“Este Eres Tú” – Arthur SCHOPENHAUER

Los lectores de mi ética saben que en ella el fundamento de la moral se basa en último término en aquella verdad que en los Vedas y el vedanta encuentra su expresión en la fórmula mística tat twam asi (este eres tú), que se pronuncia señalando a cada ser vivo, sea hombre o animal, y se denomina así la mahavakya, la gran palabra.

De hecho, se pueden considerar las acciones realizadas conforme a ella, por ejemplo, las de la beneficencia, como el comienzo de la mística. Toda buena acción dispensada con intención pura
manifiesta que quien la ejerce, en contradicción directa con el mundo del fenómeno en el que el individuo ajeno se halla totalmente separado de él, se conoce a sí mismo como idéntico a él. Por consiguiente, toda buena acción totalmente desinteresada es una acción misteriosa, un misterio: de ahí que para dar cuenta de ellas se haya tenido que recurrir a ficciones de todas clases. Cuando Kant privó al teísmo de todos los demás apoyos, le dejó únicamente el de ser el que proporciona la mejor explicación e interpretación de aquellas y de todas las demás acciones misteriosas semejantes a ellas. Por lo tanto, lo dejó subsistir como un supuesto teóricamente indemostrable pero válido a efectos prácticos. Mas yo dudo de que ahí haya ido totalmente en serio. Pues apoyar la moral en el teísmo significa reducirlo al egoísmo, si bien los ingleses, así como las clases sociales inferiores entre nosotros, no alcanzan a ver la posibilidad de otra fundamentación.

El aludido reconocimiento de la verdadera esencia propia en un individuo ajeno que se nos presenta objetivamente, se pone de relieve con especial belleza y claridad en los casos en que un hombre que está ya sin remedio en brazos de la muerte piensa aún con inquieta preocupación y activo celo en el bienestar y la salvación de otros. De este tipo es la conocida historia de una criada que una noche fue mordida en el patio por un perro rabioso y, dándose por perdida sin remedio, agarró al perro, lo arrastró a la cuadra y la cerró con llave para que ningún otro fuera víctima de él. También aquel suceso en Nápoles que ha inmortalizado Tischbein en una de sus acuarelas: el hijo lleva a su anciano padre a hombros, huyendo de la lava que se precipita rápidamente hacia el mar: pero cuando una estrecha línea de tierra separa los dos elementos destructivos, el padre dice al hijo que lo suelte y se salve corriendo, ya que de lo contrario ambos están perdidos. El hijo obedece y al separarse lanza una mirada de despedida a su padre. Eso es lo que representa la pintura. También es de ese tipo el hecho histórico que presenta con su mano maestra Walter Scott en El corazón de Mid-Lothian, capítulo 2, sobre dos delincuentes condenados a muerte, uno de los cuales, que por su descuido había causado el encarcelamiento del otro, estando en la iglesia, después del sermón de las postrimerías, lo libera felizmente sujetando con fuerza a los guardianes sin hacer intento alguno en su propio favor. También se puede contar aquí, aunque pueda resultar escandaloso al lector occidental, la escena representada en un grabado de cobre que se repite con frecuencia y en el que el soldado, que está ya hincado de rodillas para ser fusilado, ahuyenta insistentemente con la capa a su perro, que quiere ir con él. — En todos los casos de esta clase vemos que un individuo que se enfrenta con plena certeza a su inmediata aniquilación personal deja de pensar en su propia conservación para dirigir todo su cuidado y esfuerzo a la de otro. ¿Cómo podría expresarse con mayor claridad la conciencia de que esa aniquilación lo es solamente de un fenómeno y, por lo tanto, es ella misma fenómeno, mientras que el verdadero ser del que perece queda intacto ante ella, continúa en el otro, en el cual él se reconoce claramente, tal y como delata su acción? Pues si no fuera así y tuviéramos ante nosotros un ser al borde de la aniquilación real, ¿cómo podría demostrar un interés tan íntimo en el bienestar y la conservación de otro, con el máximo empeño de sus últimas fuerzas? —

Hay de hecho dos formas opuestas de ser consciente de la propia existencia: una, en la intuición empírica, tal y como se presenta desde fuera, como algo ínfimo dentro de un mundo ilimitado en el tiempo y el espacio; como uno entre los miles de millones de seres humanos que andan sobre esta esfera terrestre durante muy poco tiempo, renovándose cada treinta años; — pero luego, la que se da cuando uno se sumerge en su propio interior y se hace consciente de que es todo en todo y propiamente es el único ser real que, por añadidura, se ve en los demás, que le son dados desde fuera, como en un espejo. Que la primera forma de conocimiento comprende únicamente el fenómeno mediado por el principium individuationis, mientras que la otra es un descubrimiento inmediato del propio yo como la cosa en sí, es una teoría en la que tengo a mi favor, en la primera parte, a Kant, y en ambas, a los Vedas. Desde luego, la objeción sencilla contra la última forma de conocimiento es que supone que el mismo ser puede estar presente a la vez en distintos lugares y, sin embargo, en su totalidad en cada uno. Aunque desde el punto de vista empírico eso representa la más palpable imposibilidad y hasta un absurdo, sigue siendo plenamente verdadero de la cosa en sí; porque aquella imposibilidad y absurdidad se basan solo en las formas del fenómeno, que constituyen el principium individuationis. Pues la cosa en sí, la voluntad de vivir, está presente completa e indivisa en cada ser, hasta el más insignificante, tan plenamente como en todos los que alguna vez fueron, son y serán, tomados en conjunto. A eso precisamente se debe el que todo ser, aun el más nimio, se diga: dum ego salvus sim, pereat mundus [Mientras yo me salve, que perezca el mundo]. Y, en verdad, aunque sucumbieran todos los demás seres, en ese ser único que quedase seguiría existiendo ileso y sin merma todo el ser en sí del mundo y se reiría de aquella desaparición como de una bufonada.

