarto semestre y me vi en la necesidad de inscribirme a un curso de “Filosofía de la historia”. Para mi sorpresa y beneplácito el profesor de dicha asignatura, luego de encargarnos estudiar algunos pasajes de Hesíodo, Hegel, Kant, Schiller, Vico y Nietzsche, decidió concluir su curso con la encomienda de analizar la concepción de Cioran a propósito de la Historia, en las páginas de Écartèlement, en su traducción al castellano, por supuesto. Debo confesar que tras esta inaugural aproximación a Cioran fui poco competente para comprenderle: como era neófito en filosofía, mi bagaje filosófico rayaba en la nulidad. No obstante, me maravilló el brío incontenible que el pensador rumano-francés insufla a todas y cada una de sus sentencias. Francamente fui hechizado desde el principio por el tono lapidario de su escritura. Me enganchó su reflexión irreverente que no sabe hacer concesión alguna a las trincheras mentales y su falta de respeto por las hipocresías convencionales, lo cual es fascinante.

Si bien es cierto que luego de mi inicial aproximación a Cioran no volví a estudiarlo en las aulas -de manera oficial-, sí continúe leyéndolo clandestinamente, por así decirlo. Pues, entre otras razones, no suele ser considerado como filósofo serio por el gremio de los profesionales de la filosofía. Incluso, su obra no es referida en los “Manuales académicos” ni es tomada en cuenta por las “Historias de la filosofía” -salvo en el Antimanuel de philosophie de Michel Onfray, quien tan sólo le dedica una página, hay que decirlo. Otra excepción se encuentra en el “Diccionario filosófico” de José Ferrater Mora, quien le cita en la bibliografía de su artículo sobre “nihilismo”.

Sea como fuere, han transcurrido once años desde mi primer acercamiento a los textos de Cioran y a partir de entonces no me he permitido dejar de leerlo. Hace poco más de un año -y después de algunos avatares con académicos- tuve la oportunidad de presentar y defender mi tesis de Máster a tenor suyo, titulada: Emil Michel Cioran: El drama de la caída en el tiempo. (La nostalgia del paraíso perdido). Y, actualmente estoy preparando un proyecto de tesis Doctoral sobre Cioran, que titularé: Ensayo de herejía existencial. Para tal efecto, pretendo realizar un ajuste de cuentas con el trabajo de tesis que presenté en el Máster, pues ahí se encuentra el germen de lo que ahora aspiro a evidenciar bajo el mote de escepticismo existencial. Después de todo, para bien o para mal (¿quién puede saberlo?), en los tejemanejes de la escritura jamás quedamos ahítos: la saciedad es extraña a cuanto conseguimos garrapatear. Por el contrario (y para propio escarnio), a nuestros escritos siempre les sobreviven taras inexpresadas, confinadas al silencio por otras quizá más apremiantes, pero no por ello menos virulentas.

¿Cuáles aspectos de la obra de Cioran le interesaron en aquella primera lectura y cuáles continúa considerando importantes todavía hoy?

Hay dos aspectos que, a mi juicio, le confieren su singularidad inconfundible a los textos de Cioran y que me fueron evidentes desde mi primera lectura. Por un lado, su talante estilístico y, por el otro, los tópicos poco comunes que aborda -y que son vilipendiados por numerosos filósofos contemporáneos: algunos de los cuales le tildan de metafísico anacrónico, dicho sea de paso.

En cuanto al aspecto formal, su estilo ensayístico y aforístico me parece único. Imposible encontrarle parangón entre sus coetáneos: le considero un desclasado. Aunque él mismo reconoce la enorme deuda que guarda para con Nietzsche, Pascal, Kierkegaard, Eckhart, Leopardi y los moralistas franceses del siglo XVIII como: Tocqueville, Chateaubriand, Sainte Beuve o Saint-Simon. En efecto, la belleza de sus sentencias además de lúcida es exquisita. No en vano fue estimado por Saint-John Prese como uno de los más grandes escritores en lengua francesa, luego de la muerte de Paul Valéry. La peculiaridad de sus locuciones se aprecia desde la primera vez que nos aventuramos a posar la mirada sobre sus letras. No importa cuántas veces releamos a Cioran, su brillo jamás se opaca.

