Contra la Imagen – E.M. CIORAN

I. El espíritu que se orienta hacia la desnudez rechaza las semejanzas que le recuerdan este mundo del que quiere separarse. Solo siente exasperación ante lo que existe o parece existir. Mientras más se aleje de las apariencias, menos necesitará de signos que las realcen o de simulacros que las denuncien, unos y otros igualmente funestos para la búsqueda de lo importante, de lo que se oculta, de ese fondo último que exige, para ser aprehendido, la ruina de toda imagen, espiritual inclusive.

II. Privilegio maldito del hombre exterior, la imagen, por más pura que sea, conserva una pizca de materialidad, apenas una rugosidad, y, puesto que remite necesariamente al mundo, lleva consigo un elemento de incertidumbre y de perturbación. Sólo mediante una victoria sobre ella podremos encaminarnos hacia el ser desnudo, hacia esa seguridad sin amarras que lleva por nombre liberación. Liberarse en verdad significa despojar la imagen, desprenderse de todos los símbolos del aquí abajo.

III. Nos liberamos de la imagen si, en un movimiento semejante, nos liberamos de la palabra. Todo vocablo equivale a una mancha, todo vocablo es un atentado a la pureza. «Ninguna palabra puede esperar otra cosa fuera de su propia derrota», proclama Gregorio Palamas en su Defensa de los santos quietistas. Sólo merced al silencio se accede a ese fondo de más allá de las apariencias, ese silencio del que Séraphin Sarov dice hacia al hombre semejante a los ángeles.
Algo digno de tomarse en cuenta: no hay silencio frívolo, silencio superficial. Todo silencio es esencial. Cuando se le saborea, se conoce automáticamente una forma de supremacía, una soberanidad extraña. Es posible que lo que se designa por interioridad, no sea más que una espera muda. De la misma manera, no hay «vida verdadera», vida espiritual a secas, que no implique la muerte de la imagen y de la palabra, la destrucción, en lo más íntimo del ser, de este mundo y de todos los mundos. La experiencia mística se confunde, en su límite, con la beatitud de un supremo rechazo.

IV. Perseguir, buscar la imagen, es demostrar que nos hemos quedado más acá del absoluto, y que no estamos capacitados para la visión pura. Y es comprensible, pues no se trata de una visión sin objeto, sino de una visión que está más allá de todo objeto. Se podría decir incluso que lo que ella nos permite ver es la ausencia sin límites de todo lo que puede ser visto, la desnudez tal cual, la vacancia como plenitud, o, mejor aún, ese «abismo de la superesencia», celebrado por Ruysbroek.

V. De todos aquellos que buscan, sólo el místico ha encontrado, pero, en pago de un favor tan excepcional, jamás podrá decir qué encontró, a pesar de tener la seguridad que únicamente el saber intransmisible confiere (el verdadero saber, en suma). El camino por el cual nos invitará a seguirlo, desemboca en una vacuidad sin precedente, pero —y ahí radica lo maravilloso—, una vacuidad que colma, pues reemplaza a todos los universos abolidos. De lo que aquí se trata es de una empresa, la más radical que se haya intentado, para anclarse en algo más puro que el ser o la ausencia de ser, en algo superior a todo, al absoluto mismo.

VI. El saber que se nutre en las apariencias, es un falso saber, o, si se prefiere, un no-saber. Para el místico, el conocimiento, en el sentido último de la palabra, se concreta a una ignorancia iluminada, una ignorancia «transluminosa». «Aquellos que viven en la frecuentación de esta ignorancia y de la luz divina, perciben por si mismos algo como una soledad devastada», dice Ruysbroek. Partiendo de esta soledad, se comprenderá fácilmente la necesidad, la urgencia del desierto, espacio propicio para la fuga hacia la ausencia de imágenes, hacia un despojo inusitado, hacia la unidad desnuda, más bien hacia la Deidad que hacia Dios. «La Deidad y Dios», afirma Meister Eckhart, «son tan distintos como el cielo y la tierra. El cielo está a miles de leguas más arriba. Así la Deidad en relación a Dios. Dios deviene y pasa».
Atenerse todavía a Dios es, según lo anotó un comentarista, permanecer «en el umbral de la eternidad», es no penetrar en ella, pues la eternidad sólo se alcanza elevándonos a la Deidad. Inspirándonos en esa misma «soledad devastada», ¿cómo no evocar esa «oratio ignita», esa «plegaria de fuego» de la cual, según un Padre de los primeros siglos, únicamente somos capaces cuando estamos tan impregnados de una luz de arriba, que ya es imponible emplear el lenguaje humano?

CIORAN, E.M., “Contra la imagen”, in Contra la historia. Trad. de Esther Seligson. Barcelona: Tusquets (serie Los Heterodoxos) , 1980, p. 151-154.

Agradecimientos a Leobardo Villegas Mariscal por compartir el texto.

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