“El inconveniente de haber nacido, de E.M. Cioran” (Esther Seligson)

Revista de la Universidad de México, Volumen XXVIII, número 7 / marzo de 1974

El filósofo rumano Emil Cioran acaba de publicar su último libro Del inconveniente de haber nacido. Se eligieron y tradujeron algunos fragmentos publicados aquí y traducidos por Esther Seligson.

E. M. Cioran, escritor rumano de lengua francesa, nacido en 1911, es, en nuestro siglo XX, un pensador definitivamente fuera de lugar, tan fuera de lugar como pudieron estar los profetas, anunciando, en medio de la inconsciencia, el despilfarro y el lujo, el desastre, y apremiando a sus contemporáneos al desapego, al arrepentimiento y a la meditación.

Hace aproximadamente once o doce años leí por primera vez un libro de Cioran (Précis de décomposition) y desde entonces hasta ahora no ha dejado de sorprenderme su capacidad de furia, de rabia explosiva, su insistencia en recordarnos que todo va de mal en peor, que el apocalipsis no será, como pretenden las Escrituras, tan espectacular, sino que vamos acercándonos a él día con día de una manera sorda e irremediable y que es menester asumir de una vez por todas el estado de podredumbre en que se encuentra nuestra civilización con sus caducos valores a cuestas. Su posición frente a la Historia, la Filosofía y la Religión — que sigue siendo de un radicalismo total —, me asombra por la forma tan tajante como Cioran les niega validez, por el énfasis con que las acusa de engaño, autocomplacencia y villanía; por la amargura soterrada que llevan sus acusaciones, sus imprecaciones, sus hurlas e ironías.

Hay algo, sin embargo, tonificante en la actitud de este filósofo tan cercano a Diógenes y a los escépticos — y a los terroristas desesperanzados de nuestro siglo —, para aquellos que se aproximan a sus obras buscando, justamente, un resorte, un impulso que eleve el espíritu por encima del lastre de las explicaciones y los conocimientos adquiridos; que conduzca el pensamiento por otros caminos que no sean los tradicionales cartesianos o aristotélicos, o los del sentido común. Un lector de Cioran sabe que llegará a todos los callejones sin salida posibles, que irán minándose todas sus certezas, evaporándose todas sus seguridades, que la insatisfacción llenará el vacío que la pérdida de sus ilusiones y esperanzas deje. Porque, en efecto, nada hay en la obra de Cioran que vaya a halagamos el oído, o a complacer nuestro ego; ni siquiera encontraremos algo sólido, o práctico, a qué asimos, pues él se ha encargado de sabotearse a sí mismo destruyendo lo que sus seguidores eventuales podrían tomar por una teoría o por una filosofía (como en el caso de Sartre y los beatniks). El pensamiento de Cioran compele a la meditación personal, a la búsqueda solitaria con medios propios, a la duda, al silencio, al rechazo y a la inconformidad.

Sí, podría decir que Cioran me interesa porque es un inconforme, un iconoclasta desaforado a quien de ninguna manera le importa polemizar o sentar precedente, un detractor de buenas conciencias; e incluso porque, en cuanto a la precisión de su escritura, al tino de sus frases, al misterio de su palabra, es un poeta malgré soi. Pero lo que siempre ha mantenido mi atención al acecho, lo que me ha obligado una y otra vez a volver a sus libros para releerlos, traducir algún ensayo o hacer un comentario, es una extraña fuerza — o ansiedad- que emana de su obra y que me empuja a seguir buscando, a través de ella y con ella, algo que se parezca a una respuesta — a una luz — sobre el sentido del sinsentido de todo lo que al hombre y a sus actos y aspiraciones se refiere.

En su último libro, De l’inconvénient d’etre né (Editions Gallimard, 1973), Ciaran regresa a los aforismos, a las frases cortas, a los párrafos breves (como en su segundo libro, SyIlogismes de l’Amertume, publicado en 1952), a las reflexiones sobre la inutilidad del conocimiento, del suicidio, de la desposesión, de la conciencia misma de la futilidad y de lo irrevocable. ¿Para qué el conocimiento sin la Revelación? ¿Acaso podría consolarnos una I definición perfecta y total de Dios? ¿Buscar la luz cuando se es un místico “cansado de Dios”, exilado, caído de la etemidad en un desierto metafísico? Cansado de su cansancio de búsqueda de ese ailleurs que no está en ninguna parte, de la fatiga de su fatiga metafísica, del desencanto de su desencanto, de la perplejidad que experimenta ante su insistencia en seguir hurgando, a pesar de sí mismo, en la insondabilidad de religiones como el hinduismo o el judaísmo -visto que lo cristiano tampoco le ¡satisface- y en seguir, sobre todo, escribiendo (“Un libro es un suicidio diferido”).

En este último libro, parece que hasta la necesidad de escribir — única forma de entrar en contacto con los seres, única posibilidad de trascendencia en lo inmediato —, el impulso demiúrgico, quiere dejar de obedecer a su propio principio activo y creador. ¿Por qué? Ante esta pregunta, ante la “evidencia de no poder ni saber contestarla, vuelvo a enfrentarme al enigma de la Obra, a la paradoja del ser que encuentra en la contradicción y el sarcaso un “pretexto” para seguir viviendo. .. y buscando.

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