Esto es, desde luego, una deducción per impossibile, a la que con el mismo derecho se puede oponer que si algún ser, aun el más insignificante, fuera totalmente aniquilado, en él y con él sucumbiría todo el mundo. En este sentido dice el místico Ángel Silesio:

Yo sé que sin mí Dios no puede vivir ni un instante:
Si yo soy aniquilado, Él ha de perecer necesariamente.

Pero para poder atisbar en alguna medida también desde el punto de vista empírico esa verdad, o al menos la posibilidad de que nuestro propio yo pueda existir en otros seres cuya conciencia está separada y es distinta de la nuestra, podemos recordar a los sonámbulos magnéticos, cuyo yo idéntico, una vez despiertos, no sabe nada de lo que ha dicho, hecho y experimentado en el instante anterior. Así pues, la conciencia individual es un punto tan fenomenal que incluso en el mismo yo pueden nacer dos conciencias de las que una no sabe nada de la otra.

No obstante, consideraciones como las precedentes guardan un elemento muy extraño en nuestro Occidente judaizado; mas no en la patria del género humano, en aquel país en el que impera una fe totalmente distinta; una fe conforme a la cual todavía hoy, por ejemplo, después de los funerales, los sacerdotes entonan ante todo el pueblo y acompañados de instrumentos el himno védico, que comienza así:

«El espíritu corporeizado, que tiene mil cabezas, mil ojos y mil pies, radica en el pecho del hombre y | penetra al mismo tiempo toda la tierra. Ese ser es el mundo y todo lo que alguna vez fue y será. Es lo que crece con el alimento y lo que otorga inmortalidad. Esa es su grandeza; y por eso es el glorioso espíritu corporeizado. Los elementos de este mundo forman una parte de su ser, y tres partes son inmortalidad en el cielo. Esas tres partes se han elevado del mundo; pero una parte ha quedado y es lo que (a través de la transmigración de las almas) disfruta y no disfruta los frutos de sus buenas y malas acciones», etc. (según Colebrooke, On the religious ceremonies of the Hindus, en el volumen 5 de las Asiatic researches, p. 345 de la ed. de Calcuta; también en sus Miscellaneous essays vol. 1, p. 167).

Si comparamos tales cánticos con nuestros libros de cantos, no nos asombraremos de que los misioneros anglicanos en el Ganges realicen una misión tan miserablemente mala y sus exposiciones sobre su «maker» no encuentren recepción entre los brahmanes. Pero el que quiera disfrutar el placer de ver que ya hace 41 años un oficial inglés se ha enfrentado intrépida y resueltamente a las pretensiones absurdas y desvergonzadas de aquellos señores, que lea la Vindication of the Hindoos from the aspersions of the reverend Claudius Buchanan, with a refutation of his arguments in favour of an ecclesiastical establishment in British India: the whole tending to evince the excellence of the moral system of the Hindoos; by a Bengal officer. Londres, 1808. El autor expone ahí con una franqueza infrecuente las ventajas de los dogmas indostaníes frente a los europeos. Ese pequeño escrito, que en alemán ocuparía unos cinco pliegos, merecería aún hoy ser traducido, ya que expone mejor y más sinceramente que cualquiera que conozco el beneficioso influjo práctico del brahmanismo, su acción en la vida y en el pueblo — de forma muy distinta a los informes salidos de plumas eclesiásticas que, precisamente en cuanto tales, merecen escaso crédito; en cambio aquel concuerda con lo que yo he oído de boca de oficiales ingleses que han pasado media vida en la India. Pues, para saber lo envidiosa e irritada que está la Iglesia anglicana, siempre temerosa por sus prebendas, con el brahmanismo, hay que conocer, por ejemplo, el ruidoso ladrido que desde hace algunos años elevan los obispos en el Parlamento, continuándolo durante meses; y, dado que las autoridades de las Indias Orientales se mostraron tremendamente obstinadas, como hacen siempre en tales ocasiones, ellos vuelven una y otra vez a entonar el ladrido simplemente acerca de algunos saludos militares externos que, como es justo, son dispensados por las autoridades inglesas a la antigua y venerable religión nacional; por ejemplo, que cuando pasa la procesión con las imágenes de los dioses sale la guardia formalmente con el oficial y bate la marcha; también por la entrega del paño rojo para cubrir el carro de Jaggernaut, y cosas por el estilo. Esta última se ha instituido en realidad para complacer a aquellos señores, además de por el peaje de peregrinos que se cobra. Entretanto, la rabia incesante por tales cosas por parte de aquellos portadores de prebendas y pelucas largas que se llaman a sí mismos «muy venerables», así como la forma totalmente medieval, pero que hoy en día se puede llamar burda y grosera, en la que se expresan sobre la religión arcaica de nuestro género humano; y también la manera en que se escandalizaron de que lord Ellenborough en 1845 llevara de vuelta en marcha triunfal a Bengala la puerta de la pagoda de Sumenaut, destruida por el abominable Mahmud Ghaznavid: — todo esto, como digo, permite suponer que no les es desconocido hasta qué punto la mayoría de los europeos que viven mucho tiempo en la India se vuelven afectos en su corazón al brahmanismo y encogen los hombros ante los prejuicios religiosos y sociales de Europa. «Todo eso se cae como una venda en cuanto se ha vivido dos años en la India», me dijo en una ocasión uno de ellos. Incluso un francés, aquel señor sumamente amable y culto que hace unos diez años acompañó a las devadasi (vulgo bayaderas), cuando me puse a hablar con él sobre la religión de aquel país, exclamó enseguida con ardiente entusiasmo: Monsieur,
c’est la vraie religion
!

