La ley universal del debilitamiento de la fuerza – Philipp MAINLÄNDER

Heráclito sostuvo que el conflicto es el padre de todas las cosas. Yo añado: No puede existir en absoluto suficiente fricción en el universo.

El movimiento del cosmos es el movimiento del superser al no ser. Sin embargo, el universo es la desintegración en la multiplicidad, es decir, en individualidades egoístas dispuestas unas contra
otras. Sólo en esta lucha de esencias, que antes eran una unidad simple, puede ser destruida la misma esencia originaria. La desintegración fue la primera obra, el comienzo del movimiento mencionado,
y queda convenido que el universo y su constitución han de enlazarse con el único cabo que se alza del campo trascendente al inmanente: la existencia asociada con una essentia. Esta essentia hizo necesario el proceso; de lo contrario, hubiese sido superfluo.

El movimiento del universo es, por consiguiente -en relación a la primera desintegración en la multiplicidad-, movimiento del ser originario, inconcebible para nosotros, es decir, movimiento del
ser relativo -a través del ser real- al absoluto no ser. Y es que este movimiento no pudo ser distinto. Tuvo que ser como es; su esencia no pudo ser de otra forma, ni mayor ni menor.

El primer movimiento y el origen del universo son uno y lo mismo. La transformación de la unidad simple en mundo de la multiplicidad, la transición del campo trascendente al inmanente fue, precisamente, el primer movimiento, lodos los movimientos consecutivos fueron sólo continuaciones del primero, es decir, no pudieron ser otra cosa que una nueva desintegración o ulterior fragmentación de las ideas.

Esta ulterior desintegración pudo manifestarse en los primeros períodos del universo únicamente mediante la división real de la materia simple y sus conexiones. Cada fuerza química simple tuvo
el afán de expandir su individualidad, es decir, cambiar su movimiento; sin embargo, chocó con todas las otras que poseían el mismo afan, y así surgieron las más temibles luchas de las ¡deas entre sí, en estados de máximo ímpetu y agitación.

El resultado fue siempre un enlace químico, es decir, la victoria de la fuerza más potente sobre una más débil y el ingreso de la nueva idea en la lucha interminable. La aspiración de la unión tendía,
en primer lugar, a preservarse; luego, si era posible, a expandir nuevamente su individualidad. Sin embargo, a ambas aspiraciones le hacían frente, por todos lados, otras ideas para romper, en primer lugar, el enlace y, luego, para unirse con las ideas divididas.

En el curso de esta contienda perpetua de las ¡deas imperecederas -las cuales subyacen a todas las conexiones-, se formaron los astros, de los cuales nuestra Tierra, poco a poco, maduró para la
vida orgánica. Si detenemos aquí el desarrollo y consideramos a los individuos presentes y a sus estados como productos finales, se nos impone, de inmediato, la pregunta: ¿qué ha ocurrido? Todas
las ideas -que componían nuestra Tierra en aquellos tiempos- se encontraban en la ardiente neblina originaria que sustenta la teoría de Kant y Laplace. Allá hubo una lucha salvaje de gases y vapores,
el caos; acá, un cuerpo celeste cerrado con una corteza sólida, cuyas cavidades llenaba un mar caliente, y, sobre todo ello, una atmósfera de vapores y brumas que contenía ácido carbónico.

¿Qué ha sucedido?, o mejor aún: ¿son las voluntades individuales -de las cuales está conformada esta Tierra suspendida en el devenirlas mismas que rotaban en ardiente nebulosa originaria? ¡Por supuesto!
La conexión genética está presente. ¿Y seguirá siendo la esencia de cualquier individualidad tal como era en el origen del universo? ¡No, su fuerza ha cambiado, ha perdido intensidad, se ha debilitado!

Esta es la gran verdad que enseña la geología. Un gas es -de acuerdo a su esencia e impulso más íntimos- más fuerte que un líquido y este más fuerte que un cuerpo sólido. No olvidemos que el universo posee una esfera de fuerza finita, por lo tanto, ninguna idea, cuya intensidad disminuya, puede nuevamente llegar a ser potenciada sin que otra idea debilite su fuerza. No obstante, un fortalecimiento es posible, pero siempre a expensas de otra fuerza o, en otras palabras, cuando en la lucha de las ¡deas inorgánicas una de ellas es debilitada, se debilita la suma de fuerzas objetivas en el cosmos, y para esa merma no existe compensación, pues el universo es justamente finito y entró en vigor con una determinada fuerza en la existencia.

