Schopenhauer, el pecado original y el pelagianismo de los filósofos | Parerga y Paralipomena

Todo presunto proceder sin supuestos en la filosofía es una fanfarronada: pues siempre hay que tomar algo como dado para partir de ello. Esto es, en concreto, lo que significa el δόϛ μοι ποῦ στῶ1 que constituye la condición indispensable de toda actividad humana, también del filosofar; porque en lo intelectual no podemos flotar en el éter más que en lo corporal. Pero ese punto de partida del filosofar, eso que se toma provisionalmente como dado, ha de ser después compensado y justificado. Ese punto de partida será, bien subjetivo, acaso la autoconciencia, la representación, el sujeto o la voluntad; o bien objetivo, es decir, lo que se presenta en la conciencia de las otras cosas, como por ejemplo el mundo real, las cosas exteriores, la naturaleza, la materia, los átomos, o también un Dios o un concepto ideado a voluntad como la sustancia, el Absoluto o lo que sea. Así pues, para compensar la arbitrariedad que aquí se comete y rectificar el supuesto, se ha de cambiar después el punto de vista y pasar al opuesto, desde el cual se vuelve a deducir en un filosofema complementario lo que al comienzo se había tomado como dado: sic res accendunt lumina rebus.

Si, por ejemplo, partimos de lo subjetivo, como hicieron Berkeley, Locke y Kant, en el que esa forma de consideración alcanzó su cima, entonces, y aunque esa vía posee las mayores ventajas debido a la inmediatez real de lo subjetivo, obtendremos una filosofía muy parcial y no del todo justificada; ello, siempre y cuando no la completemos volviendo a tomar lo deducido en ella como punto de partida en cuanto algo dado y así, desde el punto de vista opuesto, deduzcamos lo subjetivo de lo objetivo como antes dedujimos lo objetivo de lo subjetivo. Ese complemento de la filosofía kantiana creo haberlo ofrecido yo en lo principal, dentro del capítulo 22 del segundo volumen de mi obra principal, así como en La voluntad en la naturaleza bajo la rúbrica «Fisiología de las plantas», donde deduzco el intelecto a partir de la naturaleza externa.

Si, a la inversa, partimos de lo objetivo y tomamos muchas cosas como dadas, por ejemplo, la materia junto con las fuerzas que en ella se manifiestan, entonces pronto obtenemos la naturaleza entera; pues esa forma de consideración da lugar al puro naturalismo, que con mayor exactitud he denominado yo física absoluta. En ese caso lo dado, y por lo tanto absolutamente real consiste, tomado en general, en leyes y fuerzas naturales junto con su soporte: la materia; pero en especial, en un sinnúmero de soles que flotan libres en el espacio infinito y de planetas que giran en torno a ellos. Por consiguiente, en el resultado no hay más que esferas, unas luminosas, otras iluminadas. En la superficie de las últimas, como consecuencia de un proceso de putrefacción, se ha desarrollado la vida, que en ascenso gradual produce seres orgánicos que se presentan como individuos, los cuales tienen un comienzo y un fin temporales a través de la procreación y la muerte, conforme a las leyes naturales que rigen la fuerza vital; esas leyes, al igual que todas las demás, constituyen el orden imperante de las cosas que se mantiene de eternidad en eternidad, sin principio ni fin, y sin dar cuenta de sí. La cima de aquel ascenso la ocupa el hombre, cuya existencia también tiene un comienzo, muchos y grandes sufrimientos en su curso, pocas y exiguas alegrías, y luego, como todas las demás, un fin tras el cual es como si nunca hubiera existido. Nuestra física absoluta que aquí guía la consideración y desempeña el papel de la filosofía no explica cómo, en virtud de aquellas leyes naturales que subsisten y rigen de manera absoluta, un fenómeno siempre lleva consigo el otro, o también lo suplanta: todo sucede de forma totalmente natural y es, por lo tanto, plenamente claro e inteligible; de modo que a la totalidad del mundo así explicado se le podría aplicar una frase que Fichte, cuando presentaba en la cátedra sus talentos dramáticos, solía pronunciar con profunda seriedad, énfasis imponente y gesto que dejaba perplejos a los estudiantes: «Es porque es; y es como es porque es así». En consecuencia, desde este punto de vista parece un simple capricho pretender buscar para este mundo tan claro otras explicaciones en una metafísica totalmente imaginaria sobre la que asentar a su vez una moral, la cual, al no poderse fundar en la física, tendría su único sostén en aquellas ficciones de la metafísica. En esto se basa el visible desprecio con que los físicos miran la metafísica. —Pero, pese a toda la autosuficiencia de aquel filosofar puramente objetivo, antes o después se hará patente, de diversas maneras y con distintas ocasiones, la parcialidad del punto de vista y la necesidad de cambiarlo; es decir, de convertir alguna vez en objeto de la investigación el sujeto cognoscente con su facultad de conocer, que es el único en el que existen todos aquellos mundos. Así por ejemplo, ya la expresión de los místicos cristianos, que llaman al intelecto humano «la luz de la naturaleza» y la consideran incompetente en última instancia, se basa en comprender que la validez de todos esos conocimientos es meramente relativa y condicionada, no incondicionada como la consideran nuestros actuales racionalistas; estos, justo por esa razón, desprecian los profundos misterios del cristianismo como hacen los físicos con la metafísica: por ejemplo, piensan que el dogma del pecado original es una superstición, ya que su pelagiano entendimiento casero ha averiguado felizmente que uno no tiene la culpa del pecado que otro cometió seis mil años antes. Pues el racionalista sigue confiado su luz de la naturaleza y cree realmente y con total seriedad que hace cuarenta o cincuenta años, antes de que su papá le engendrara en gorro de dormir y que su mamá gansa le trajera felizmente a este mundo, no ha sido pura y absolutamente nada, y entonces ha surgido directamente de la nada. Así que no tiene culpa de nada. ¡El pecador y pecador original!

