Variaciones sobre Dios en «El Ocaso del Pensamiento» (Amurgul gândurilor, 1940), de Cioran

En Ese Maldito Yo [Aveux et Anathèmes, 1987], su último libro, Cioran escribe: “Abuso de la palabra Dios, la utilizo con frecuencia, con demasiada frecuencia. Lo hago cada vez que alcanzo un extremo y necesito un vocablo para nombrar lo que hay después. Prefiero Dios a lo Inconcebible.” El Ocaso del Pensamiento (Amurgul gândurilor, 1940), uno de sus últimos libros escritos aún en rumano, viviendo ya en Francia, es una evidencia flagrante de dicho “abuso”. Son más de 200 ocurrencias de la palabra “Dios”. Se reproduce aquí una gran parte de ellas.


El Ocaso del Pensamiento [Amurgul gândurilor, 1940]

Dios está muy interesado en controlar las verdades. A veces un simple encogimiento de hombros puede hacer que todas se le vengan abajo, puesto que los pensamientos ya hace tiempo que se las socavaron. Si un gusano es capaz de sentir inquietudes metafísicas, también él le quita el sueño.
Pensar en Dios es un obstáculo para el suicidio, no para la muerte. Eso no alivia en absoluto la oscuridad que habrá asustado a Dios mientras se buscaba el pulso por miedo a la nada…
Dicen que Diógenes se dedicaba a falsificar moneda. Todo hombre que no crea en la verdad absoluta tiene derecho a falsificar cualquier cosa. Si Diógenes hubiera nacido después de Cristo, habría sido un santo. ¿Adónde puede llevarnos la admiración por los cínicos y dos mil años de cristianismo? A un Diógenes enternecedor…
Platón dijo de Diógenes que era un Sócrates loco. Difícil resulta ya salvar a Sócrates…


Lo religioso no es una cuestión de contenido, sino de intensidad. Dios se concreta en nuestros momentos febriles, de suerte que el mundo en el que vivimos se convierte en un excepcional objetivo de la sensibilidad religiosa por el hecho de que sólo podemos reflexionar en los momentos neutros. Sin «fiebres» no superamos el campo de la percepción, es decir, no vemos nada. Los ojos sólo sirven a Dios cuando no distinguen los objetos; lo absoluto teme a la individuación.
La intensificación de cualquier sensación es señal de religiosidad. El grado máximo de repulsión nos revela el Mal (la vía negativa hacia Dios). El vicio está más cerca de lo absoluto que un instinto auténtico, porque la participación en lo divino es posible en la medida en que ya no somos naturaleza.
Un hombre lúcido controla sus «fiebres» a cada paso, como espectador de su propia pasión, eternamente sobre sus huellas, entregándose de forma equívoca a las fantasías de su tristeza. En estado lúcido el conocimiento es un homenaje a la fisiología.
Cuanto más sabemos sobre nosotros mismos, más cumplimos con las exigencias de una higiene que consiste en la realización de la transparencia orgánica. Es tanta la claridad, que vemos a través de nosotros. Te conviertes así en espectador de ti mismo.


Si se admite en el universo la existencia real de lo infinitesimal, todo es real; si no existe algo, no existe nada. Hacer concesiones a la multiplicidad y reducirlo todo a una jerarquía de apariencias significa no tener el valor de negar. La lejanía teórica de la vida y la debilidad sentimental por ella nos llevan a la vacilante solución de graduar la irrealidad, a un pro y contra de la existencia.
La situación paradójica expresa una indeterminación esencial del ser. Las cosas no se han ordenado. Tanto como situación real, como de forma teórica, la paradoja surge de la condición de lo imperfecto. Bastaría con una para lanzar el paraíso por los aires.
La contingencia (los oasis de lo arbitrario en el desierto de la Necesidad) sólo es aprehensible por las formas de la razón a través de la intervención de la movilidad que la agitación de la paradoja introduce. ¿Qué otra cosa es ésta sino la irrupción demoníaca en la razón, una transfusión de sangre en la Lógica y un padecimiento de las formas?
Es un argumento irrebatible que los místicos no han resuelto nada, ¿pero lo han entendido todo? Hay un alud de paradojas en torno a Dios para aliviarse del miedo a lo incomprensible. La mística es la expresión suprema del pensamiento paradójico. Los propios santos se han servido de la indeterminación para «precisar» lo indescifrable que resulta lo divino.


Los hombres construyeron el paraíso filtrando de una «esencia» de perdurabilidad la eternidad. El mismo procedimiento aplicado al orden temporal nos hace inteligible el sufrimiento. Ya que, realmente, ¿qué es éste sino «esencia» del tiempo?
Después de la medianoche medita como si ya no formaras parte de la vida o, en el mejor de los casos, como si ya no fueras . Conviértete en una simple herramienta del silencio, de la eternidad o del vacío. Te crees triste y no sabes que estas cosas respiran a través de ti. Eres víctima de una confabulación de fuerzas oscuras, ya que de un individuo no puede nacer una tristeza que no quepa dentro de él. Todo aquello que nos supera tiene su origen fuera de nosotros. Ya sea el placer, o el sufrimiento. Los místicos atribuyeron a Dios la inefable felicidad que experimentaban durante los estados de éxtasis porque no podían admitir que la finitud individual fuera capaz de tanta plenitud. Lo mismo ocurre con la tristeza y con todo lo demás. Estás solo, pero con toda la soledad.


