“La filosofía como desfascinación” – Gustavo ROMERO

Espacio Murena, Buenos Aires, 13/05/2018

Gustavo Romero nos hace ingresar en el mundo de la filosofía de Emil Cioran: el escepticismo, la lucidez, el insomnio como persistencias de un pensamiento.

21, Rue de l’Odéon, París, en el sexto y último piso de un blanco edificio austero, vivió desde 1960, junto a su pareja Simone Boué, Emil Cioran. En las reseñas de sus libros, los medios culturales le dieron cierta fama titulando con adjetivaciones pomposas: “Un pensador crepuscular” (Combat, 1949); “Un ferviente cínico” (Le monde, 1964); “Demasiado brillante para estar desesperado” (L’express, 1974); “Caballero del mal humor” (La Repubblica, 1982); “El médico Cioran: nihilista, descreído, desesperado, cáustico” (L’express, 1986); “Aristócrata de la duda” (L’express, 1988). Sus vecinos preferían llamarlo: le sage de la mansarde, el sabio de la buhardilla.

Las adjetivaciones que componen las etiquetas sirven, por lo general, para diseñar cierta caricatura. Pero una lectura atenta de la obra de nuestro filósofo, que escape a las fórmulas adjetivales, nos revela su potencia y su importancia para el pensamiento contemporáneo en este desconcertante siglo XXI.

Las conmociones interiores y el tránsito a la lucidez

Nacido en 1911 en Răşinari, Rumanía, Cioran había llegado a Paris en 1937, becado por el Instituto Francés de Bucarest para hacer una tesis de Doctorado sobre Bergson. Siempre instalado en el Barrio Latino, en distintos hoteles, cambió de patria: no sólo la del territorio estatal, sino la de la lengua: abandonó el rumano, idioma en el que había escrito sus primeros seis libros, y comenzó a escribir en francés a partir de 1946, durante casi cincuenta años, hasta su muerte en 1995.

Estudioso y joven admirador apasionado de Nietzsche y de Simmel, sostuvo que el problema filosófico por excelencia era el carácter trágico de la vida, su “dinamismo diabólico” no dialéctico: fuerzas que constituyen formas y fuerzas que las desintegran. La cultura, en sentido amplio, es entendida como un conjunto de formas políticas, económicas, sociales, jurídicas, artísticas, religiosas, lógicas, que originariamente surgen de impulsos vitales. Hay un “fondo vital” que constituye un orden por medio de las formas, orden que caracteriza a la denominada “cultura objetiva”. Y en el dinamismo de las fuerzas vitales, estas formas son modificadas, desplazadas, desintegradas, reemplazadas por otras.

Pero el vitalismo de Cioran reposa sobre un mortalismo. La muerte no es una instancia externa o acontecimiento que adviene para terminar con el individuo, ni la agonía es el período final de una vida que lucha por permanecer. La muerte es un principio inmanente a la vida misma, atraviesa la existencia en todo su despliegue. La vida es agonía.

Por medio de experiencias límites, o de conmociones interiores, o del padecimiento de una enfermedad, el fluir cotidiano de la vida se transforma, el tiempo presente se impone y nos absorbe, tomamos contacto con la realidad del cuerpo, con su dolor, y nos volvemos lúcidos ante la muerte, que se desarrolla en nosotros día a día. La intensidad de la experiencia del dolor puede llevarnos a la desesperación.

Habitar las cimas de la desesperación nos hace perder el encanto y la seducción de la vida cotidiana y sus transacciones rutinarias. Lo que antes nos parecía normal ahora nos resulta banal. Las pequeñas luchas nos parecen insignificantes con respecto a la evidencia de la negatividad que nos atraviesa, la inmanencia de la muerte. Ningún disgusto diario está a la altura de nuestro gran dolor. Tomamos cierta distancia del mundo. El dolor nos singulariza. Cada individuo desesperado tiene su propio dolor, inconmensurable. Pensar sobre el dolor que experimentamos, y conceptualizarlo, es parte de la actitud que nos impulsa a filosofar.

También están las simas, no ya las alturas sino las profundidades, las del descenso a los infiernos, la experiencia de una tensión que puede llevarnos a resoluciones sin retorno. Y allí nos encuentra la escritura (¿un regalo del diablo?) como un modo de objetivar la tensión, y lograr alivio: “la creación es una preservación temporal de las garras de la muerte”.

El insomnio fue en la vida de nuestro filósofo un auténtico drama de la conciencia y de la vida. Dormir es la operación de una discontinuidad, la separación entre un ayer y un mañana, la posibilidad de un proyecto, de un olvido para un nuevo comienzo. Pero el insomne permanece, continúa, no hay mañana sino una cansada memoria, un agotamiento; las luces del alba son amenazantes. Si dormir es un modo de olvidar, el insomne no olvida, es una suerte de Funes, el personaje de Borges, cuento al que el escritor argentino describe como una “larga metáfora del insomnio”.

El insomnio es en la obra de Cioran, además de una experiencia vital auténtica, una figura conceptual de conmoción interior, de dolor, que lo acerca a la lucidez, a vislumbrar la inmanencia de la muerte, pero también a sentir la decadencia humana.

La lucidez escéptica

En el apartado anterior hablamos de “volvernos lúcidos”. La lucidez es un estado de desengaño, de desfascinación. Pero es un estado provisorio, frágil, asediado por las creencias, las ideologías y las “farsas sangrientas” que nos arrastran en cualquier momento de distracción. Al ser de condición frágil, la lucidez requiere de constantes ejercicios que la sostengan, de una actitud: el escepticismo de Cioran es un conjunto de ejercicios de descomposición de los sistemas, de desarticulaciones, de encontrar la fisura en aquello que pretende imponerse y dominar en nombre del Todo y de la Verdad.

Précis de décomposition (1949) es el título de su primer libro en francés, traducido por Fernando Savater como Breviario de podredumbre. El término francés décomposition alude a descomponer, analizar, desmontar los mecanismos de una máquina que aspira a ser el Todo; diferenciar, mostrar los artificios, los trucos, las operaciones. Es un ejercicio de desengaño. Y no se trata sólo de ver desde dentro este teatro artificial de las ficciones de la vida, el orden social y los sistemas de pensamiento, sino también de oler la podredumbre que emana de la decadencia de este “animal charlatán” que es el ser humano; animal que transforma sus ideas en creencias impulsoras de fanatismos, estableciendo la línea divisoria entre fieles y cismáticos con sus respectivos patíbulos, calabozos y mazmorras; suplicios que prosperan a la sombra de la fe, como resultado del Terror. La “genealogía del fanatismo” nos muestra el rostro repugnante del hombre.

El filósofo escéptico describe de qué manera el fanático transforma una idea neutra en una consigna llena de furia y de sangre: “las épocas de fervor sobresalen en hazañas sanguinarias”. Por eso Cioran dice sentirse mejor acompañado por Pirrón, por su facultad de indiferencia, por la suspensión en el acto de juzgar; por Hamlet, por su espíritu dubitativo; por los sofistas, por aceptar la intercambiabilidad de las ideas, y por Diógenes el cínico, por su carácter subversivo ante las convenciones sociales y las hipocresías morales, por su franqueza y su rebeldía ante el poderoso Alejandro Magno… [+]

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