“Una biografía de Emil Cioran. O del cumplimiento del rito académico de escribir su biografía haciendo la reverencia y sacando la lengua” – José Luis Álvarez LOPEZTELLO

Emil Cioran – Zile de Studiu la Napoli / Giornate di studio a Napoli / Irma Carannante, Giovanni Rotiroti și Ciprian Vălcan. Timişoara : Editura Universităţii de Vest, 2021.

Un día, en la calle, cuando un transeúnte
le preguntó si era Cioran, [él] contesta con
clarividencia, al igual que Borges:
«Lo he sido».

Ion Vartic, Cioran ingenuo y sentimental


El envés de la respuesta objetiva acerca de ¿quién es Emil Cioran? es aquella que los cultos denominan subjetiva. La cual (para agasajo de los lectores ávidos de intrigas personales) consiste en delinear una suerte de dibujo biográfico a partir de las intimidades de los autores. Sin embargo, esta contestación no está libre de mácula. Al igual que el dossier histórico, pretende sitiar al pensador objeto de estudio dentro de los estrechos murallones del saber: convirtiéndolo así en un quimérico personaje literario. En efecto, ninguna definición es inocente en tanto que implica el acto tan criminal como idiótico de aspirar a dominar lo indómito. Dentro de las biografías, cada concepto es un clavo añadido a la tapa del ataúd colocada sobre quien se pretende definir: “Entre las cuatro paredes de la casa del saber he definido aquella viva indefinición que alentaba por su piel y por su boca; y es ya como si entre las seis tablas de su caja tuviera, fiel para siempre, su cadáver”.

Glosando lo dicho, el dossier histórico y el retrato subjetivo son los vitrales que, a modo de aparador, exhiben a cualesquiera personajes cual especímenes disecados. No obstante, en un vano intento por definir lo indefinible, me gustaría perfilar la imagen subjetiva de Cioran. No para exponerlo embalsamado tras lúgubres vidrieras conceptuales –¡claro está!-, sino para mostrar la humana indeterminación que en cualquiera palpita. “¿No resulta revelador de lo indefinible de la vida, de sus insuficiencias, que sólo los añicos de un espejo destrozado puedan darnos su imagen característica?”. Nadie permanece idéntico a sí mismo. En cada uno de nosotros habitan –y riñen- múltiples yo: “ningún hombre sabe quién es, nadie es en verdad alguien”.

En efecto, lo verdaderamente humano bulle en la rotura de la propia identidad. Sólo los muertos son inalterables –y, ni siquiera ellos, pues, también se descomponen. “En el British Museum, ante la momia de una cantante, cuyas uñitas se ven asomar de las vendas, recuerdo haber jurado no decir nunca más: yo…”. (Puede que se me recrimine que sin la identidad la diferencia sería impensable: mas la permanencia es sólo una ilusión, sin la cual la razón no sabría ponerse en marcha.) A decir verdad, nada –ni nadie- es inalterable en este mundo roído por el tiempo. “Sin que nosotros podamos impedirlo, el velo que recubre ese espectáculo llamado vida se desgarra en miríadas de copos ilusorios y, de todo cuanto se desarrolla ante nuestros ojos, no quedan ya ni tan siquiera las sombras de una quimérica realidad”…

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