Cuando estoy en una iglesia, a menudo pienso qué fantástica sería la religión si no hubiese creyentes, si sólo hubiese la inquietud religiosa de Dios de la que nos habla el órgano.


Por más amargura que haya en nosotros, no es tan grande como para que pueda dispensarnos de las amarguras de otros. He aquí por qué la lectura de los moralistas franceses se asemeja a un bálsamo en las horas tardías. Saben siempre lo que significa estar solo entre los hombres; y lo insólita que es la soledad en el mundo. Ni siquiera Pascal pudo vencer su condición de hombre retirado de la sociedad. Un sufrimiento algo más reducido, y habríamos registrado una gran inteligencia. Entre los franceses y Dios siempre se interpuso el salón.


Nada de lo que sabemos está libre de expiación. Tarde o temprano, terminamos pagando muy caro las paradojas, los pensamientos osados o las indiscreciones del espíritu. En el castigo que sigue a cualquier progreso del conocimiento hay un extraño embrujo. ¿Has desgarrado el velo que cubre la inconsciencia de la naturaleza? Lo purgarás con una tristeza cuyo origen no puedes ni sospechar. ¿Se te ha escapado un pensamiento revolucionario y amenazador? Hay noches que no pueden llenarse si no es con las evoluciones del arrepentimiento. ¿Has formulado muchas preguntas a Dios? ¿Por qué te extraña entonces el peso de las respuestas que no has recibido?
Indirectamente, por sus consecuencias, el conocimiento es un acto religioso.


Cuando uno ha comprobado que los hombres no pueden ofrecer nada y continúa tratándolos, es como si después de haber liquidado todas las supersticiones, siguiera creyendo en fantasmas. Dios, para obligar a los solitarios a la cobardía, ha creado la sonrisa, anémica y aérea en las vírgenes, concreta e inmediata en las mujeres de mala vida, tierna en los viejos e irresistible en los moribundos. Por otro lado, nada prueba más que los hombres son mortales que la sonrisa, expresión del equívoco desgarrado de lo efímero. Cada vez que sonreímos, ¿no es como un último encuentro, y no es la sonrisa el testamento aromatizado del individuo? La trémula luz del rostro y de los labios, la solemne humedad de los ojos transforman la vida en un puerto, del cual los barcos zarpan a alta mar sin destino, transportando no hombres sino separaciones. ¿Y qué es la vida sino el lugar de las separaciones?


La melancolía es una religiosidad que no precisa de lo Absoluto, un deslizamiento fuera del mundo sin la atracción de lo trascendente, una tendencia por las apariencias del cielo pero insensible al símbolo que éste representa. Su posibilidad de prescindir de Dios (si bien cumple las condiciones iniciales para aproximarse a El) la transforma en un placer que satisface su propio crecimiento y sus flaquezas repetidas. Porque la melancolía es un delirio estético, suficiente en sí mismo, estéril para la mitología. En ella sólo encontrarás el arrullo de un sueño, porque no genera ninguna imagen que no sea su etérea desintegración.
La melancolía es una virtud en la mujer y un pecado en el hombre. Así se explica por qué éste se valió de ella para el conocimiento…


Las diferencias entre los filósofos antiguos y los modernos, tan chocantes y desfavorables a estos últimos, parten del hecho de que los filósofos modernos han hecho filosofía en su mesa de trabajo, en el despacho, mientras que los filósofos antiguos la hicieron en los jardines, en los mercados o a lo largo de Dios sabe qué ribera marina. Además, los antiguos, más perezosos, se pasaban mucho tiempo tumbados porque sabían muy bien que la inspiración viene de forma horizontal. De esta forma, ellos esperaban los pensamientos, mientras los modernos los fuerzan y los provocan por medio de la lectura, dando la impresión de que ninguno ha conocido el placer de la irresponsabilidad meditativa, sino que han organizado sus ideas con una aplicación propia de empresarios. Ingenieros en torno a Dios.
Muchos espíritus han descubierto lo Absoluto por haber tenido al lado un canapé.
Cada posición de la vida ofrece una perspectiva distinta de ella. Los filósofos piensan en otro mundo, porque acostumbrados a estar encorvados, se han hartado de mirar éste.


«Mi corazón, como la cera, se diluye en mis entrañas» (Salmo 22, 15).
¡Dios Santo, haz lo que puedas hasta que te tire mis huesos a la cabeza!


Lo que hay de hombre en ti se pudre en el abuso perverso del conocimiento, y nada expresa más directamente esa suprema desintegración como la inseguridad de tus pasos en el mundo. El vértigo consustancial al fin del hombre es una convulsión límite, al principio premonitoria y dolorosa, después prometedora y estimulante. Una esperanza de diabólica vitalidad nos conduce a repetidas caídas, con vistas a insospechadas purificaciones. Empezará algo distinto una vez que el hombre haya madurado en nosotros y se haya desvanecido, algo extraño al presentimiento de los que han quedado atrás, en un estadio de semihumanidad. ¡Que Dios se te descomponga en las venas, entiérralo junto a tus despojos reunidos a través de los recuerdos, abona con carroña humana y divina el césped de tu esperanza, y que luces de putrefacción respalden la timidez de tantos amaneceres!


