“Cómo se fabrica un nazi” – Tomás Abraham

PERFIL, Argentina, 16 de mayo 2021

Tomás Abraham se pregunta en su último libro por qué vino de Rumania (y aun así se considera argentino), por qué sus padres se salvaron del genocidio de 350 mil judíos rumanos y por qué en su ciudad natal las sinagogas, sin daños aparentes, están cerradas con candados.

Vacía. La sinagoga de Sighisoara, intacta en su interior. Solo faltan los judíos, exterminados. Una circunstancia que produjo un impacto emocional en el autor.

1- Quise saber por qué 

Mi libro se llama La matanza negada. Autobiografía de mis padres. Pensé en otro título, Sinagogas con candado, pero la editorial lo rechazó, por suerte. Me dejé llevar por mis sentimientos y perdí la noción del fondo de la cuestión.

Es cierto que todo este viaje que me llevó a mi ciudad natal se convirtió en una inquietud filosófica cuando vi que las sinagogas de Timisoara, y la sinagoga de Sighisoara, en donde nació mi padre, tenían candados. Fue un golpe emocional, no por el hecho de que estuvieran cerradas con un candado, sino por la impresión que me produjo cuando pude abrir el cerrojo e ingresar.

Si los recintos religiosos hubieran estado destruidos, a medias demolidos, refaccionados o reconstruidos por fundaciones benefactoras, el efecto seguramente hubiera sido distinto. El impacto que me produjo se debió a que estaban inalteradas e impecables, como lo estuvieron hace décadas, cuando había judíos. El altar, los bancos, las paredes, los pasillos, hasta las maravillosas palmeras que vi dibujadas en el templo del pequeño pueblo de Sighisoara, esperaban en vano a los feligreses.

Lo importante, finalmente, no era que tuvieran candado sino que a los judíos los asesinaron, y por eso estaban cerradas.

Trescientos cincuenta mil judíos fueron matados en tierras rumanas, resultado de una combinación programada entre alemanes, húngaros y rumanos. Por eso fue una buena idea la de transitar del candado al genocidio.

¿Crimen negado? Basta con estar atento a las políticas de los países de Europa central para confirmarlo. Húngaros y rumanos dicen que la culpa la tienen los alemanes, como si se hubieran encargado solos de la matanza. Son países cuyos gobiernos hacen de la victimización el núcleo de su política interior.

Así como dicen que el nazismo fue importado, sostienen que el comunismo también fue una imposición soviética. La farsa continua. En mis viajes a Budapest y Timisoara corroboré la incomodidad que producía que me presentara como judío, y no como argentino, ni como rumano.

Porque soy judío, es obvio, no me llamo Abraham porque un ángel inspirado recordó al profeta, pero mi judaísmo ya no es el mismo que me legaron mis padres. Nada tienen que ver la circuncisión ni el barmitzvah, este judaísmo que tengo hoy es porque “volví”.

Mi identidad se basa en dos verbos, no se sustantiviza. Soy argentino porque “vine”, y soy judío porque “volví”. Mi libro pretende dar cuenta de por qué vine con mis padres a la Argentina y por qué mi judaísmo es diferente al volver a mi tierra natal. También quise saber por qué mis padres se salvaron de la matanza y por qué el resto de la familia Abraham desapareció de su pueblo de origen. 

Tampoco fue un detalle menor saber quién fue el padre de mi padre, mi abuelo Lázaro, cuya tumba descubrí en un cementerio abandonado de Transilvania al que llevé a mi padre para que conociera al suyo, del que no recordaba nada, ni su cara ni su vida.

En esto consiste una parte de mi libro, la otra tiene un propósito distinto, se trata del hecho político e histórico del genocidio. Lo convierto en una pregunta: ¿cómo se fabrica un nazi? Porque los nazis no nacen nazis, a pesar de que el eximio sociólogo rumano radicado en Francia, Serge Moscovici, dice que el antisemitismo se trasmite de padres a hijos. Hombre inteligente, no ignora que en una civilización que durante dos mil años acusó a un pueblo de haber asesinado a su máxima figura divina, a su dios, no iba a cejar hasta hacerlo desaparecer. Fue un proceso gradual.

