Prefacio a la Filosofía de la Redención, de Mainländer – Sandra Baquedano JER

Luego del ajetreo cotidiano que le significaba el trabajo, Mainländer se apartaba del mundo para cultivar su erudición.
En soledad se dedicó a estudiar antropología, historia natural, política, ciencias sociales, poesía alemana y, en particular, filosofía. Leyó críticamente a Heráclito, Platón, Aristóteles, Escotus, Locke, Berkeley, Hume, Hobbes, Helvetius, Herbart, Condillac, Fichte, Hegel y Schopenhauer. Sin embargo, fue esta última filosofía aquella que verdaderamente lo había cautivado desde mucho antes. Leía al padre del pesimismo como un devoto lee la Biblia e incluso confesó que en horas de entusiasmo llegó a prometerse solemnemente a sí mismo: “quiero ser tu Pablo”.

Sandra Baquedano Jer

Una antología es una colección de fragmentos escogidos de una obra. Como toda selección filosófica, esta labor suele estar antecedida por la exégesis que el antologador y traductor hayan hecho del tratado. En este caso, la elección de esta antología se enmarca dentro del proyecto “El pesimismo entrópico en las cosmologías filosóficas de la voluntad”. Si bien en el sistema de extracción de los pasajes queda íntegra la visión de Mainländer, abrimos el camino para que el lector haga su propia lectura de Die Philosophie der Erlösung. El objetivo principal de este proyecto VID (SOC 09/14-2), financiado por la Vicerrectoría de Investigación y Desarrollo de la Universidad de Chile, fue únicamente traducir la presente antología de la obra capital de Mainländer.

Agradezco al profesor Franco Volpi, quien a comienzos del año 2009 me instó, estando en Padua y Vicenza, a concretar este royecto. Aquel encuentro académico formaba parte del itinerario filosófico correspondiente a la investigación posdoctoral que antecedió a este proyecto. Al profesor Volpi debo también el posterior encuentro y correspondencia con el mayor experto de la obra de Mainländer, Herr Dr. Winfried Müller-Seyfarth, editor de la obra completa del filósofo y fundador de la Sociedad Internacional consagrada a sus estudios. Los extractos que forman parte de esta antología los traduje en base al criterio que utilizó Herr Prof. Dr. Ulrich Horstmann en la primera parte de su libro Vorn Verwesen der Welt und anderen Restposten (pp. 31-82). EI señor Peter Schmid realizó correcciones y perfeccionó la traducción que está ahora en manos del lector. Estando en Bayamo, en el marco de la mencionada investigación, el Dr. Sergio Pérez Barrero, uno de los mayores suicidiólogos con los que hayamos contado, me hizo entrever sabiamente sobre textos y personajes cuya popularidad en la historia de la literatura habían elevado las tasas de suicidio; es el caso del joven Werther, por nombrar quizás el ejemplo más clásico.

Presentar por primera vez al mundo de habla hispana la filosofía de un pensador que se suicidó y cuya muerte fue conclusión de una argumentación ontológica, no busca incitar el suicidio, sino más bien ayudar a canalizar a través de la vida el estancamiento existencia! de quien padezca una avidez vital de la nada.

Dedico esta traducción a la memoria de Bernardo Ortiz M., un fiel amante de la sabiduría, que luego de hacer estudios de teología ingresó en 1997 como estudiante al Departamento de Filosofía de la Universidad de Chile, lanto él como otras personas que han resuelto dejar este mundo, trazaron con tal redención un camino sin fronteras reales que no he dejado de recorrer.

La gran obra: vida y muerte de Mainländer

Philipp Batz nació el 5 de octubre de 1841. Se consideraba a sí mismo como hijo de una violación conyugal. Tanto su madre como su abuela habían sido forzadas a casarse por pactos entre terceros. A raíz de ello, la abuela se sumía con nostalgia en oscuras visiones y presentimientos interiores, quedando engolfada en pensamientos místicos y religiosos. Philipp recordaba que su madre tenía un temple melancólico, rayano en la locura, y confesaba que él había heredado de ambas mujeres su carácter. Tuvo seis hermanos, tres de los cuales se suicidaron.