No soy yo el que sufre en el mundo, sino el mundo el que sufre en mí. El individuo existe sólo en la medida en que concentra los mudos dolores de las cosas, desde un harapo hasta una catedral. E, igualmente, el individuo sólo es vida en el instante en que, del gusano a Dios, las criaturas gozan y gimen en él.


La amargura es una música alterada por la vulgaridad. Sólo existe nobleza en la melancolía. Por ello no carece de importancia saber en qué matiz del tedio por el mundo has estado pensando en Dios…


La vida: pretexto supremo para quien se encuentra más cerca de la lejanía de Dios que de su proximidad.


Si Dios colocara la frente en mi hombro, ¡qué bien estaríamos los dos así, solos y desconsolados!


Las autobiografías hay que dirigirlas a Dios y no a los hombres. La propia naturaleza da un certificado de defunción cuando uno se dedica a contar sus cosas a los mortales.


Cuando hayas muerto para el mundo, te echarás de menos a ti mismo y consumirás lo que aún te quede por vivir en una nostalgia insatisfecha. Dios es un vecino en el exilio de nuestro yo, que nos condena a buscarnos por otros mundos y a no estar nunca próximos a nosotros mismos, a sernos inaccesibles.


Tras los momentos de intensidad no te conviertes en persona sino en objeto. La aproximación a lo Absoluto acarrea consecuencias más graves que cualquier otra intoxicación. Los estados de resaca de una borrachera son sosegados y placenteros comparados con el agarrotamiento que sigue a las situaciones de debilidad sufridas por causa de Dios. El último acceso sólo nos permite sentir el terror de no entender ya nada y solamente volvemos a entrar en la materia una vez pasado el éxtasis. ¿Hay alguien con valor suficiente para definir los momentos en que miran los santos a lo alto hacia los idiotas?


Las inquietudes teológicas han impedido al hombre el conocerse a sí mismo. Este, al proyectar en Dios todo lo que no es él, muestra muy a las claras a qué siniestro grado de descomposición habría llegado de haber dirigido desde el principio su interés y su curiosidad hacia sí mismo. En el polo opuesto de los atributos divinos, el hombre está reducido a la dimensión de gusano. Y, ciertamente, ¿adónde íbamos a llegar con la psicología y el autoconocimiento? A transformarnos en gusanos, en gusanos que no necesitan seguir buscando sus cadáveres…


El filósofo piensa en la divinidad; el creyente, en Dios. El uno en la esencia, el otro en la persona. La divinidad es la hipóstasis abstracta e impersonal de Dios. La fe, como es un inmediato trascendente, extrae su vitalidad de la ruina de las esencias. La filosofía es sólo una alusión existencial, como la divinidad es un aspecto indirecto de Dios.


No hables de soledad si no sientes cómo se tambalea Dios…, ni de maldición si no Lo oyes terminándose en ti.


Dios es la última tentativa de satisfacer nuestro deseo de sueño… De esta manera, se convierte en un nido cuantas veces le crecen alas a nuestro cansancio.


No estás celoso de Dios, sino de su soledad. Porque frente a la desesperación embalsamada que El es, el hombre es una momia pizpireta.


Cuando te crees más fuerte, te encuentras de pronto a los pies de Dios. De semejante caída no puede redimirte inmortalidad alguna. ¡Pero qué vas a hacer si las heridas de la vida son como ojos vueltos hacia el Creador y como bocas abiertas hacia el alimento de lo absoluto!
Las vigilias que pasamos asustados nos salvan, independientemente de nuestra voluntad, de la superstición de la existencia y, al agotar nuestro ímpetu, nos alimentan con las brisas del desierto divino. El debilitamiento de la voluntad nos lleva a hincar a Dios, como una horca, en medio de nuestras incertidumbres… Lo absoluto es un estadio crepuscular de la voluntad, un estado de hambre extenuante.


La bruma de poesía que, para bien o para mal, envuelve a este mundo, emana del eterno otoño del Creador y de un cielo todavía inmaduro para poder sacudir sus estrellas. La estación en la que se ha detenido nos pone claramente de manifiesto que El no es una aurora, sino un crepúsculo y que sólo nos acercamos a él a través de las sombras. Dios: un otoño absoluto, un final inicial.
La primavera, como cualquier comienzo, es una deficiencia de eternidad. Y los que mueren en su transcurso son los únicos puentes hacia lo absoluto. Cuando todo florece, a los mortales les entra un voluptuoso placer por la soledad, para salvar la envoltura metafísica de la primavera.
Al principio fue el Crepúsculo.


El mortal torbellino que une la vida y la muerte más allá del tiempo y de la eternidad… Es imposible descubrir ese misterioso dónde, situado fuera del tiempo y de la eternidad, pero el alma se eleva de las llamas postreras hacia una pradera incendiaria. Morimos y vivimos en un místico noviazgo con la soledad… ¿Qué demonio del ser y del no ser nos arranca de todas las cosas para llevarnos a un todo donde la vida y la muerte levantan bóvedas a un suspiro? Desde ahora en adelante subirás por el éxtasis las espirales de un mundo que deja tras de sí la nada y otros cielos, en el espacio que alberga la soledad, un espacio tan puro que también la nada lo mancha. ¿Dónde, dónde? ¿Es que no sientes una brisa como el sueño inocente de la espuma? ¿No respiras el paraíso creado por la utopía de una rosa?
Así tiene que ser el recuerdo de la nada en una flor marchitada en Dios.