Me dediqué a estudiar la historia del antisemitismo rumano que al decir de historiadores era una pasión política, mucho más que un prejuicio. La identidad nacional rumana fue convertida después de la Primera Guerra Mundial en una cuestión étnica. 

El antisemitismo moderno nace con el judío asintomático, enseño Arendt

Rumania en 1919 duplicó su territorio y su población, y triplicó su población judía. Fue un regalo de los vencedores de la contienda. Los judíos conformaban el cuatro por ciento de la población, pero su impronta era mucho más importante en las ciudades, en especial en las recién incorporadas de las zonas orientales provenientes de Rusia. 

Para fabricar un nazi, me refiero a alguien que desde una base de sustentación tradicional de antisemitismo se convierte en un agente criminal, se necesita una gran inversión cultural. Se requiere ingentes y continuas dosis de energías sociales distribuidas en aparatos educacionales y en actores culturales.

El antisemitismo moderno nace, como bien lo elaboró Hannah Arendt, con el judío asintomático. Desde el momento en que se decretaron leyes emancipatorias en el siglo XIX que le permitieron a la población judía acceder a funciones sociales que antes se le negaban, muchos judíos adoptaron las costumbres de la sociedad laica. Se hicieron irreconocibles. Sin patillas, ni barbas, sin los trajes negros, las mujeres ya no enfundadas en lanas y ropajes que las ocultaban, sin sus rituales que lo diferenciaban y lo hacían bien visible, por lo tanto fácilmente segregable, el judío se convierte en un ser advenedizo, invisible y contaminante, como un virus. 

Fue necesario reforzar la vigilancia y disponer de saberes apropiados para descubrir al judío disimulado en numerosos disfraces. Abundan los registros eruditos empleados para desenmascarar al judío, de Lombroso a Pasteur, de Gobineau a Drummond.  

2 – Emil Cioran y Mircea Eliade

En la entreguerra en Rumania emerge una generación particularmente brillante de intelectuales jóvenes, la generación del 27, cuyo jefe ideológico fue Mircea Eliade, bajo la guía de un maestro de juventudes llamado Nae Ionescu, que nada tiene que ver con otro protagonista cultural de la época, el conocido Eugène Ionesco. 

En los años 30 del siglo pasado, esta generación adherirá con todo fervor al grupo político militar La Guardia de Hierro, cuyo líder carismático fue Corneliu Zelea Codreanu. El programa del movimiento era muy simple: terminar con la corrupción política, una reforma agraria y la exterminación de los judíos.

Tanto Mircea Eliade como Emil Cioran fueron activos ideólogos de La Guardia y de su otro nombre: La Legión de San Miguel Arcángel, fundada en 1927. 

La negación de lo perpetrado durante el Holocausto rumano no fue materia exclusiva de la historia oficial difundida por sucesivos gobiernos y de amplios sectores de la corporación cultural rumana, sino de estos intelectuales que, una vez derrotada La Guardia por el nazifascismo más moderado que demoraba lo que aquellos militantes exigían, me refiero a la “solución final”, decidieron emigrar.

Y tanto en el caso de Eliade como en el de Cioran, ocultaron aquel pasado, reconvirtieron su identidad, hasta cambiaron de idioma, y se erigieron en autoridades culturales de prestigio. Son dos ejemplos, entre otros, que despertaron en mí diversas reacciones.

La diferencia entre Eliade y Cioran no es menor. El primero fue funcionario del nazifascismo, tanto en Londres como en Lisboa, y mintió descaradamente sobre su participación en la entreguerra y durante la guerra, mientras ejercía su cátedra de Historia de las Rreligiones en la Universidad de Chicago.

Cioran, al menos para mí, es mucho más interesante. No odiaba a los judíos, los envidiaba, lo que es un sentimiento no desprovisto de cierto tipo de amor. Finalmente, este tipo de admiración era una ofrenda no desdeñable comparada con el desprecio que le merecían los rumanos, los húngaros, el género humano, su propia persona, los franceses y la vida en general.