Ahora bien, si asumimos que nuestra Tierra llegase alguna vez a explotar y se dispersara, como el planeta entre Marte y Júpiter, podría, sin duda, volver a fundirse por completo la sólida corteza
terrestre y evaporarse todo líquido, pero a expensas de las ¡deas que entregan el estímulo para ello. A pesar de que, aparentemente, la tierra vuelve al estado más intenso por tal revolución, se debilita en general como una determinada suma de fuerzas.

Y si hoy cesaran los violentos procesos en el Sol y, debido a eso, todos los cuerpos de nuestro sistema solar se fundieran nuevamente en él, y el Sol y los planetas ardieran en un enorme universo en llamas,
así es como han pasado las fuerzas que constituyen el sistema solar -a juzgar por su apariencia-, a un estado de mayor excitación, pero a expensas de la fuerza total que se conserva en nuestro sistema solar.

Nada diferente ocurre aún hoy en el reino inorgánico. I.as ideas luchan continuamente unas contra otras. Se generan, sin cesar, nuevas uniones que son divididas, a su vez, con violencia; sin embargo,
las fuerzas divididas se unen enseguida con otras, en parte forzando o en parte forzadas. Y el resultado es también aquí el debilitamiento de la fuerza; ello, a pesar de que no exista evidencia hoy, debido al lento desarrollo, y a que se escape de la percepción sensorial.

En el reino orgánico ha dominado -desde el instante de su origen en adelante, e impera eternamente- la desintegración en la multiplicidad como continuación del primer movimiento. El afán de cada organismo está dirigido únicamente a conservar su existencia, y, siguiendo este impulso, por un lado, lucha por su existencia individual, y por otro, se ocupa mediante la procreación de conservarse después de la muerte.

Resulta claro que tanto esta creciente dispersión como la consecuente lucha por la existencia -cada vez más intensa y más terrible-, tienen que tener el mismo resultado que el de la lucha en el reino inorgánico, a saber, el debilitamiento de individuos. Aquí, sólo aparentemente, se opone el hecho de que el individuo más fuerte -en el sentido más amplio- resulta vencedor en la lucha por la existencia
y el más débil pierde, pues suele triunfar siempre el más fuerte. Sin embargo, en cada nueva generación los individuos más fuertes se vuelven menos fuertes y los más débiles se tornan más débiles que sus antecesores.

Como es la geología para el reino inorgánico, así lo es la paleontología para el reino orgánico, la fuente relevante que está fuera de toda duda y de la cual esta verdad es extraída: en la lucha por la existencia, los individuos ciertamente se perfeccionan y ascienden siempre a grados más altos de organización, pero junto a esto se debilitan. Esta verdad-se impone a todo quien examine los escritos y ai hacerlo establezca comparaciones con nuestras actuales plantas y animales. La escritura sólo puede enseñar esto, pues informa acerca de sucesiones de eventos extraordinariamente largos o, dicho en forma subjetiva, informa sobre los cambios en períodos inconcebiblemente largos. L.o anterior ocurre debido a que integra partes finales con iniciales de series de sucesos muy vastos y, a través de
ello, puede dejar de manifiesto la diferencia.

Contemplar directamente el debilitamiento no es posible. Sin embargo, sólo en la política, como veremos más adelante, es posible constatar el debilitamiento de los organismos sin tener que
penetrar en el mundo primitivo e invocar a la paleontología. En la física no podemos dar la prueba directa y nos debemos conformar por la vía indirecta, el haber encontrado en la escritura petrificada
de la corteza terrestre la gran ley del debilitamiento de los organismos.

Así vemos, tanto en el reino orgánico como en el inorgánico, un movimiento fundamental: la desintegración en la multiplicidad, y en todas partes, como primera consecuencia, se produjo la
disputa, la lucha, la guerra, y como segunda consecuencia, el debilitamiento de la fuerza. Sin embargo, tanto la desintegración en la multiplicidad como ambas consecuencias son -desde todo punto de vista- mayores en el reino orgánico que en el inorgánico.