Dios mío, he nacido terminado en ti, en ti, ¡oh Terminadísimo! Y, a veces, te he sacrificado tanta vida que he sido como una fuente que brota de tu propio infortunio. ¿Qué soy en ti, carroña o volcán? ¿O es que no lo sabes ni siquiera tú, oh Abandonado? ¡Qué temblor de demiurgo cuando gritas pidiendo socorro, para que la vida no muera de su infinito…! Estoy buscando el astro más alejado de la Tierra para hacerme en él una cuna y un ataúd, para nacer de mí y morir en mí.


La pérdida de la ingenuidad da origen a una conciencia irónica, que no puedes reprimir ni siquiera en la proximidad de Dios. Te revuelcas en medio de una histeria tierna y dices a todo el mundo que vives… Y te creen.
El devenir es una agonía sin desenlace, porque lo supremo no es una categoría del tiempo.


Los desiertos son los parques de Dios. Desde siempre Dios pasea su cansancio por ellos, y en ellos nuestros atormentados ímpetus se lamentan. La soledad es nuestro punto en común con El, pero también con el diablo. Desde el principio de los tiempos, rivalizan en estar solos; y nosotros hemos llegado tarde, incluso demasiado tarde, a una contienda fatal. Cuando se retiren de la arena, nos quedaremos solos en medio de la Soledad y los desiertos serán pequeños para dar sobre ellos un salto mortal.


El enfriamiento de las pasiones, la moderación de los instintos y la disolución del alma moderna han hecho que perdamos la costumbre de sentir el consuelo de la furia y han debilitado la vitalidad de nuestro pensamiento, de donde emana el arte de maldecir. Shakespeare y el Antiguo Testamento nos presentan a unos hombres frente a los cuales somos monos engreídos o recatadas damiselas, que no saben gritarle al cielo su dolor y su alegría, provocar a la naturaleza o a Dios. ¡A esto nos han conducido siglos de educación y de erudita majadería! En otros tiempos, los mortales gritaban, hoy se aburren. La explosión cósmica de la conciencia ha sido sustituida por la intimidad. ¡Aguanta y revienta! Esta es la divisa que distingue al hombre moderno. La distinción es la superstición de un género corrupto. Pero la tensión espiritual exige un determinado nivel de barbarie, sin esta tensión los engranajes del pensamiento se resienten, un estado volcánico que sólo puede calmarse por medio de cobardías aceptadas. Una idea que arrolla con el ímpetu de un himno, con la magia del delirio o de la fatalidad, tal como sucede en la incandescencia de las maldiciones, esas lenguas de fuego del espíritu.
Los modernos son tibios, muy tibios. ¿No habrá sonado la hora para que nuestra alma aprenda a amar y a odiar, con toda la dimensión de la naturaleza? La maldición es una provocación desmesurada, y su fuerza aumenta conforme se dirige hacia lo inconmensurable. Ese es su objetivo final. Una vez que las palabras han puesto contra la pared a un individuo, a un pueblo o a la naturaleza, sólo queda la furia contra el cielo.
La imprecación es una adhesión a la vida bajo la apariencia de destrucción; un falso nihilismo. Porque sólo se puede tronar y fulminar desde lo absoluto de un valor. Job amaba la vida con una pasión enferma, y el rey Lear se apoyaba en el orgullo como si fuera una deidad. Todos los profetas del Antiguo Testamento se enfurecen en nombre de algo, en nombre del pueblo o en el de Dios. Y en nombre de la nada pueden lanzarse maldiciones si nos adherimos a ella dogmáticamente. Un estallido despiadado e incendiario, un absoluto en tono directo, un torrente de destrucción apoyado en una certeza, confesada o no. Que en el envés de la desesperación se esconda una fe o el titanismo del yo poco importa a la furia de la maldición como tal. El nivel del alma, el grado de la pasión de un ser, he ahí el todo. Porque en sí, la maldición no es más que un dogmatismo lírico.


Si yo fuera Dios, haría de mí cualquier cosa excepto un hombre. ¡Qué grande sería Jesús si hubiera sido más misántropo!


El hombre se afana por ser al menos un error como Dios es una verdad. Los dos siguen una vía que ofrece pocas esperanzas y oportunidades. Es cierto que Dios está en camino desde la eternidad y se busca a sí mismo desde los inicios, mientras que el vagar humano es más reciente. Si podemos ser más indulgentes con el hombre, ¿encontraremos aún argumentos en favor de Dios, que no es más que una síntesis de nuestras excusas? Todos lo hemos definido por la ausencia, le hemos permitido la existencia cuantas veces ha sido necesario, hemos perdonado sus incumplimientos hasta la cobardía. Nosotros nos ahogaremos en el error, ¡pero un Dios que no dispone más que de un fragmento de verdad…! Estad seguros de que si la hubiera descubierto, hace mucho que nos la habría pregonado a los cuatro vientos.


