El inconveniente de nacer. Un diálogo de E. Cioran con los poetas: Charles Baudelaire y S. Mallarmé – Francia Elena Goenaga

Homenaje a M .Liliana Herrera Alzate (1960-2019)

“En el Eclesiastés, la existencia aparece como una extremada sinrazón que sólo el corazón gozoso atina a comprender por la vía del amor desinteresado. Al fondo de toda la maquinaria astral se vislumbra el amor a los seres y a las cosas como única y última solución”.

Antonio Colinas. Tres tratados de armonía (Tusquets, 2010).

Francia Elena Goenaga Olivares – Universidad de los Andes

Me permito en esta reflexión tomar algunos conceptos de la fenomenología y los presocráticos para entablar un diálogo con Cioran y dos poetas simbolistas: Baudelaire y Mallarmé; igualmente me apoyaré en unas reflexiones del poeta contemporáneo español, Antonio Colinas, del Eclesiatés y de la filósofa Liliana Herrera. La frontera entre el nacer y no-nacer propone varias posibilidades: partir de una materia indeterminada que alcanzará la forma de acuerdo con la intencionionalidad del creador (presocráticos, Mallarmé); partir del no-tiempo del vientre materno y, finalmente, partir del momento mismo del nacimiento (fenomenología, Baudelaire y Cioran). Sugiero hipotéticamente, que en el último caso hay una relación estrecha con la enfermedad y/o la fatalidad, si pensamos en la melancolía como ese estado de alteración de la conciencia y del cuerpo,que inclina al hombre hacia el abismo.

I

¿Por qué comenzar con el epígrafe sobre el Eclesiastés para hablar del inconveniente de nacer? Tal vez porque otros títulos de Cioran aluden a este ciclo de podredumbre y florecimiento, en donde el filósofo rumano pone énfasis en la sombra humana. Cierto, este texto bíblico apuesta por la alegría sencilla, pero no deja de registrar en sus páginas el mismo absurdo de la existencia que Cioran registra en las suyas: todo es “Vanidad de vanidades”(12,8), el hombre al envejecer se acerca a la muerte y las “plañideras andan en torno de la plaza”(12, 5); “antes que se rompa el cordón de plata, y se quiebre la ampolla de oro, y se haga pedazos el cántaro junto a la fuente, y se rompa la polea del pozo, y se torne el polvo a la tierra que antes era, y retorne a Dios el espíritu que El le dio”(12, 6-s.). En Cioran, el hombre, hecho carne, cae en el tiempo, y su cuerpo tiene el olor de un cadáver desde su nacimiento (Breviario de podredumbre). ¿Pero, cuál es nuestro estado antes de nacer? ¿A qué nada hacemos alusión? ¿Es la misma Nada la anterior al nacimiento y aquella posterior a la muerte? Dios es para san Juan la absoluta nada, o el vacío para el Maestro Eckhart, o para el monje anónimo inglés del siglo XIV; en general, para los místicos. A qué Nada, a qué vacío, hacemos alusión, si “Todo es. Nada es…”(1990, 14).

Antes de nacer

Hablo aquí del nacimiento de una manera amplia, pues es tanto el nacimiento de un ser humano como el nacimiento de una obra; por lo tanto, aludo tanto a los fragmentos de Cioran como a la obra poética de Mallarmé (1842-1898) y, posteriormente, de Baudelaire (1821-1867).

La obra de arte para Mallarmé está en su indeterminación, es materia que no ha sufrido aún la acción de la intencionalidad. Que es materia rica en posibilidades, no manipulada, en reposo. Incluso la música, en su ensayo sobre Wagner, Mallarmé la define como la ausencia de música (no hay movimiento). Lo que sigue después es una fatídica jugada, un azar que rompe la intencionalidad y, por lo tanto, la obra como el pensamiento naufragan, porque dan inicio a la existencia de una forma (una pluma suspendida de lo siniestro), como sucede en un Golpe de dados, el movimiento comienza y con él la Historia, el tiempo, el deterioro, la obra (el poema en prosa es un ejercicio hecho por el filósofo español Juan David García Bacca)[1]:

“UNA JUGADA DE DADOS JAMÁS –aún hecha en circunstancias eternas, desde el fondo de un naufragio … ABOLIRÁ –como sí una simple insinuación al silencio, … EL AZAR –cae la pluma, suspensión rítmica de lo siniestro, a sepultarse en las espumas originales, …”.

Que la alegoría sea la de profundidad, lejanía, infinito, a través del mar, la espuma; opuestos al cielo y al aire, porque “como es abajo es arriba” (principio alquímico), nos devuelve a la pregunta sobre la nada que antecede a toda forma, o al vacío en un lenguaje taoísta. El arte para Mallarmé está en el gesto, en la potencia, en lo que no ha-sido.