Hemos visto que sólo una gran ley dominó la naturaleza desde el principio, la misma que la domina y la dominará hasta su aniquilación total: la ley del debilitamiento de la fuerza. La naturaleza
envejece. Quien habla de una éternelle (!) jeunesse, de una “eterna” juventud de la naturaleza (al menos, ¡expresémonos lógicamente en forma correcta y digamos “infinita”!) juzga como el ciego los colores
y se sitúa en el grado más bajo del conocimiento.

Bajo el dominio de esta gran ley se encuentra todo en el universo, incluyendo también al ser humano. El es, en su fundamento más profundo, “voluntad de morir”, pues las ¡deas químicas que constituyen su tipo -las cuales se han conservado desde su aparición hasta su retiro-, quieren la muerte. No obstante, ya que dichas ideas sólo pueden alcanzarla a través del debilitamiento, sin existir otro medio más eficaz para esto que el deseo de la vida, se antepone el medio en forma demoníaca al propósito, la vida a la muerte, y así el ser humano se muestra como pura voluntad de vivir.

Pues bien, entregándose solamente a la vida, siempre hambriento y ávido de vida, obra en interés de la naturaleza y al mismo tiempo en el propio, pues él debilita la suma de fuerzas del cosmos y, al
mismo tiempo, las de su tipo, las de su individualidad, que al ser idea singular sólo tiene semiautosuficiencia. El se encuentra en el camino de la redención: de esto no puede existir duda alguna, pero es un curso largo, cuyo final no es visible.

Al contrario, quien se aferra a la vida con miles de brazos -con la misma necesidad que la del hombre bruto- y que tuvo que apartarse de ella, es rebasado por el claro y frío conocimiento del objetivo antes
que del medio, de la muerte antes que de la vida. También él actúa en interés de la naturaleza y en el suyo propio. No obstante, debilita de un modo más efectivo tanto la fuerza de sumas del cosmos como
también las de su tipo. Es quien disfruta en vida la dicha de la paz del corazón y encuentra en la muerte la aniquilación absoluta, lo cual anhela todo en la naturaleza. Él transita lejos de la amplia calle de las huestes de la redención, en la breve senda de la redención: ante él yace la altitud en luz dorada; él la ve y la alcanzará.

Por consiguiente, el primero alcanza el objetivo a través de la afirmación de la voluntad de vivir, a lo largo de un camino oscuro y pesado, en el cual la aglomeración es espantosa, donde todos empujan
y son empujados. Y este alcanza el mismo objetivo a través de la negación de la voluntad por una clara senda que sólo al principio resulta ser escabrosa y empinada, pero que luego es plana y espléndida, donde no existe aglomeración, ni griterío ni llanto. No obstante, el primero alcanza la meta tan sólo después de un tiempo indeterminado, durante el cual vive siempre insatisfecho, alarmado,
preocupado y atormentado, mientras que este se apodera del objetivo al final de su trayectoria individual, a lo largo de la cual está libre de cuidados, preocupaciones y tormento, viviendo en la más
profunda paz del alma, en la serenidad más imperturbable.

El primero continúa arrastrándose con dificultad, siempre cohibido, queriendo avanzar sin poder lograrlo, y asciende como transportado por un coro-de ángeles. Y, dado que no puede apartar su
vista de los destellos de la altura y se pierde en la contemplación, así llega al objetivo sin saber cómo lo hizo. El principio parecía tan distante, ¡ahora ha sido alcanzado!

Por lo tanto, ambos quieren lo mismo y ambos lo logran; la diferencia radica únicamente en la naturaleza de su movimiento.

Aquí vemos que la voluntad ha de ser más que la absoluta forma vacía e independiente de la representación; es decir, tiene que ser una temible energía ciega, una fuerza que quiere algo. Sin embargo, no puede conseguir de inmediato lo deseado, puesto que se obstaculiza a sí misma. Y este único deseo es la muerte absoluta. La fuerza podría alcanzar todo lo demás de un modo inmediato, menos su propio exterminio.

Por ello, esta fuerza debe ser amortiguada a través del proceso del universo. La energía, es decir, la fuerza que conlleva sin representación su meta en sí (dirección de la acción), esta voluntad de morir, se acerca cada vez más a su objetivo cuanto más se debilita.

Y de pronto surge sentido en el universo:

La ley del debilitamiento de la fuerza es la ley del cosmos. Para la humanidad significa la ley del sufrimiento.


Philipp MAINLÄNDER, Filosofía de la redención (antología). Trad. de Sandra Baquedano Jer. Chile: FCE, 2011.

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