Hasta el hecho de beber agua es un acto religioso. Lo absoluto se deleita en la última brizna de hierba. Lo Absoluto y lo Vacío…
¿Dónde no está Dios? ¿Dónde no se hallan ni Dios ni la Nada? La desesperanza es una vitalidad de la Nada…


La teología no ha podido esclarecer hasta ahora quién está más solo: si Dios o el hombre. Ha venido la poesía. Y he comprendido que es el hombre…


Me gustan las gentes del Antiguo Testamento: son pacientes y tristes. Los únicos que le han pedido cuentas a Dios cuantas veces han querido; que no han dejado pasar ocasión de recordarle que era despiadado y que ellos ya no podían esperar más tiempo. Por entonces los mortales tenían instinto religioso, hoy sólo fe y ni siquiera eso. El mayor fracaso del cristianismo es no haber sabido endurecer las relaciones entre el hombre y el Creador. Demasiadas soluciones y demasiados intermediarios. El drama de Jesús ha aliviado los sufrimientos y ha suprimido la exaltación de la hombría en los asuntos religiosos. En otra época se levantaban los puños al cielo, hoy sólo las miradas.


Soy un Job sin amigos, sin Dios y sin lepra.


En el café, más que en ninguna otra parte, no se puede hablar ya sino con Dios.


¡Ojalá pudiera volverme una fuente de lágrimas en las manos de Dios! ¡Llorar en él y que él llorara en mí!


La atención ininterrumpida al ser es la fuente del hastío. ¡Qué pena que la existencia no resista al espíritu! Hasta Dios desaparece por causa de nuestra atención.
La nada es atención absoluta.


Los hombres son en general objetos. Por eso sienten la necesidad de que «exista» Dios. Cuando han hecho el paso del objeto al yo, Dios es superior al hecho de ser o de no ser. Justamente como el yo, El se convierte en una realidad que se busca.


En las grandes soledades se tiene la impresión de que un demonio nos ha estrangulado para cruel deleite de Dios.
Y por eso la razón teje en ellas una teología irresponsable.


Siempre que un ser no encuentra su «acomodo» en la existencia, se encuentra en presencia del Mal. De éste deriva todo fracaso y, al ser inmanente al devenir, todos los seres tienen que luchar contra él.
En la medida en que Dios no está acomodado en sí mismo, por esta deficiencia de su condición, participa del mal. Además, ¿no es él el Gran Fracasado?
Respecto al hombre, que anda buscando su destino desde Adán hasta hoy, se ha hecho acreedor de la dignidad en su lucha contra el mal. Su fracaso tiene algo de reconfortante y heroico: al no estar presente como ser, al no tener lugar alguno en la existencia, se ha creado una condición desde su falta de condición, de suerte que nadie puede decir todavía si el hombre es algo, nada o todo.
Todos sabemos, o sospechamos, qué es un animal o un Dios. En cualquier caso, ellos «están». Pero el hombre no está; ¿pues no es un agente de enlace entre los mundos? ¡Ay! ¡Ojalá lo fuera! Pero en el valor modal del verbo se encuentra la definición misma del Mal.
En una teología «seria», que intentara salvar de forma absoluta a Dios, el mal no encuentra una explicación válida. Las teodiceas se han revelado insuficientes frente a este obstáculo esencial.
La existencia del mal convierte al Todopoderoso en un Absoluto decrépito. El devenir ha engullido su misterio y su poder.
El mal no es comparable sino con un Dios… laico.


Es más fácil hacer la biografía de una nube que decir algo sobre el hombre. ¿Y qué decir cuando sobre él todo vale?
Con un poco de benevolencia Dios cabe en una definición; el hombre, no. A él todo se le aplica, todo le «va», como todo lo que es y no es.


La necesidad de probar una afirmación, de cazar argumentos a diestro y siniestro, presupone una anemia del espíritu, una inseguridad de la inteligencia, pero también de la persona en general. Cuando un pensamiento nos invade poderosa y violentamente, surge de la sustancia de nuestra existencia; probarlo, cercarlo con argumentos significa debilitarlo y dudar de nosotros. Un poeta o un profeta no demuestran nada porque su pensamiento es su ser; la idea no se diferencia de su existencia. El método y el sistema son la muerte de la razón. Incluso Dios piensa de manera fragmentaria; en fragmentos absolutos.


¿Será Dios algo distinto a un intento de satisfacer mi infinita necesidad de Música?


Los elementos que definen la enfermedad: el exceso de conciencia; paroxismo de individuación; transparencia orgánica; lucidez cruel, energía proporcional a la «pérdida»; respiración en paradoja; religiosidad vegetativa, refleja; orgullo visceral; vanidad herida de la carne; intolerancia; delicadeza de ángel y bestialidad de verdugo.
Todo enfermo se parece a un Dios mendigando a la puerta del Paraíso. Por otra parte, ¿no es como si se hubiera infiltrado en cada una de sus células una paradoja? La enfermedad es un estado de inspiración de los tejidos, una megalomanía de la carne, un pathos imperialista de la sangre.


Estás más seguro en Dios que en una buhardilla parisiense.


El devenir es un deseo inmanente del ser, una dimensión ontológica de la nostalgia. Nos hace inteligible el sentido de un «alma» del mundo.
¿Por qué cuando nos adentramos en su misterio, somos presa de un patético temblor y de una agitación casi religiosa? ¿No será por casualidad el Devenir un huir de Dios? ¿Y no será su desgarradora huida una vuelta a El? Es muy posible, desde el momento en que el Tiempo suspira, en todos y cada uno de sus instantes, por lo Absoluto. La nostalgia expresa más directa y dramáticamente la imposibilidad del hombre de fijar su destino. «Devenir» hipertrofiado, saborea en su inestabilidad su ausencia de condición. ¿Y no es como si el hombre estuviera «apresurándose» con todo el tiempo?


En Dios sólo hay que ver una terapéutica contra el hombre.