Ahora bien, detrás –o debajo- de su  estilo  aforístico  subyace  la protesta denodada en contra de la filosofía pretendidamente objetiva pues, a juicio suyo, la neutralidad de pensamiento  (sobre  la  que  aspira  a levantarse el tinglado filosófico académico) es mera ilusión o ampulosa verborrea. Artificial, es invariablemente fraudulenta como  corresponde  a todo fruto de invernadero. Por ello, Cioran insiste en que para expresar con fidelidad nuestras desgarraduras habremos  de  reemplazar  los  silogismos por gritos y los edificios conceptuales por jirones reflexivos. En suma, los pensamientos fragmentarios son fieles espejos que devuelven su imagen a un ser resquebrajado, pero franco, sin embargo.

Por lo que concierne al contenido de su obra, y detrás de su ingente variedad temática, me limitaré a mencionar cinco tópicos que juzgo capitales puesto que, cual obseso, vuelve a ellos en todos sus libros. Estas obsesiones se encuentran propagadas como larvas desde Sur les cimes du désespoir, su primer libro rumano. Debo agregar que tratándose de Cioran tropezamos con un caso análogo al de Nietzsche y Kierkegaard, quienes en su primer texto bosquejaron el contenido global de su obra.

En primer lugar, es de llamar la atención la visión que se hace de la Historia como un enorme fiasco o un callejón sin salida. En segundo lugar, jamás dejó de considerar a la conciencia como la mayor tragedia humana; según refiere, el saber implica dolor, cuanto más conscientes somos mayor es nuestro suplicio. En suma: la lucidez se conquista en detrimento de la felicidad. En tercer lugar, siempre se mantuvo querellante contra la engañifa de su maldito yo: nunca se perdonó la insigne villanía de haber nacido.

En cuarto lugar, su escepticismo furibundo: de continuo se  rebeló contra la tiranía de las trincheras mentales; si bien es cierto que  por momentos se declaró escéptico, no lo es menos que evitó -con relativo éxito- la tentación de encubrirse bajo la máscara de la duda  sistemática.  Como pocos, comprendió que su culto excesivo la torna en un dogma,  como cualquier otro. Por último, hizo de la muerte la piedra de  toque  de  su filosofar: no hay uno de sus libros en que no la afronte. De hecho, Cioran menciona reiteradamente que el único tema del que debieran ocuparse nuestras congojas es la muerte.

¿Qué escritores del siglo XX pueden ser comparados con Cioran en lo concerniente a los temas de reflexión y de estilo?

La respuesta para nada es sencilla, mucho menos inocente, en tanto que esconde -y revela- las perversas inclinaciones literarias de quien contesta. Al responderla no se sale inmune de la arbitrariedad: se otorga prioridad a aquellos pensadores que a juicio -siempre sospechoso- del que alega se consideren más relevantes, desdeñando así a cuantos no sean tazados como merecedores de su estima.

Ahora bien, aunque Cioran se vislumbró más próximo a los pensadores presocráticos que a sus contemporáneos, lo que en cierta medida es correcto: si nos detenemos a analizar su visión de la Historia, como la marcha ininterrumpida de los fiascos humanos, no es difícil percatarnos que se encuentra muy cercana a la de Hesíodo, en el  Mito de las edades, por ejemplo. No obstante, por el tono incendiario de sus escritos le encuentro gran afinidad con Oskar Panizza y con Stig Dagerman, especialmente en lo concerniente a la crueldad con que atacaron la perversa imbecilidad de los dogmas humanos. Para ellos, el hombre es una criatura tan ridícula como depravada, cuya vecindad únicamente se torna soportable gracias al desprecio de la ironía. Además, coinciden en que pensar provoca dolor; en suma, la conciencia es sinónimo de tormento.