En cioran pareciera caber la posibilidad de algo anterior a ese “ser encarnado”, un tiempo mítico anterior al tiempo, en donde, tal vez, habríamos podido,  en un sentido Heideggeriano, elegir no-ser; permanecer en la inocencia, no salir de la dorada edad. Aunque para Cioran lo uno y lo otro tienen una misma intensidad que la paradoja no disuelve:

Ninguna diferencia entre el ser y el no-ser, si uno los aprehende con igual intensidad (17).

Valga aquí la observación del presocrático Meliso de Samos, para quien el ser no puede surgir de lo que no-es. De la misma manera que lo que está lleno no está vacío y viceversa. Cioran parece seguir esta línea cuando afirma que Dios es, aunque no lo sea: “Dios es, incluso si no es”(141). El argumento del absurdo de la existencia es una contradicción.

Sin embargo, el énfasis está puesto en ese momento del nacimiento.  Mallarmé se sitúa en una especie de no-lugar, o en la alegoría de un lugar (como es su costumbre, inclusive con mobiliario –como en Igitur–, otorgando a los objetos vida) antes de la lanzada de los dados, en un vacío de libertad artística. Colinas, al contrario, sitúa este principio de libertad en el seno materno, e inclusive define el suicidio como el deseo de libertad de volver a él:

El suicidio, …, es el más urgente y desesperado método para  llegar al útero materno, es decir, para matar voluntariamente la conciencia. Quien no sube a la superficie, quien no regresa de la inmersión marina, halla –¿la halla?– la paz primera, anula la tensión entre pensamiento y sentimiento, pero deja de ser. ¿El suicida es el hombre más radicalmente niño?

Cioran dará un grito de libertad: No haber nacido, de sólo pensarlo, ¡qué felicidad, qué libertad, qué espacio! (18). Pero ese no haber nacido, no está situado: ¿no haber nacido y quedarse en el vientre materno?, ¿permanecer en lo indeterminado? ¿Elegir no-ser? ¿Cómo surgir de la Nada?

La conciencia, entonces, necesita del concepto de cuerpo para existir, como lo dice Liliana Herrera en su ensayo sobre el cuerpo y la enfermedad en la obra de Cioran, no existe un “yo” sin cuerpo, y un cuerpo que percibe su realidad como deterioro. Liliana hace alusión a Merleau-Ponty, yo quisiera recordar a Henri Bergson, pues la existencia de ese cuerpo que es uno con su subjetividad no es ajeno con el cuerpo que se reconoce en el movimiento de vaivén de su materialidad, dice así Bergon en Materia y memoria:

“Pourtant  il en est une [image] qui tranche sur toutes les autres en ce que je ne la connais pas seulement du dehors par des perceptions, mais aussi du dedans par des affections: c’est mon corps (2012 [1896], 57)”.

“No obstante, hay un imagen que se distingue de las otras en que no la conozco solamente desde afuera, por las percepciones, sino también desde adentro, por  afecciones: es mi cuerpo”[2012, p. 57. Trad. propia].

No es posible, dice Herrera, comprender el drama del espíritu por fuera de las vicisitudes del cuerpo (2009, 218). No son pocas las consideraciones de Cioran respecto a la tragedia, al drama de la existencia humana; Mallarmé lo considera un drama, tanto que escenifica la entrada del pensamiento, el impulso primero de toda obra. En Cioran, el pensamiento surge de la incomodidad del cuerpo, son las lecturas que el cuerpo hace de sus sensaciones lo que dan origen a la idea: “el cuerpo cumple otro papel fundamental en Cioran: el ser origen de su pensamiento y escritura” (236).

La única, la verdadera mala suerte: nacer, se remonta a la agresividad, al principio de expresión y de rabia aposentado en los orígenes, en el impulso hacia lo peor (1990,12).

El impulso, podemos agregar,hacia el naufragio poético moderno, a la disolución del yo en la sensación del agua primigenia, o al movimiento pendular del perplejo entre Todo y Nada:

Todo es; Nada es. Una y otra fórmula aportan igual serenidad. El ansioso, para su desgracia, se queda entre los dos, tembloroso y perplejo, siempre a merced de un matiz, incapaz de establecerse en la seguridad del ser o de la ausencia de ser (12).

Lo siniestro que aparece en Mallarmé unido al azar, también surge en Cioran como un estado de ánimo particular, en el Incoveniente (12) dice:

En la costa normanda, a hora tan temprana, no necesitaba a nadie. La presencia de las gaviotas me molestaba y las espanté a pedradas. En sus chillidos de estridencias sobrenaturales, comprendí que era eso precisamente lo que necesitaba, que sólo lo siniestro podrá apaciguarme, y que para hallarlo me había levantado tan de mañana.