Philipp recibió su formación escolar en Offenbach, su ciudad natal, situada a orillas del río Main. De ahí proviene su seudónimo Mainländer (región del Main). A los quince años abandonó la Realschule de Offcnbach e ingresó a una escuela de comercio en Drcsde, donde permaneció dos años. Su padre, Georg Wilhelm Batz, dueño de una fábrica de cueros, había previsto para él una carrera asociada al oficio de comerciante. Albergaba el anhelo de que su hijo fuese un científico de confianza que hiciera aportes en su rubro, como por ejemplo en el curtido de cueros, colores, tinturas, etc.

En aquel tiempo, existía cierta amistad entre el conocido escritor Gutzkow y la familia Batz. Fue por intermediación de aquel que el joven Philipp vivió en Dresde junto al Dr. Hcisig, un profesor que influyó en su formación intelectual. Además, el esplendor cultural de la época le permitió tomar clases en la ciudad -situada a orillas del Fába- de arte y estética, visitar los museos y asistir al teatro. Era el ambiente propicio para potenciar su talento como literato. El profesor Heisig intentó persuadir al padre para que concediese a su hijo seguir una carrera humanista.

Ese mismo año, 1858, Mainländer emigró a Italia a fin de concretar una práctica de comercio, país donde se acentuó su vocación intelectual. Aprendió italiano y leyó a Dante, Petrarca, Bocaccio y Leopardi en original. Mas, también en ese tiempo se sumió en largas depresiones. No sólo padeció un amor no correspondido, sino sobre todo la muerte de su hermano. En Messina, a unas pocas horas de donde él se encontraba, Daniel se había suicidado. Ocurrida la tragedia, recibió con sumo retraso dos cartas de su hermano fallecido. En la primera le rogaba que lo fuera a visitar a Sicilia, en la segunda le informaba que había decidido quitarse la vida después de haber colapsado en la espera. Un amargo resabio que sin duda acentuaría el anhelo de Mainländer de encontrar una liberación al tormento que le significaba la vida.

La intención de acelerar el curso de la suya incidió en su tendencia a cavilar persistentemente sobre la posibilidad de ser soldado para morir en el campo de batalla. La idea de perecer combatiendo no reflejaba tanto su patriotismo como su amor o pasión por la muerte, que era mucho más fuerte. Esto transmiten las historias que narra, quedando descrita la ley universal del sufrimiento en el destino de los personajes y la muerte como una redención de tal tormento. Escribió poemas de amor, dolor, anhelo de muerte y experiencias intensas con la naturaleza, remembranzas probables de Leopardi. Redactó la trilogía de un drama histórico: Die letzten Hohenstaufen. Los restos de su personaje principal, Federico II, descansan en Sicilia, donde se suicidó su hermano. Muchas historias y personajes los tomó de la vida real. El rasgo común que comparten es que ellos en general están dispuestos a morir, ya sea por sus amores, sus ideales, etc.

En 1863, Mainländer decidió volver a Alemania, presionado por cumplir la misión encomendada por sus padres: hacerse cargo de la fábrica de cueros. Para el poeta y filósofo esta labor significaba más un castigo que un premio. Entre 1864 y 1866 vivió en casa de ellos, tratando de conducir la firma de su padre del mejor modo posible. Llevó una vida bastante austera y de especial cuidado a su madre. Tenía un trato muy íntimo y cariñoso con ella, y únicamente abandonaba la casa para trabajar. En 1865, luego de un paseo a orillas del Rin, la encontró muerta. En lo afectivo, fue una pérdida irrecuperable, ya que su madre significaba todo para él. En la figura de Catharina Luise no sólo se plasmaba el amor a la madre, sino también a la mujer, la hija. Su muerte afectó enormemente tanto a él como al resto de la familia.

Mainländer sintió que el eje de su vida había cambiado y un nuevo rol comenzó a girar sobre sí. Debía hacerse cargo de su hermana Minna. Fue una época dura, los referentes emotivos y existenciales parecían haberse esfumado. Gutzkow, luego de una estadía en Weimar, concluyó que su vida no era valiosa y ese mismo año, tras una grave crisis psiquiátrica, intentó quitarse la vida.

Mainländer logró sobrellevar en parte la muerte de su madre, por un lado, sumiéndose en una apasionante vida intelectual. Por otro, contrastaba la aspiración de morir por algo valioso, con lo cual aceleraría en el fondo el tortuoso proceso que le provocaba vivir. De hecho, en 1866 expresó explícitamente el anhelo de sacrificarse por una Alemania unificada. Después de diversos intentos fallidos en los que no pudo irrumpir en el campo de batalla ni hacerse soldado, se consagró con mucho más ahínco a las letras, el teatro y luego plenamente a la filosofía.