¿Qué niebla atraviesa las entrañas y qué muros se derrumban en la carne?
¿A quién aúllan los huesos en lo alto, y por qué las alturas oprimen mi tristeza que apresuradamente corre hacia la nada?
¿Y qué vocación a ahogarse empuja a mis pensamientos hacia aguas muertas?
¡Dios mío! ¿Por qué cuerdas puedo trepar hacia ti para estrellar mi cuerpo y mi alma contra tu indiferencia?


Dios es el modo más favorable de prescindir de la vida.


Cuando te acercas a Dios por la maldad y a la vida por las sombras, ¿adónde puedes llegar si no es a una mística negativa y a una filosofía nocturna?
Crees sin creer y vives sin vivir… La paradoja la resuelves con una ternura cruenta que refuerzan los crepúsculos y enlutan las auroras.


Toda desesperanza es un ultimátum a Dios.


La neurastenia es al hombre lo que la divinidad es a Dios.


Cuando no tienes con qué compararte, te comparas con Dios. Todo exceso nos lo aproxima. Porque El no es sino nuestra incapacidad de detenernos en algún lugar. Todo lo que no tiene límite, el amor, la ira, la locura, el odio, es de esencia religiosa.


La necesidad de terminar en Dios no es más que el deseo de morir tu muerte hasta el final, de no terminar siendo sobrevivido por una vida que no has vivido. El temor de no haber muerto del todo es lo que transforma la muerte en algo tan terrible. Después de la eternidad languidecemos en Dios por miedo a no estar vivos cuando externamente sólo somos carroña. Si para nacer hemos esperado una eternidad, tenemos que esperar otra para morir.


Bajo una mirada melancólica hasta las piedras parecen soñar, es inútil que, sin ella, busquemos algo de nobleza en la naturaleza.
La melancolía expresa todas las posibilidades celestiales de la tierra. ¿Acaso no es ella la cercanía más alejada de lo Absoluto y no es una realización de lo divino por la huida de Dios? ¿Qué podríamos oponer sin ella al Paraíso cuando sólo nos ata al mundo el hecho de vivir en él y el vacío positivo del corazón?


¿No será Dios mi propio estado de la nada?


¿No implica la necesidad del veneno un placer negativo de la eternidad? Si no fuera así, ¿por qué nos arrojamos a los brazos de un diablo divino cuando la sed de envenenarnos nos emponzoña el pensamiento?
Ese deseo es una crisis de la inmanencia; un máximo de trascendencia con los medios del mundo. Pero todos juntos son demasiado débiles para envenenarnos de otro mundo hasta hacernos olvidar el veneno. ¿Cuándo reventará de una vez la hiel del espíritu?
¡… Y cómo tenemos que agradecer al cielo el que haya un veneno que no se acaba nunca, y cuánta adoración debemos a Dios por ese veneno inagotable! ¿Qué haríamos si no lo apuráramos hasta la hez durante las noches de insomnio? ¿Y dónde estaríamos si no nos arrastráramos en sus profundidades?


El hombre depende de Dios de la misma manera que éste depende de la divinidad.


Exhausto de bajar a cada momento de Dios… Y esa falta de descanso llamada «vivir»…
No te agotas por el trabajo, el infortunio o las penalidades, sino por el arrepentimiento de tu andadura por el mundo llevando la sombra de Dios a tus espaldas. Nada es más propio de las criaturas que la fatiga.
¡Cómo se me parte el alma y se me tambalea la razón! ¡¿Quién apagará la sensual bruma de mi sangre y el loco bramido de mis huesos?!


¡Dios mío, cómo quisiera poder hacer trizas los astros para que su brillo no me impidiera morir en ti! ¿Y encontrarán reposo mis huesos en tu luz? ¡Muéstrame las tinieblas, baja tus noches para que en ellas coloque la tierra de mis miedos y la carne difunta de esperanzas! ¡Ataúd sin principio, colócame bajo el negro de tu cielo y las estrellas harán de clavos en tu tapa y la mía!


Una cosa es descubrir a Dios a través de la nada y otra descubrir la nada a través de Dios.


¿Qué herida se me ha abierto como una primavera negra y verdea mis sentidos con fúnebres capullos? ¿Qué ángel y con qué armas ha ensangrentado mi savia? ¿Me habrá devuelto Dios mis maldiciones?
Cualquier injuria que se Le dirija se vuelve contra el que la dijo. Pues, al destruirlo, te siegas la hierba bajo los pies. Al sacudir el firmamento, sacudes tu propia firmeza.
El odio contra Dios arranca de la repugnancia de uno mismo. Se le mata para enmascarar la propia caída.


El sentido del hombre es asumir el sufrimiento de Dios. Por lo menos, desde el cristianismo en adelante.


Es religioso quien puede prescindir de la fe pero no de Dios.


Solamente mi sangre mancha todavía la palidez de Dios… (¿Me perdonarás Tú esas gotas de tristeza y locura?)


Un alma que tiene espacio para Dios ha de tenerlo para todo. ¿No arrancará de ahí la necesidad de confesar a un creyente nuestras últimas zozobras y angustias? ¿Qué nos induce a creer que él no pueda ser capaz de comprendernos? Como si creer en Dios fuera un vicio en cuyo interior puede excusársenos de todo, o un abuso frente al cual todo vale. O que puede dispensársenos cualquier crimen en el mundo porque, a causa de Dios, ya no pertenecemos a la tierra.
Nada tiene que escapársele a un creyente: la repugnancia, la desesperación, la muerte.
Los hombres caen hacia el cielo porque Dios es un abismo visto desde abajo.