La obra de Eliade no es de mi particular interés desde que me desprendí de todas las visiones holísticas del cosmos y no busco una totalidad maternal. Creo que desde Hume los aficionados a la filosofía podemos sobrevivir a la disolución de la idea de sustancia y a no espantarnos ante el infinito. Acepto mi ignorancia con alegría porque la vida se compone de un caos de variaciones continuas, fragmentos multicolores, argumentos indecidibles, adyacencias incomensurables y metamorfosis asombrosas, que me deja indiferentes la búsqueda del aleph y sus derivaciones armónicas.

Mucho más interesante es Cioran, y lo es porque, lejos de ser una unidad, es una fracción. Hay dos Cioran, el rumano y el francés. El oculto, el rumano, es de una vitalidad exuberante. Un insomne maníaco que su libro La transfiguración de Rumania, de 1936, fuera de circulación más de medio siglo, autorizado en 1990 por el autor si se eliminaba el capítulo cuatro referido a los judíos, es, desde mi punto de vista, uno de los mejores análisis de la entreguerra de un joven filósofo de los Balcanes.

Una vez rescatado en una edición francesa aquel capítulo censurado, se percibe que su repudio a los judíos es tan hiperbólico que parece hasta ingenuo. Una especie de Céline rumano pero sin la maldad ni el resentimiento del francés. En lo que concierne a estas cuestiones, uno de los escritores más grandes de nuestra contemporaneidad, me refiero al Premio Nobel, el judío húngaro Imre Kertész, dijo lo esencial: después de Auschwitz, todas las muestras de antisemitismo son expresiones de gente muy estúpida. 

Alguien como él, que es un sobreviviente de un campo de exterminio como el de Buchenwald, al que se lo envió a los 14 años, me permite descansar en una autoridad inapelable y no escandalizarme ante cada una de las morisquetas racistas que siempre existirán.  

El Cioran rumano se inspira en el filósofo más leído de la primera posguerra, Oswald Spengler, se hace eco de la mentada decadencia de Occidente y del peligro que se cierne sobre la raza blanca, una amenaza que la adapta a los sinsabores que le depara la realidad rumana.

Pero más allá de su contenido, en el que analiza con agudeza los falsos remedios que el fascismo rumano propone para su país, resalta la vivacidad de su estilo panfletario, pariente del mejor Nietzsche y del joven Marx. 

Admira a Lenin y a Hitler, es un nazi de izquierda, calificación más precisa en su caso que comunista de derecha, para quien no hay posibilidad de una nueva sociedad sin un cambio social radical, una justa distribución de la riqueza sin la cual la indispensable eliminación de los judíos es inútil.

El repudio a los judíos de Cioran era tan hiperbólico que parece ingenuo

El Cioran francés es el famoso, el admirado por miles de lectores, el que vendió un millón de  ejemplares en la Rumania poscomunista, publicado por La Pleiade, el panteón de los escritores, el ícono de exportación que las agregadurías culturales y los institutos rumanos en las grandes ciudades presentan con orgullo en coloquios, simposios y congresos. 

En mi libro describo uno de esos encuentros en la ciudad de Lisboa en 2019, y replico mi poco bienvenida disertación. El coloquio realizado con el auspicio de autoridades de universidades rumanas, y por mi amigo Ciprian Valcan, tenía por tema la torpe asociación entre Cioran y Pessoa.

Yo mismo organicé un exitoso encuentro en la Biblioteca Nacional sobre Cioran, con invitados rumanos, brasileños, colombianos, argentinos, en el que no hablé, por respeto de mis invitados y por mi amistad con Ciprian Valcan, este querido amigo de Timisoara, el cioranista más importante del mundo académico. Tanto admira a Cioran, que escribe aforismos.

Vuelvo al Cioran francés, el que perdió toda vitalidad, que ha dejado de odiar, el depresivo, el nihilista, el amargo, el tautológico, el obvio, rumiante, aburrido, el de los lugares comunes del pesimismo bien temperado. En mi libro doy cuenta del interés que despiertan los virajes de mis lecturas, de mi batalla frontal contra Cioran al rescate de al menos uno de ellos, el polizón rumano, en desmedro del turista afrancesado… [+]

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