También le considero próximo a Albert Cossery, sobre todo por la manera en que llevaron al hastío y al aburrimiento hasta sus últimas consecuencias: hicieron de esos tópicos los bastiones de su reflexión. Como pocos, en el suyo o en cualquier  otro  siglo,  tuvieron  la  clarividencia necesaria para diagnosticar el naufragio al que nos arroja nuestra grotesca hambre de gloria. Para ambos pensadores el mejor resguardo posible se encuentra en la apoteosis de la pereza y en la paradisiaca disolución del anonimato: sólo desolidarizándonos de nuestra agitada  especie,  ávida siempre de lo peor, es posible alcanzar alguna suerte de  amparo.  Cabe agregar que Cioran  y Cossery, además de ser coetáneos y casi de la misma edad –el pensador rumano era apenas dos años mayor que  el  escritor egipcio-, renunciaron a sus patrias y a sus idiomas para apoltronarse en la lengua y en la capital francesa. A la par, eligieron el cielo parisino, los vericuetos del Barrio Latino y los puentes del Sena  como  cómplices  y sigilosos testigos de sus letras y desconsuelos.

Por último, pero no por ello en último lugar, me gustaría señalar su afinidad con Agustín García Calvo. Ambos pensadores dedicaron sus mayores bríos a desmontar el enorme armatoste de mentiras, tan siniestro como grotesco, sobre el que se asienta la pretendida Realidad. Además, coincidieron en que la mayor engañifa jamás ingeniada por el hombre es la de su maldito yo. Según refieren, todo escepticismo que se precie ha de dirigirse a pulverizar al trampantojo de la propia persona, puesto que la idea de Individuo es la gusanera en que prosperan cualesquiera perversiones. Asimismo, compartieron su aversión por los profesionales de la filosofía: comulgaron en que las instituciones académicas representan la muerte del libre y común pensamiento.

Entre otras coincidencias, cohabitaron en el Barrio Latino de París – vivieron a pocas manzanas de distancia- y fueron los maestros intelectuales del por entonces joven Fernando Savater, a quien los hispanoparlantes le debemos el habernos dado a conocer a Cioran a través de sus traducciones, de paso sea dicho. Debo agregar asimismo que el filósofo español realizó su tesis Doctoral: Ensayo sobre Cioran a propósito del pensador rumano- francés y se la tributó a García Calvo. Es probable que, por mediación de Savater, ambos pensadores se leyesen. Aunque ninguno hace mención del otro hay sin embargo en sus textos tópicos paralelos.

¿Considera justa la opinión de ciertos exégetas que consideran a Cioran el principal continuador de Nietzsche en el siglo XX?

No encuentro ni justa ni exacta esa afirmación. De hecho, Cioran en alguna charla tuvo oportunidad de refutarla. Por fortuna, se compilaron algunas de las conversaciones que el pensador rumano-francés concedió a diversos escritores, en un textito titulado Entretiens. Ahí, Cioran, además de desmentirse como continuador de la línea de pensamiento trazada por Nietzsche, se permitió tildarlo de ingenuo: debido a su desliz de hipostasiar la idea del Súper Hombre. Como fiel legatario de la visión de la Historia de Hesíodo, Cioran sentencia que el hombre no puede más que degenerar, por lo que la idea nietzscheana de la superación del hombre le parece un espantoso delirio, producto de su exiguo contacto con los hombres.

Ahora bien, Nietzsche fue un escritor solitario, mientras que Cioran concibió sus mejores libros rodeado de la ingente urbe parisina. Situado en las antípodas del pensador alemán, Cioran considera al hombre inclinado irremediablemente a la perversidad y no muestra empacho en repetir que la humanidad, lejos de perfeccionarse, se encuentra atascada en una sentina. En lo concerniente a la comprensión de los hombres, el pensador apátrida fue mucho más lúcido que Nietzsche.