Vivió cinco años en Offenbach como un verdadero ermitaño. El padre, en tanto, vendió su fábrica en el otoño de 1868, con lo cual Mainländer en un comienzo se sintió liberado de las obligaciones comerciales relativas a su familia. Sin embargo, luego de esta venta los negocios sucesivos terminaron en fracasos. Si bien el padre ya no podía mantenerlo, por intermediación de él consiguió entrar como corresponsal de un banco en Berlín, el año 1869. El sueldo que recibía al inicio le alcanzaba para vivir con extrema humildad. Su esperanza de entrar a la armada había nuevamente fracasado.

Luego del ajetreo cotidiano que le significaba el trabajo, Mainländer se apartaba del mundo para cultivar su erudición. En soledad se dedicó a estudiar antropología, historia natural, política, ciencias sociales, poesía alemana y, en particular, filosofía. Leyó críticamente a Heráclito, Platón, Aristóteles, Escotus, Locke, Berkeley, Hume, Hobbes, Helvetius, Herbart, Condillac, Fichte, Hegel y Schopenhauer. Sin embargo, fue esta última filosofía aquella que verdaderamente lo había cautivado desde mucho antes. Leía al padre del pesimismo como un devoto lee la Biblia e incluso confesó que en horas de entusiasmo llegó a prometerse solemnemente a sí mismo: “quiero ser tu Pablo”.

Debido al éxito de sus labores comerciales, Mainländer comenzó a recibir una serie de gratificaciones monetarias. Con ello, en él despertaría el deseo de convertirse en escritor independiente y consagrarse por completo a la filosofía y las letras, pero en un pueblo más pequeño, alejado del centro urbano. En 1870 quiso llevar a su hermana Minna a vivir consigo, puesto que el padre había tenido que vender la casa y la familia estaba disuclta. No obstante, estalló la guerra franco-alemana y la mudanza de su hermana no pudo concretarse. Entonces, una vez más renace su afán por luchar (de hacer algo por defender su patria) y, en definitiva, morir por un ideal. A causa de su edad, sabía que no podía presentarse voluntariamente.

Sin embargo, en julio de ese año ocurrió un vuelco decisivo en el conflicto bélico. A causa de la adversidad de la guerra y el número de bajas, se enteró por la prensa de la época de que extraordinariamente se aceptarían voluntarios, sin la habitual distinción restrictiva de edad. De inmediato Mainländer tomó clases de esgrima y en agosto de 1870 se incorporó como coracero al cuartel del regimiento de la guardia prusiana. Lo que fuera una infelicidad para los soldados, para Mainländer era un único objetivo: morir en el campo de batalla, tan sólo morir, pues la vida en términos generales no significaba algo distinto de esa lucha.

Sin embargo, no fue tan simple, pues un par de semanas después tuvo que abandonar el cuartel debido a un agudo trastorno nervioso. Mainländer lamentaría más tarde no haber estado en las batallas decisivas que se libraron después de su retirada. Ya como civil, retomó el plan de recoger a su hermana Minna y llevársela a Berlín. Pensaba que no se encontraba bien en Offenbach y que no podía desarrollar su talento como escritora allí donde estaba. Pero, al viajar el año 1871 en su búsqueda, encontró a su padre enfermo, por lo que decidió renunciar al año siguiente a su puesto y hacerse
cargo de él.

Fue en esa época cuando Mainländer tomó conciencia de la necesidad de ordenar el caos filosófico que había trazado en diversos escritos y el de aquellos otros que aún eran sólo pensamientos. Escribió en un estado de ensoñación el primer bosquejo de La filosofia de la redención. Luego de ocuparse intensamente con Kant y Schopenhauer, en tan sólo cuatro meses, redactó un segundo bosquejo de la obra. En el otoño de 1873, la concluyó provisoriamente. Continuó escribiendo, incluso bajo diversos estados febriles. A causa de tales ensoñaciones no se dio cuenta de que la Bolsa de Viena había quedado en bancarrota y a raíz de esto había perdido casi la totalidad de su dincro.H Al enterarse, comenzó a buscar trabajo y tras diversos intentos fue aceptado en un banco de Berlín.

