“Emil Michel Cioran: El Drama de la Caída en el Tiempo (la nostalgia del paraíso perdido)” – José Luis Álvarez LOPEZTELLO

¿No habéis advertido una imagen de pureza en la mirada sin percepción, en la mirada que refleja y refracta, una imagen purificada de objetos? ¿No os habéis fijado nunca en la mirada de los patitos y habéis visto unos ojos donde el cielo es cielo, el agua agua y la hoja hoja? El cielo ha descendido hasta los ojos de un patito; porque los ojos del hombre son demasiado oscuros para acceder a la serenidad y a la elevación. Imagen de la pureza: una mirada antes de la percepción; una mirada en el mundo; una mirada que no ve, sino en la que uno ve.

CIORAN, El libro de las quimeras

Preámbulo

Todo profesor de filosofía apaga y paraliza la filosofía que explica por el solo hecho de que habla de ella, como objeto de su explicación, reduciéndola –esto es- a la condición de ente histórico, observable por los historiadores, cuando tal vez aquella filosofía lo que intentaba hacer era rebelarse contra la Historia.

Agustín García CALVO, Prólogo a Marqués de SADE, Instruir deleitando o la escuela de amor

Este escrito tiene el propósito de elucidar, en la medida de sus posibilidades, la concepción de tiempo que el pensador rumano-francés Emil Cioran esbozó a lo largo de sus textos. Sin embargo, es pertinente advertir que todo ensayo está necesariamente revestido de un talante interpretativo, lo cual supone, de antemano, una suerte de alejamiento y tensión respecto al autor: difícilmente puede evitarse la tentación de hacerle decir aquello que uno desea. Propensión, al parecer, insalvable. “Todo aquel que nos cita de memoria es un saboteador que habría que denunciar a la justicia. Una cita mutilada equivale a una traición, a una injuria, a un perjuicio tanto más grave cuanto que se nos ha querido hacer un favor”. Puesto que no hay -ni puede darse- interpretación desinteresada ni inocente: ¿Quién habría de reconocerse, sin caer en la impostura, como no traidor? Confesémonos, sin más, saboteadores todos.

Además del brete aludido, cabe decir que este trabajo es de talante paradojal pues estriba en emprender el estudio sistemático de un pensador carente de sistema y en querer extraer teorías donde no las hay. Peter Sloterdijk, en El revanchista desinteresado. (Apunte sobre Cioran), refiere el proceder del pensador rumano-francés con estas líneas: “Su reserva es cualquier cosa menos metódica; es demoniaca. En su caso, la crítica ha sido precedida por la tortura”.

Cómo no traer a cuento lo que al comienzo de una charla pregunta Jean-François Duval a Cioran: “¿Le desagradaría que hubiera tesis universitarias sobre su obra? Hay algunas (sc. responde éste), pero yo estoy contra las tesis, estoy contra ese género”. He ahí la paradoja del presente escrito: pretender sistematizar un pensamiento tan fragmentario como fragmentado a sabiendas de que el pensador en cuestión se declaró tácitamente en contra de los sistemas filosóficos. A la par de aspirar erigir donde él se dedicó a derrumbar porque el suyo fue un proceso continuo de zapa y desengaño. “Mi misión es la de sacar a la gente de su sueño eterno, aun sabiendo que cometo un crimen y que valdría mil veces más dejarlos perseverar en él, ya que, además, cuando despiertan, nada tengo que proponerles”.

Emil Cioran, por un lado, carece de la ingenuidad necesaria para despertar de un sueño dogmático tan sólo para babear en uno distinto. Por otro lado, provisto de lucidez, nada erige sino que cual hábil dinamitero de los pilotes sobre los que se levantan las certezas filosóficas se limita a declarar su sinsentido y su oquedad. De ahí la imposibilidad de llamarle falso iconoclasta, pues: “Lo que resulta desconsolador es ver que en cada época son los iconoclastas o los que pretenden serlo quienes suelen recurrir a las ficciones y a las mentiras”. Evidentemente, ni es pregonero de buenas nuevas ni se adhiere a ideología ninguna. Incluso, cuando da la impresión de inclinarse hacia el escepticismo -declarando así que todo es ilusorio- prestamente recapitula sitiando a la idea misma de ilusión. La propia duda es puesta en tela de juicio: la creencia ferviente en ella la estropea, tornándola en certeza. Luego de su rasero inquisidor, no hay idea o asidero mental que permanezca en pie: “Decir «Todo es ilusorio» es abocarse a la ilusión, es reconocerle un alto grado de realidad, el más alto, mientras que lo que se buscaba era desacreditarla. ¿Qué hacer? Lo mejor es dejar de proclamarla o de denunciarla, de esclavizarse pensando en ella. Incluso la idea que desacredita a todas las ideas es un obstáculo”.