Y, finalmente, ese lugar indeterminado anterior al nacimiento, al surgimiento de la forma es un mito por el cual el artista siente nostalgia, un paraíso perdido, ante cuyo recuerdo surge la melancolía, siempre unida a la reflexión sobre el tiempo, ¿puede otro que no sea el melancólico tener la plena lucidez del inconveniente de nacer?, o el recuerdo de ese “tiempo anterior al tiempo”:

Hubo un tiempo en que el tiempo no existía … El rechazo del nacimiento no es otra cosa que la nostalgia de ese tiempo anterior al tiempo (18).

Nacer

En Los paraísos artificiales. Opio y hachish (1860), Charles Baudelaire, como él mismo explica en el exordio, agrega notas al libro del romántico inglés Thomas de Quincey Confessions of an English Opium-Eater (London Magazine, 1821) y Suspira de profundis (1845). Uno de esos fragmentos agregados es el primer párrafo de la octava parte, titulada “Visions d’Oxford”, en donde habla Baudelaire habla del cerebro como un palimpsesto que consiste en capas de memoria y olvido (el olvido es una de esas capas de la memoria), y dice así:

Qu’est-ce que le cerveau humain, sino un palimpseste immense et natural? Mon cerveau est un palimpseste et le votre aussi, lecteur.

¿Qué es el cerebro humano, sino un palimpsesto inmenso y natural? Mi cerebro es un palimpsesto y el vuestro también, lector.

El énfasis no está puesto en la conciencia, sino en la memoria, en la suma de imágenes que se sobreponen unas a otras y algunas surgen en momentos dramáticos de la existencia que creíamos en el olvido. Hay una gran memoria que puede ser el nombre de Dios, o al menos cumple en parte ese papel, pues es un caos primordial (también en Cioran es importante el caos, incluso el desorden), en el cual también las imágenes se ordenan, esta memoria es diurna. Hay otra, que sufre colisiones continuas, ligada parece ser a la existencia, a la experiencia del sufrimiento y a la conciencia de la fatalidad, a la relación con el entorno: las sensaciones que nos llegan de los objetos, y que moldean también (aunque de nuevo, vuelvo a Bergson, también hay una proyección subjetiva) nuestro carácter y la manera de estar en el mundo. Este carácter presente aquí es de nuevo el melancólico, descrito como nervioso. Sin embargo, Baudelaire agregará que la secuencia de estas imágenes se presentan como en el teatro, aparecen como representaciones que no están siempre ordenadas, pues dependen de la fatalidad a la que nos enfrenta la vida desde el nacimiento. Hay que resaltar la importancia de la teatralidad tanto para Baudelaire como para Mallarmé, nos preguntamos si no será una influencia de Wagner y de su “obra total”. Aún el mismo Cioran se refiere al destino como “tragedia”.

La fatalidad se presenta en la hora misma del nacimiento (¿una alusión astrológica?), y aquí Baudelaire después de la digresión sobre la memoria como un palimpsesto vuelve sobre De Quincey: la confrontación con el destino está marcado por la diosa romana Levana (de Levare, elevar), a quien le sirven tres hermanas, llamadas Señoras: la primera es Nuestra señora de las tristezas (Matre Lachrymarum), a quien le dicen Madona; Nuestra señora de los suspiros (Mater Suspiriorum) y a Nuestra señora de las tinieblas (Mater Tenebrarum). Hay que hacer la observación que el narrador sólo las ha visto en sueños, especialmente a Levana y a la que marcó la hora de su propio nacimiento, la menor de todas, Nuestra señora de las tinieblas.

Levana tiene la importancia de otorgar dignidad humana. Nos preguntamos en qué consiste esta dignidad –no desarrollada en el libro–, ¿tal vez al coraje de enfrentarse a la hora de la muerte en la hora del nacimiento? Su relación es complementaria pero no dialéctica (como ya decía Herrera en su ensayo), la una está incluida en la otra. La conciencia, la lucidez, otorgan dignidad para morir. El hombre pertenece a esa especie para el que la muerte no es “natural” y es necesario aceptarla con plena conciencia, lo que para De Quincy y para Baudelaire solamente es posible si logramos ver (en sueños, en visiones) la hora de nuestro nacimiento.

La madre de las lágrimas, de las tristezas, se reconoce porque lleva una diadema en la cabeza y pesadas llaves en la cintura. Ella asiste a los niños que morirán pronto, o nacen muertos, ya sea de manera natural o violenta. Ella se eleva por los aires y entra en las habitaciones sigilosamente, y se le reconoce simplemente con el nombre de Madona. También es la madre de los insomnes.