Las penurias económicas lo hicieron retornar a Berlín, esta vez junto con su hermana, en vista de juntar el dinero suficiente para mantener al padre. No era su ideal. Tenía recuerdos muy tristes de su estadía allá; le agobiaba saber que entraría en una ruina de otro tipo, pero decidió finalmente aceptar el cargo que le habían ofrecido. Sintió la estancia en Berlín como un suplicio, parecido al que experimentó Schopenhauer durante su permanencia en la ciudad, cuando fracasó como docente y desde donde terminó huyendo del cólera, epidemia que acabó con la vida de Hegel. El tormento finalizaría para Mainländer al presentar al banco su renuncia, en marzo de 1874, finiquitando al mes siguiente su último día de trabajo.

Al poco tiempo, el filósofo fue llamado a Halberstadt para incorporarse como coracero en el regimiento de Magdeburgo; aceptó, aunque el rumbo que seguiría en los meses que le restaban de vida estuvo marcado por otra naturaleza de rigor. Escribió intensamente entre junio y septiembre. Se levantaba cada día a las iete de la mañana. Trabajaba hasta las diez y luego se daba un baño a orillas del Main. Decía que la corriente le ayudaba a escribir su obra, que lo liberaba, que le daba fortaleza. A mediodía comía aprisa un pan o algo improvisado y trabajaba sin descanso hasta las siete de la tarde. Como resultado de estas arduas jornadas, concluyó a fines de septiembre el primer tomo de La filosofia de la redención. En 1875 terminó el segundo tomo de la obra, año en el que sufrió un colapso espiritual. Sentía un profundo vacío y comenzó a cuestionarse cómo mezclar teoría con praxis. En su última carta, el autodidacta pide que su obra recién concluida sea remitida directamente a Minna, a Gutzkow y a otros dos profesores. El 31 de marzo de 1876 llegó desde Berlín a Offenbach la primera edición del primer tomo de La filosofia de la redención. Al día siguiente, en la noche del 1 de abril, Mainländer se ahorcó.

El supremo cumplimiento, que ha de atreverse a acometer el suicida, es la abdicación en pro de la nada, cuyo llegar a ser lo anula él mismo, anulándose a sí mismo como resultado de una avidez vital de la nada que se trasciende a sí misma.

Luego de su muerte, el padre del filósofo quedó sin apoyo alguno. Falleció en 1884. Minna herró por distintos lugares, vivió un tiempo en casa de Gutzkow y se hizo cargo de publicar el segundo tomo de la obra. Gumplida esta deuda se suicidó. Ninguno de los hermanos se casó ni tuvo hijos.

Die letzten Hohenstaufen, la trilogía de un drama histórico de Mainländer, apareció en una editorial de Leipzig el año 1876. La novela Rupertine del Fino fue publicada en 1899. Los breves fragmentos dramáticos en torno a Buda aparecieron en una revista religiosa el año 1917. Con la publicación de Meine Soldatengeschichte, los trabajos editoriales de la obra de Mainländer parecían llegar a su fin. Recién el año 1999 aparece su obra completa, editada por el tanatólogo y filósofo Winfried Müller-Seyfarth.

¿Será posible el suicidio de Dios?

Mainländer tiene una cosmovisión propia acerca del origen del universo. Dios, saturado de su propio superser, resuelve que la no existencia es mejor que la existencia. Conforme a ello, al igual que el Big Bang del comienzo-final de todos los tiempos, se suicida, ávido de no ser: “Esta unidad simple que ha sido, ya no existe más. Ella se ha fragmentado, transformándose su esencia absoluta en el universo de la multiplicidad. Dios ha muerto y su muerte fue la vida del universo”. A diferencia del anuncio de la muerte de Dios, cuya popularidad se suele atribuir a Nietzsche, no son los seres humanos quienes han matado a Dios, sino que es él mismo quien lo ha hecho. Los astros señalan, no obstante, que no se deshizo de inmediato en la nada, sino que surgió el universo de la multiplicidad, un mundo en lucha. La motivación de este acto sólo pudo ser resultado de una autorreflexión, pues nada podía existir junto a la unidad precósmica. Dios se encontraba, por así decirlo, en absoluta soledad y por consiguiente no podía ser motivado ni impedido por algo externo a ejecutar su única y gran obra. A este hecho se le atribuye su ser omnipotente, aunque en su generalidad no lo haya sido, puesto que su poder no podía ser autoaniquilado. Su omnipotencia, su poderío abarcaba todo el ser. Fuera de él, nada existía. En este sentido, su ser estaba limitado por nada. Este nihil constituyó su único obstáculo.