Así pues, como se dijo, por muchas vías, pero sobre todo por la inevitable vía filosófica, la especulación subsiguiente al conocimiento objetivo comenzará antes o después a concebir sospechas; en concreto, a comprender que toda la sabiduría que ha obtenido en dirección al lado objetivo la ha admitido a crédito del intelecto humano, que sin embargo tiene sus propias formas, funciones o formas de presentación, así que ha de estar condicionada por ellas; de donde se sigue la necesidad de cambiar aquí también el punto de vista y trocar el proceder objetivo por el subjetivo; es decir, el entendimiento, que hasta ahora, con plena confianza en sí, había edificado sin miedo su dogmatismo y con toda osadía había sentenciado a priori acerca del mundo y todas las cosas en él, incluso acerca de su posibilidad, ha de convertirse ahora él mismo en objeto de investigación y someter a prueba sus poderes. Eso conduce ante todo a Locke; luego nos lleva a la Crítica de la razón pura y, finalmente, a comprender que la luz de la naturaleza está orientada exclusivamente hacia fuera y, cuando quiere inclinarse e iluminar su propio interior, no es capaz de hacerlo; es decir, no puede disipar inmediatamente la oscuridad que ahí impera, sino que únicamente puede alcanzar una noticia indirecta de su propio mecanismo y su propia naturaleza por el rodeo de la reflexión que recorrieron aquellos filósofos, y con gran dificultad. Mas con ello al intelecto le resulta claro que él está originalmente destinado a la captación de meras relaciones, la cual es suficiente para el servicio de una voluntad individual; y precisamente por eso está esencialmente orientado hacia fuera y aun así es una simple fuerza superficial análoga a la electricidad, es decir, no abarca más que la superficie de las cosas sin penetrar en su interior; por eso no es capaz de comprender o penetrar plenamente y a fondo en uno solo de todos aquellos seres objetivamente claros y reales, ni siquiera el más insignificante y simple; antes bien, en todos y cada uno lo principal sigue siendo un secreto para él. Pero de ese modo es entonces conducido al conocimiento más profundo que se designa con el nombre de idealismo: que aquel mundo objetivo y su orden, tal y como él lo capta en sus operaciones, no existe de forma incondicionada y por sí mismo sino que nace por medio de las funciones del cerebro; por eso existe únicamente en este y, en consecuencia, en esa forma no tiene más que una existencia condicionada y relativa, es decir, es un mero fenómeno [Phänomen], simple manifestación [Erscheinung]. Si hasta entonces el hombre había investigado las razones de su propia existencia bajo el supuesto de que las leyes del conocimiento, del pensamiento y de la experiencia son puramente objetivas, existen de forma absoluta en y por sí mismas, y solo en virtud de ellas existe él y todo lo demás, ahora sabe que, a la inversa, su intelecto, y por lo tanto también su existencia, es la condición de todas aquellas leyes y lo que de ellas se sigue. Entonces comprende por fin que la idealidad del espacio, el tiempo y la causalidad que ahora le resulta clara deja lugar para otro orden de cosas distinto del de la naturaleza, y se ve obligado a considerar este último como el resultado o el jeroglífico de aquel otro.

NOTAS:

[1] Δός μοι ποῦ στῶ καὶ κινῶ τὴν γῆν: «Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo», expresión de Arquímedes según Pappus VIII, p. 1060, ed. Hultsch.]

[2] «Así las cosas encienden luz sobre las cosas», Lucrecio, De la naturaleza de las cosas I, 1109.


SCHOPENHAUER, Arthur, Parerga y Paralipomena, vol. II, § 27. Trad. de Pilar López de Santa María. Madrid: Editorial Trotta, 2009, p. 63-66.

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