A la madre de los suspiros no se le ve el rostro, no conocemos su mirada, anda encorvada. Ella es la madre de los parias, de los exiliados, de los vagabundos, y también de las mujeres solitarias.

La tercera es la madre de las tinieblas, el repertorio musical que conocemos sobre ella es inmenso, tal vez porque es la madre de los artistas, de los hijos de Saturno, de los melancólicos (De Quincey, Baudelaire, y Cioran entre ellos) y su compañía no es grata, señala el comienzo del peor de los destinos ( o tal vez no):

Elle chasse toutes les faiblesses de l’esperance, sèche les baumes de l’amour, brûle la fontaine des larmes. Mandis-le comme toi seule sais mandire (1975, 511).

Ella caza todas las debilidades que nos otorga la esperanza, seca los baños del amor, quema la fuente de las lágrimas. Maldícele como solamente tú puedes maldecir.

En conclusión, la Madre de las Tinieblas sume al hombre en el abismo que ha cavado a sus pies, producto de la inclinación a la que lleva la melancolía, casi que el temperamento que la describe es análogo al efecto físico del consumidor de opio y hachisch: las fuerzas del cuerpo se desvanecen, no se pueden mover las piernas y se enfría el cuerpo. Aquello que fue vivacidad, imaginación y entendimiento se transforman en visiones apocalípticas que solamente este artista melancólico transforma en arte; el otro, el hombre común, muere o enloquece.

El artista, el hombre melancólico es quien experimenta el inconveniente de nacer, cuya conciencia de la existencia lo enfrenta a la muerte. Baudelaire concluye esta parte de “Las visiones de Oxford” con una máxima digna de un moralista del siglo XVII francés: “solamente aquél que pueda ver la hora de su nacimiento podrá ver la hora de su muerte”. Y subrayo el ver, alusión a esa conciencia crítica de la existencia.

Nous pouvons regarder la mort en face; mais sachant, comme quelques uns d’entre nous le savent aujourd’hui, ce qu’est la vie humaine, qui pourrait sans frissonner (en supposant qu’il en fût averti) regarder en face l’Heure de sa naissance? (517).

Podemos mirar la muerte de frente, pero sabiendo, como algunos de nosotros lo sabemos hoy, qué significa la vida humana, ¿quien podría sin que se le pongan los pelos de punta (suponiendo que fue advertido) mirar de frente la hora de su nacimiento?

Ese hombre advertido, perplejo, es el melancólico, quien sufre de tedio profundo, y es insomne y nervioso, sabe que ha caído en el tiempo:

Tres de la mañana. Percibo este segundo, después este otro; hago el balance de cada minuto.
¿A qué viene todo esto? A que he nacido. De cierto tipo de vigilias viene la inculpación del nacimiento (9).

¿Qué sigue después?: Nada, el vacío, la forma, un azar que contradice todo en Mallarmé; la posibilidad del suicidio como forma de volver al agua materna en Colinas; la aceptación de la fatalidad a través de la escritura, tanto en Baudelaire como en Cioran; ¿acaso otra salida? La alegría en Cioran es como ese rayo de Quasimodo que nos atraviesa un instante y en seguida anchece.

Ognuno sta solo sul cuor della terra
Trafito da un raggio di sole:
Ed è subito sera.
(Ed è subito sera, Quasimodo, 1942).


NOTA(S)

[1] Juan David García Bacca. Parménides (s. V a.C.) y Mallarmé (s. XIX d.C.). Necesidad y azar. Anthropos, 1985.


Libros citados

Anthologie bilingüe de la poésie italienne. Paris:Gallimard, 1994, p. 1346

Baudelaire, Charles. “Un mangeur d’Opium”, en Oeuvres complètes, Paris, Gallimard, 1975, pp.: 507-513.

Cioran, Émil. El incoveniente de haber nacido. Buenos Aires: Taurus, 1990.

Colinas, Antonio. Tres tratados de armonía. Barcelona: Tusquets, 2009.

García Bacca, Juan David. Parménides (s.V a.C.) y Mallarmé (s. XIX d.C). Necesidad y azar. Barcelona: Anthropos, 1985.

Herrera, Liliana. “Cuerpo y enfermedad”, en Cioran en perspectivas, en coautoría con Abad, Alfredo. Pereira: UTP, 2009, pp. 227-235.

Kirk, G.S.; Raven J.; Schofield M. Los filósofos presocráticos. Historia crítica con selección de textos. Madrid: Gredos, 2014.Mallarmé, S. Un golpe de dados (edición bilingüe). Bogotá: HAO rotativo de letras, 2017.

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