La revelación súbita: saberlo todo, y el escalofrío que sigue: no saber ya dónde. De pronto los pensamientos han deshecho el universo y los ojos se han detenido en los yacimientos del ser.
El tiempo ha dejado de respirar. ¿Cómo medirías entonces el torbellino de la luz que te inunda? Parece durar más o menos lo que la ausencia absoluta de un segundo.
Tras estos relampagueos el conocimiento resulta inútil, el espíritu se sobrevive y Dios se vuelve vacío de divinidad.


¿Desde cuándo se habrán instalado los desiertos en la sangre del hombre? ¿Y desde cuándo claman los ermitaños sus oraciones a lo alto? ¿Cuánto tiempo todavía seguirán plañendo las planicies en su envenenada ondulación? ¿Y cuándo cesarán de ahogarse los oprimidos en las olas interiores de la muerte?
¡Dios mío! Tu único mártir: la sangre del hombre.


El hombre, asqueado de sí mismo, se vuelve un lunático que busca perderse en los desiertos de Dios.


Si no crees que eres el autor de las nubes que cubren el cielo, ¿para qué sigues hablando de hastío? Y si no sientes cómo se hastía el cielo de ti, ¿para qué sigues mirando hacia Dios?


El amor es el único modo fecundo de engañarse en el marco de lo absoluto. Por ello, al amar, solamente podemos estar cerca de Dios a través de todas las ilusiones de la vida.


Cuando la mente se dirige a Dios, lo único que todavía nos liga al mundo es el deseo de no permanecer ya en él.


En la mar divina, el archipiélago humano ya no espera más que el flujo fatal que lo ahogue.
Lo único que te une a Dios es el orgullo, como si fuera una península; le perteneces y no le perteneces. Querrías huir de El aunque eres parte de El.
Los elementos de una geografía celestial…


El hecho de ser hombre es tan importante y tan nulo que no puede soportarse más que por el inmenso desconsuelo que encierra esa decisión. ¡Vivir con el sentimiento de que es más revelador ser hombre que Dios, que es dolorosamente significativo este ser y no ser de la condición humana y, sin embargo, que te aplasten los límites visibles de un drama aparentemente inconmensurable!
¿Por qué el vagabundeo humano es más desgarrador que el divino? ¿Por qué Dios parece tener todos los papeles en regla y el hombre ninguno? ¿No será que este último, por andar vagando entre el cielo y la tierra, se arriesga y sufre mucho más que el Otro, instalado en el confort de lo Absoluto?


La pereza se me encarama al cielo. Y paso una eterna vacación al abrigo del párpado divino…
¿Valdrá Dios lo que el mar? ¿Por qué cuando me golpean las olas la teología me parece una ciencia de las apariencias?
El mar, inmensa enciclopedia de la aniquilación, es más extenso que el cielo, pobre manual de lo Absoluto.


Entre los hombres y yo se interponen los mares en los que me he sumergido con el pensamiento. De igual suerte, entre Dios y yo se alzan los cielos bajo los que no he muerto.


Dios no ha tenido necesidad de enviarnos verdugos; hay tantas noches sin lágrimas… Al alborear la vida tiemblan las sombras de la muerte. ¿No es la luz una alucinación de la noche?


Entre los hombres y yo se interponen los mares en los que me he sumergido con el pensamiento. De igual suerte, entre Dios y yo se alzan los cielos bajo los que no he muerto.


Cuando quieras volverte hacia Dios, hiela la luz entre él y tú. El hombre sufre de una primavera de la oscuridad.


¿Por qué pesan tanto los instantes? ¿Cómo es que no duermen a la vera de nuestra fatiga? ¿Cuándo le arrebatará Dios el tiempo al hombre?


Dios es el heredero de los que murieron en El. Así te separas fácilmente de ti y del mundo, dejándolo que prosiga adelante con el hilo de tantas tristezas y abandonos.


Si se trata de elegir entre errores, Dios resulta por lo menos el más reconfortante y el que sobrevivirá a todas las verdades. Pues se formó en el punto donde la amargura se vuelve eternidad, igual que la vida (error pasajero) nació en la encrucijada de la nostalgia con el tiempo.


Sin Dios, la soledad sería un alarido o una desolación petrificada. Pero con El, la nobleza del silencio atempera el desvarío que nos produce la falta de consuelo. Cuando ya lo hemos perdido todo, recobramos la calma eternizando nuestros sueños bajo los desnudos árboles de sus alamedas.
Sólo el pensar en El me mantiene de pie. Cuando extirpe mi soberbia, ¿podré acostarme en su cuna misericordiosa y profunda y adormecer mis insomnios consolado por su vigilia?
Más acá de Dios sólo nos queda el anhelo por El.


Todo cansancio esconde una nostalgia de Dios.


El conocimiento de los hombres nos lleva a quedarnos más solos con Dios.


La desgracia de los que durante toda su vida han estado buscándose a sí mismos es reencontrarse incluso en Dios. Una humildad apacible e inmensa es el único modo de transformar en virtud el cansancio de existir.
Quien ya no quiere ser está expresando negativamente una aspiración a todo. Desear la nada satisface púdicamente una secreta y confusa apetencia de divinización. Sólo nos aniquilamos en Dios para ser El mismo. Las vías de la mística pasan por los más dolorosos misterios de la soberbia de las criaturas.