Sin embargo, ello no significa que no haya coincidencias entre ambos. Cioran, en una entrevista con el filósofo español Fernando Savater confiesa el enorme adeudo que tiene para con Nietzsche, al argüir que fue él quien liberó a la filosofía de los corsés académicos. Según refiere el pensador rumano-francés, Nietzsche rescató a la filosofía de los trampantojos sistemáticos y la tornó profundamente vivencial: en resumen, insufló vida a la filosofía. Cabe agregar que si bien es cierto que los libros rumanos de Cioran están fuertemente marcados por sus lecturas del pensador alemán – pues glorifican la voluntad de poder-, no obstante, consiguió desembarazarse de su plétora verbal en sus textos de lengua francesa, conservando de aquel exclusivamente el estilo ensayístico y aforístico. Como he dicho, la lectura que hizo de los moralistas franceses del siglo XVIII fue la asepsia de su desenfrenada prosa rumana.

¿Cómo es actualmente la recepción de la obra de Cioran en México?

En México no resulta difícil conseguir la totalidad de la obra de Cioran traducida al castellano -a excepción de Schimbarea la fata a României. Incluso, se reeditan sus libros con mediana frecuencia y en las librerías se venden bien. Sin embargo, salvo afortunadas excepciones, como en los casos de Ion Vartic, Gabriel Liiceanu, Matei Visniec y Ciprian Vălcan, son pocos los textos de sus estudiosos rumanos que son transcritos al castellano y, de haberlo sido, difícilmente llegan a las librerías mexicanas, por lo que únicamente pueden comprarse en internet, a precios elevados.

En lo concerniente a su difusión, Cioran no es un pensador que goce–o sufra, según se prefiera- de la mayor boga entre los filósofos mexicanos. Como he mencionado, no figura en los “Manuales académicos” ni en las “Historias de la filosofía”: esto se refleja en su exigua popularidad universitaria. Es como si alrededor del globo, los expertos en filosofía hubiesen confabulado en contra suya y, relegándolo al olvido o al silencio, no alegan ni en su favor ni en su contra. (Por supuesto que ello no ha sido óbice para que algunos biógrafos malintencionados se lancen sobre él, cual aves de rapiña.) Afortunadamente, como en todo, siempre se dan felices anomalías a la regla. De entre sus lectores contemporáneos de mayor lustre sólo me limitaré a mencionar a Peter Sloterdijk y a Clément Rosset, quienes estiman a Cioran como uno de los escritores más desengañados de la historia del pensamiento.

Volviendo al gremio  de los cultos de la filosofía, conviene recordar que la tesis Doctoral de Fernando Savater  -sobre  Cioran-  le  fue  rechazada  por los académicos españoles, quienes inteligentemente concluyeron que se trataba de una broma prestarle importancia. Además, los filosofantes universitarios coinciden, casi por unanimidad, en tasarlo como un escritor poco serio o como un literato mediano. Debido a ello su obra raras veces es estudiada en los programas de licenciatura: tristemente muchas de las Universidades mexicanas no son la excepción.

Sin embargo, no por eso es un pensador  completamente  desconocido en México. Acerca de él hay numerosos artículos publicados en revistas impresas y electrónicas. Incluso, hace poco el periódico La jornada publicó un suplemento en torno a su pensamiento, aunque seguramente pasó desapercibido para la mayoría de lectores del semanario, para los entusiastas de Cioran fue una feliz anécdota. Por lo que respecta a los expertos mexicanos de mayor renombre a propósito de su obra, podría citar a Mijail Malishev y a Luis Ochoa Bilbao.

Mención aparte merece la entrañable amistad que -empleando una metáfora hortícola- floreció entre Cioran y los escritores mexicanos Esther Seligson y Octavio Paz. Seligson tradujo Histoire et utopie, La Chute dans le Temps y De l’inconvémient d’etre né, del francés al español. Asimismo, escribió un pequeño pero lúcido libro titulado Apuntes sobre Cioran, y, publicó algunos de sus ensayos inéditos en el texto E. M. Cioran. Contra la historia. Debo agregar que Octavio Paz, en algunos planteamientos de El laberinto de la soledad, le sigue de cerca. Incluso, podría trazarse cierto paralelismo entre algunas consideraciones de dicho libro y La tentation d’exister, de Cioran: en sus textos, ambos pensadores consideran la irrupción del hombre como una vileza o un delito perpetrado en contra de la beatitud estacionaria en que vegetaban el resto de las bestias.