Incluso la doctrina hindú de los dioses, tan fantástica y a veces barroca, que todavía hoy como hace milenios constituye la religión del pueblo, no es, si llegamos al fondo del asunto, más que la doctrina de las Upanishads simbolizada, es decir, revestida de imágenes, personificada y en forma de mito, en consideración a la capacidad de comprensión del pueblo; gracias a esa versión todo hindú, según la medida de sus fuerzas e instrucción, sigue el rastro de aquella doctrina, la siente, la barrunta o la comprende claramente, — mientras que el burdo y obtuso reverendo inglés, en su monomanía, la ridiculiza y maldice como idolatría: solo él —piensa— está en lo cierto. En cambio, la intención del buda Shakya-Muni era desprender el núcleo de la cáscara, liberar la elevada doctrina de todas las imágenes y divinidades y hacer comprensible y accesible su contenido puro incluso al pueblo. Eso lo logró de forma asombrosa, y de ahí que su religión sea la más excelente y la representada por mayor número de fieles en la Tierra. Él puede decir con Sófocles:

Incluso el que nada es alcanza / En unión con los dioses la victoria.
Pero yo me atrevo / A lograr esa gloria aun sin ellos.

Por el contrario, dicho sea de paso, resulta sumamente cómica la ridícula suficiencia con la que algunos serviles filosofastros alemanes, así como algunos orientalistas de nombre, miran con desprecio el brahmanismo y el budismo desde la altura de su judaísmo racionalista. A tales jovencitos quisiera verdaderamente proponerlos para un puesto en la comedia de monos de la Feria de Frankfurt, si es que los descendientes de Hanuman quieren soportarlos entre ellos. —

Pienso que si el emperador de China o el rey de Siam y otros monarcas asiáticos dan a las potencias europeas permiso para enviar misioneros a sus países, estarían legitimados para hacerlo únicamente a condición de poder enviar el mismo número de sacerdotes budistas, con los mismos derechos, a los respectivos países europeos; para ello, naturalmente se elegiría a los que han sido instruidos previamente en los correspondientes lenguajes europeos. Entonces tendríamos a la vista un interesante concurso y veríamos quién es el que más consigue.

El fanatismo cristiano, que quiere convertir a su fe a todo el mundo, es inexcusable. — Sir James Brooke (rajá de Borneo), que ha colonizado y gobierna de momento una parte de Borneo, ha dado un discurso en septiembre de 1858 en Liverpool, ante una junta de la Asociación para la difusión del Evangelio, es decir, del centro de las Misiones; en él dice: «Entre los mahometanos no habéis logrado ningún avance, entre los hindúes no habéis hecho ningún progreso en absoluto, sino que estáis exactamente en el punto en el que estabais el primer día que pusisteis el pie en la India» (Times, 29 de septiembre de 1858). — En cambio, los misioneros cristianos han demostrado ser muy útiles y loables en otro respecto, ya que algunos de ellos nos han proporcionado informes excelentes y minuciosos sobre el brahmanismo y el budismo, así como traducciones fieles y cuidadas de los libros sagrados, como no habrían sido posibles si no se hubieran hecho con amore. A esos nobles les dedico las siguientes rimas:

Marcháis como maestros
Volvéis como discípulos
Del sentido enturbiado
Cayó allí el velo.

Por eso podemos esperar que alguna vez también Europa se depure de toda la mitología judía. Quizá se acerque el siglo en que los pueblos de raíz lingüística jafética procedentes de Asia recuperen también las santas religiones de la patria; pues, tras un largo extravío, han vuelto a hacerse maduros para ellas.


Arthur SCHOPENHAUER, Parerga y Paralipómena, vol. I, § 115. Trad. de Pilar López de Santa María. Madrid: Trotta, 2009.

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