Catecismo Positivista, Nuevo Ateísmo, Pecado Original – John GRAY

Comte expuso los dogmas del nuevo credo en el libro Catecismo positivista (1852). Diseñó unos atuendos especiales, con botones en la espalda para que nadie pudiera ponérselos sin la ayuda de otras personas, pues así se promovería el altruismo (palabra que Comte inventó). Y previó la figura de un Sumo Pontífice de la Humanidad, que instalaría su sede en París. No cabe duda de que Comte ideó ese cargo para ocuparlo él mismo. Él se tenía por una persona de cierta importancia, desde luego. En la ceremonia en la que se casó con su esposa, firmó con el nombre de «Brutus Napoleón Comte». Pero nunca llegó a alcanzar en vida (nació en 1798 y falleció de cáncer en 1857) la eminencia con la que soñó. Aun así, su iglesia se difundió de Francia a Gran Bretaña y a otros países europeos, y pasó luego a América Latina (hoy perdura todavía en Brasil), mientras que su filosofía impactó hondamente en destacados pensadores del siglo XIX. Aún hoy continúa ejerciendo una extendida, aunque apenas reconocida, influencia.

Los nuevos ateos son discípulos de la filosofía positivista de Comte sin saberlo. Para ellos, es evidente que la religión es una forma primitiva de ciencia. Pero ésa es en sí una idea primitiva. Un comentario que Wittgenstein dedicó en su día a Frazer es igual de válido actualmente para Richard Dawkins y sus seguidores: «Frazer es mucho más salvaje que la mayoría de sus salvajes. […] Sus explicaciones [las de Frazer] de las costumbres primitivas son mucho más toscas que el sentido de tales costumbres».

El primitivismo del nuevo ateísmo se evidencia en su premisa de que las religiones son hipótesis erróneas. El relato del Génesis no es una antigua teoría del origen de las especies. En el siglo IV d. C., san Agustín (de Hipona), teólogo fundador del cristianismo occidental, dedicó quince años a redactar un tratado sobre la Interpretación literal del Génesis, que jamás terminó, en el que ya sostenía que no había que entender el texto bíblico literalmente cuando se contradice con la verdad que conocemos a partir de otras fuentes. Más radical aún había sido en el siglo I el filósofo judío de habla griega Filón de Alejandría, para quien el Génesis era una alegoría o un mito: una serie de imágenes simbólicas entrelazadas con hechos imaginados que contenía un corpus de significado que habría sido imposible de expresar con esa misma facilidad por otros medios.

La historia de Adán y Eva comiendo del Árbol de la Ciencia es una imagen mítica del efecto ambiguo del conocimiento en la libertad humana. Lejos de ser intrínsecamente liberador, el saber puede ser usado para esclavizarnos. Eso es lo que se quería decir con aquello de que, tras haber comido la manzana prohibida a instancias de la serpiente –que les prometió que, si lo hacían, serían como Dios–, Adán y Eva fueron expulsados del Jardín del Edén y condenados a una vida de trabajo constante. Los mitos, a diferencia de las teorías científicas, no pueden ser verdaderos ni falsos. Pero sí pueden ser más o menos fieles a la realidad de la experiencia humana. El mito del Génesis es una interpretación más veraz de ciertos conflictos humanos ancestrales que cualquiera de las que hallamos en la filosofía griega, que está fundada sobre el mito de que el saber y la bondad están inseparablemente interconectados.

Parte de la culpa de esa confusión de los mitos con las teorías proviene de los teístas que han tratado de divulgar el argumento de que el mundo es como es porque obedece al resultado de un presunto «diseño inteligente». Desde el teólogo inglés del siglo XVIII William Paley (famoso por su comparación de Dios con un relojero) hasta los exponentes del creacionismo en pleno siglo XXI, diversos apologistas del teísmo han intentado elaborar teorías que expliquen los orígenes del universo y la humanidad mejor que las tesis científicas vigentes. Con ello, no hacen más que otorgar a la ciencia una injustificada autoridad sobre otros modos de pensar. La religión no tiene más de ciencia primitiva que el arte o la poesía. La indagación científica responde a una necesidad de explicación. La práctica de la religión expresa una necesidad de sentido que quedaría insatisfecha aun si supiéramos explicarlo todo.


GRAY, John, Siete tipos de ateísmo. Trad. de Albino Santos Mosquera. Ciudad de México: Sexto Piso, 2019.

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