Comoquiera, echando mano de una buena dosis de candidez, con prurito afirmaría que tal vez no todo esté perdido, pues el equívoco que seguramente producirá este escrito es el paliativo que le torna defendible y el pretexto que mejor le anima, ya que, dando una pizca de seriedad a las risotadas de Cioran: “Un libro sólo es fecundo y duradero, si se presta a varias interpretaciones diferentes. Las obras que se pueden definir son esencialmente perecederas. Una obra vive por los malentendidos que suscita”. A la par, es “[…] la desgracia de ser comprendido, la peor que puede abatirse sobre un autor”. Y, más adelante insiste: “Para un autor resulta una verdadera desgracia ser comprendido”. Así, es dable que en la medida en que el presente texto invite al malentendido contribuya juntamente a su eficacia. Sin embargo, inútil engañarse y simular bella ceguera. Dado el talante aporético de la reflexión cioraniana es tan vano pretender explicarle como renunciar a ello. “Quizás lo mejor sea no explicarse, no dar uno mismo la clave de su ser, la fórmula de su destino. Que la busquen los otros –si creen que vale la pena buscarla”.

Después de las advertencias apuntadas a guisa de la escritura de Cioran y sabedor del evidente fracaso al pretender exponerle he optado por seguirlo, no obstante, a través del derrotero del tópico del tiempo, con el afán de dar cuenta del resorte que mueve su mecanismo y describir las ilusiones sobre las que se encumbra. Si bien es cierto que el pensador rumano-francés jamás construyó un sistema filosófico –sus textos son siempre fragmentarios-, no lo es menos que a lo largo de sus aforismos hay temas recurrentes, rayanos en la obsesión y en los que insiste una y otra vez. “Fragmentos, pensamientos fugitivos, decís. ¿Se les puede llamar fugitivos cuando se trata de obsesiones, es decir, de pensamientos cuya característica principal es justamente no huir?”. Tal es el caso del tiempo, éste es un terreno acostumbrado en su ejercicio pensante. Es uno de sus mayores tormentos. En una palabra, es la espina clavada en su carne pues lo inquietó durante toda su vida: “[…] aunque no sienta el tiempo y esté más alejado de él que nadie, lo observo sin cesar: ocupa el centro de mi conciencia”. En efecto, sus libros están dramáticamente atravesados por la manía temporal. Si bien cada uno de ellos condensa, como las capas de una cebolla, la totalidad de su pensamiento, en su cogollo se descubre la convulsión del tiempo.

Para pasar ahora a otro pretexto de porqué discurrir acerca de la concepción que Emil Cioran se hace del tiempo encuentro la siguiente justificación -acaso no justificable-. Luego de revisar la literatura escrita sobre él, me topé con la sorpresa de que la mayor parte de ésta gira en torno a los tópicos de su -aparente- nihilismo o escepticismo. Sin embargo, muy poco se ha hablado a propósito del planteamiento que se hace del tiempo. Los estudios referidos a esta cuestión son muy parcos. Casi nada hay escrito acerca de las dos caídas: La caída en el tiempo y el caer del tiempo. Incluso, Cioran en un diálogo con Sylvie Jaudeau se lamenta de ello:

[…] aprecio muy en particular las siete últimas páginas de La caída en el tiempo, que representan lo más serio que yo he escrito. Me costaron mucho y en general no se han comprendido. Se ha hablado poco de ese libro, pese a que es, a mi juicio, el más personal y a que he expresado en él lo que estaba más próximo a mi corazón. En efecto, ¿acaso hay un drama mayor que el de caer del tiempo? Por desgracia, pocos lectores han advertido ese aspecto esencial de mi pensamiento.

Sylvie Jaudeau

Índice

Preámbulo

Capítulo I. Emil Michel Cioran: Pensador encantador pero desencantado

Capítulo II. Mecona y Edén: Dos sueños del Paraíso perdido

II.I. Versión del Mito de Prometeo en Teogonía
II.II. Versión del Mito de Prometeo en Trabajos y días
II.III. El Prometeo encadenado de Esquilo
II.IV. Argumento platónico del Mito de Prometeo
II.V. Argumento lucianesco del Mito de Prometeo
II.VI. Creación del mundo merced a la Palabra Divina
II.VII. El fatídico fruto
II.VIII. La expulsión del Jardín de las delicias

Capítulo III. Las dos Caídas: Caer en el tiempo y caer del tiempo

III.I. Caer en el tiempo o el comienzo de la Historia
III.II. La nostalgia del Paraíso perdido
III.III. El Progreso o la añoranza del Paraíso terrenal
III.IV. Caer del tiempo o la Post-Historia

Bibliografía

A) La obra rumana de Emil Michel Cioran
B) La obra francesa de Emil Michel Cioran
C) Obras póstumas sobre Emil Michel Cioran
D) Obras sobre Emil Michel Cioran
E) Obras complementarias

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