Por otro lado, desconozco si entre los catedráticos mexicanos ha habido alguno que haya dictado seminarios dedicados exclusivamente al pensamiento de Cioran. Son escasos los libros publicados por expertos mexicanos sobre su obra. A diferencia de lo que ocurre en España, como en los casos de Fernando Savater, Joan M. Marín, Alberto Domínguez, Faustino Manuel López Manzanedo, Manuel Arranz, entre otros. Por fortuna, en México Cioran es cada vez más leído entre los estudiantes de Filosofía, Sociología, Historia y Literatura. En mi Universidad, por ejemplo, he tenido la oportunidad de incluir algunos de sus textos en los cursos que he impartido. Además, se han escrito varias tesis sobre su ejercicio filosófico.

¿Cuál es su interpretación de la obra de Cioran?

Gracias a los fragmentos de  Vidas  y  opiniones  de  los  filósofos  ilustres  que nos transmitió Diógenes Laercio, nos enteramos de la feliz anécdota según la cual la primera lección que los cínicos procuraban a sus aspirantes a discípulos consistía en molerlos a bastonazos. Me gusta pensar en esa historia siempre que debo hablar concisamente acerca de Cioran puesto que él -en sus libros- renueva aquella lección de los filósofos perros. En efecto, sus aforismos son como hachazos, guillotinan a cualesquiera idearios.

No se lee a Cioran impunemente. Luego de su rasero inquisidor no hay idea o asidero mental que permanezca en pie: nos machaca a través de razonamientos y torna nuestras certezas en polvo. Por un lado, carece de la ingenuidad necesaria para despertarnos de un sueño dogmático tan sólo para hacernos babear en uno distinto. Por otro lado, provisto de lucidez, nada erige sino que cual hábil dinamitero de los pilotes sobre los que se levantan las certezas filosóficas –o de cualquier otra laya- se limita a declarar su sinsentido.

Evidentemente, la obra de Cioran no sería extraordinaria si hubiese permanecido en un simple escepticismo gnoseológico. Quizá uno de los mayores aciertos de su ejercicio pensante sea advertirnos acerca de los horrores –horrores que él experimentó en propia carne- que se ocultan detrás de toda ideología enaltecida como artículo de fe. A juicio suyo, la Historia no es más que el atroz desfile de un puñado de carniceros fanáticos pisoteando miríadas de cabezas que osaron pensar distinto a ellos. Cioran, además de ser dueño de una lucidez deslumbrante, es un pensador obligado si se desea tener una visión honesta del hombre, ya sea como especie o como individuo.

Una vez que nos dejamos llevar por los abismos de sus libros no sólo nos convertimos en sus sigilosos testigos, a la par nos tornamos en cómplices de su indigencia: entre sus letras somos copartícipes de carcajadas y lacras comunes. ¿Cómo explicar entonces la aparente paradoja de que en las taras de este “escritor privado” reconozcamos nuestras singularidades? Cuanto más se cavila sobre sus textos, resulta más fácil ceder a la tentación de considerar que bajo sus letras se asoman trazas de la razón que a todos nos es común. Entiendo por común razón la inverosímil capacidad de dejar hablar -a través y quizá en contra nuestra- razonamientos que cualquiera puede comprender con tal de que no considere que le sean propios, ni ajenos, desde luego.

Otro acierto de Cioran –quizá el mayor de todos- es que, a su manera, fue consciente de la razón común al aseverar que su pensamiento  era cualquier cosa salvo novedoso, ya que sólo se limitaba a vociferar aquello que cualquiera puede discernir. Confiaba  en  que  las  personas  iletradas  (o no leídas) comprendían la vida por lo menos igual de bien que las eruditas. Reiteradamente afirmó que cualquier campesino o vagabundo podía ser más filósofo que un puñado de intelectuales, puesto que los últimos únicamente se arrastran por el éxito y por el dinero. Gracias a su capacidad de instaurar en lo cotidiano problemas eternos y de eternizar vanidades, su obra se torna espejo fiel de las cuitas humanas.

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