Mainländer resume sus teorías centrales acerca de la desintegración de la unidad en la multiplicidad, la transición del campo trascendente hacia el inmanente, la muerte de Dios y el origen del mundo, en siete resultados; el segundo atañe a este respecto: “Su esencia fue el obstáculo para la entrada inmediata en el no ser”. Su poderío en relación consigo no era omnipotente en cuanto no podía por sí mismo ser exterminado de inmediato y por completo. Este obstáculo radicaba en Dios.

Para la intuición de un sujeto cognoscente, no podía existir ningún ser más perfecto que el de una unidad simple en la trascendencia, por lo que tras la resolución divina no podría haber aspirado Dios en su suma perfección a un ser distinto y mejor. En definitiva, tenía sólo la posibilidad de ser o no ser, y la filosofía de Mainländer reflexiona sobre la prevalencia de su negativa, cuya consecución inmediata, si bien fue el único gran impedimento, dio, no obstante, origen a la vida, pues lo que hoy se distingue como medio y meta yacía unido en la trascendencia de un modo insoluble.

En un comienzo existe una vuelta repentina e inconcebible de perfección, sin tiempo ni espacio, que tiende hacia la nada. Increíblemente, esta es, en su descarga energética, lo que hoy la ciencia llamaría convencionalmente Big Bang. El curso irreversible de esta explosión originaria se extiende, a través de su fuerza omnipotente de creación, hasta el exterminio de toda su precedencia, la cual únicamente se encuentra aún presente existiendo, pero deviniendo hacia su extenuación.

Mainländer es consciente de sus límites: existió efectivamente una unidad simple, sin embargo, no es posible descifrar en modo alguno lo que fue. Sólo afirma que su ser fue saturado por su propio superser y que no se asemeja a ningún ser que podamos concebir, porque todo ser que se conoce es, por el contrario, un ser cuya manifestación es movimiento o devenir.

Si bien la muerte de Dios genera la vida, el curso vital no es distinto al proceso lento de desintegración divina. A través de la descomposición relativa al suicidio de Dios, Mainländer explica la multiplicidad y la igualdad esencial de las cosas por medio de la ley de causalidad. Como filósofo de la inmanencia, sondea el universo mediante su capacidad de conocimiento, la cual se basa en una unidad precósmica que se ha dividido en la multiplicidad y que ya no existe más.

¿Cómo se ha redimido el Dios trascendental por sí mismo? Como pensador consecuente de la inmanencia, responde aludiendo a principios inmanentes, a saber: voluntad y espíritu, los cuales no los utiliza como condiciones de conocimiento constitutivos para indagar en la resolución de la obra de una unidad precósmica, sino que estima la obra de la desintegración o transición mediante principios regulativos. De este modo, el suicidio de Dios o la transición despersonalizada de una unidad hacia la multiplicidad, es pensado como si se hubiese tratado de la decisión consciente de un acto de voluntad motivado. Mainländer aplica la libertad sólo al campo de la trascendencia, es decir, a Dios antes del universo. Voluntad y espíritu son adjudicados a una unidad precósmica en cuanto no podía existir ningún afuera y la motivación de la obra sabemos que sólo pudo ser resultado de una autorreflexión. Cometido el suicidio, todo en el universo forma parte de la resolución divina de abrazar el no ser. La tendencia ocurre consciente o inconscientemente con estricta necesidad. De lo contrario, no se podría alcanzar la meta, a saber: el nihil negativum. Precisamente para lograr su consumación, la suma total de fuerzas presentes en cada fragmento ha de estar madura para la muerte.

El hecho es que la autoconsciencia posibilita negar la perpetuación y tender hacia la autoan¡quitación, para consumar finalmente el gran ciclo de la redención del ser. La filosofía mainländeriana se origina en un nuevo saber, que no reconoce estar fundamentado en una fe, pero que descansa en una confianza y elogio divino a la muerte.

El universo no surgió por un deseo de creación divina, sino que fue el resultado de un agotamiento de voluntad divina. La descomposición de Dios, a saber: la desintegración de una unidad precósmica denominada Dios, que tiende hacia la multiplicidad inmanente llamada humanidad, no es infinita. El tránsito del ser a la nada finaliza, por consiguiente, en el no ser y nuestra vida sólo es consecuencia o secuela de un Dios que resolvió suicidarse.

BAQUEDANO JER, Sandra, Estudio preliminar, in La filosofía de la redención. Trad. de Sandra Baquedano Jer. Chile: FEC, 2011.

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