¿Dios? La nada en hipóstasis de consuelo. Un soplo positivo en la Nada pero por la que querría sangrar como un mártir… exonerado de morir.
Es muy posible que el secreto último e la historia humana no sea otro que la muerte en y para Dios. Todos nos extinguimos en sus brazos, los ateos los primeros.


La extraña sensación de que todos los pensamientos han huido de mí hacia Dios, que guarda mi mente cuando la he perdido…
O que, perdido en Su interior, una sed de apariencias me impide seguir respirando.
El desajuste entre Dios y la vida conforma el más acerbo drama de la soledad.


Como si acabara en ti un último resto de la sustancia pura de la noche con la que Dios se encontró la primera vez…


¿Acaso perdonará Dios al hombre por haber llevado tan lejos su humanidad? ¿Comprenderá El que no ser ya hombre es el fenómeno central de la experiencia humana?


El último peldaño del inicio de nuestra primavera: Dios.


¡Si todo cuanto he dado en vano a los hombres lo hubiera derrochado en Dios, cuán lejos estaría ahora!


Cuando con un esfuerzo doloroso llevas la carga del propio ser, tus semejantes están más cansados de ti que tú mismo.
Cuando el desapego del mundo alcanza un cierto grado, los hombres existen sólo por los excesos de la memoria, y tú por un vestigio de egoísmo.
Adondequiera que encaminares tus pasos sólo te encontrarás con Dios.


Para amar hay que olvidar que nuestros semejantes son criaturas; la lucidez sólo nos acerca a Dios y a la nada. Sólo alcanzan la felicidad aquéllos para quienes el amor es un todo que no les revela nada, los que aman entre escalofríos de ignorancia y perfección.
Visto desde el horizonte del mundo, Dios está tan lejos como la nada.


Los precipicios del hombre no tienen fondo porque descienden en Dios.


¡Dios mío! ¿Por qué he merecido la dicha sobrenatural de este instante en que estoy fundiéndome en los cielos? ¡Arroja sobre mi cabeza dolores aún mayores si tan alta recompensa tienen! ¿He perdido mi rastro entre los ángeles? Haz que jamás vuelva a encontrarme conmigo. ¡Ayúdame para que pueda ahogar mi espíritu en el paraíso de los sentidos que el cielo ha hecho enloquecer!


El hombre no tiene derecho a creerse perdido mientras la desesperanza esté ofreciéndole la destrucción voluptuosa en Dios.


Del «yo» sólo deberían hablar Shakespeare o Dios.


Sólo en los grandes sufrimientos, cuando estás muy cerca de Dios, te percatas de lo vano que es el papel de Mediador de su Hijo y qué destino menor esconde el símbolo de la Cruz.


No encuentro la clave de este hecho: en la alegría inspirada imitamos a Dios, y en la tristeza nos quedamos con la ceniza de nuestra propia sustancia.


En las orillas del mar la sequía interior de los días desiertos reúne, en una misma sed, el deseo de felicidad y de dolor. En sus orillas siempre nos eximimos religiosamente de Dios…


Desde el hastío, a través de un largo proceso, podemos fondear en Dios. En sí, el hastío sólo es una falta de religión.


La eternidad es el invernadero donde Dios se marchita desde el principio, y el hombre, de vez en cuando, por el pensamiento.


A solas con el diablo. ¿Por qué se deja ver menos que Dios? ¿O es que vives a éste último más diabólicamente, de modo que la extraña mezcla vuelve superflua la demostración de la esencia pura de Satán?
La vía de los anhelos diarios sube desde la tierra al cielo. El camino inverso es más raro. Por esa razón el diablo es una atrocidad menos frecuente que su gran Enemigo.


El encanto de la angustia reside en el pavor a las soluciones, en saberlo todo en las preguntas… Toda respuesta está manchada por algún matiz de vulgaridad. La superioridad de la religión deriva de creer que sólo Dios puede responder.


Los rayos dispersos que emanan de Dios sólo se muestran en el crepúsculo de la razón.


La experiencia hombre ha tenido éxito sólo en los instantes en que éste se cree Dios.


Cuando invoques a Dios, hazlo con el pronombre, tú solo, para poder estar con El. De lo contrario eres hombre y nunca estarás cara a cara con Su soledad.


Un hombre sólo puede hablar honradamente de sí mismo y de Dios.


Cuando se es teólogo o cínico, se puede soportar la historia. Pero quienes creen en el hombre y en la razón, ¿cómo es que no enloquecen de desilusión y conservan el equilibrio ante el eterno mentís de los acontecimientos? Sin embargo, apelando a Dios o al asco, se desenvuelve uno bien en el devenir… La oscilación entre teología y cinismo es la única solución al alcance de las almas heridas.


¿A qué misterio se debe el que nos despertemos algunas mañanas con todos los errores del Paraíso en los ojos? ¿En qué manantiales de la memoria abrevan lágrimas interiores de dicha, y qué antiquísimas luces mantienen el éxtasis divino sobre el desierto de la materia?
… En mañanas como ésas entiendo la no-resistencia a Dios.


Esos desgarros de la carne y demencias del pensamiento durante las cuales caeríamos en plena santidad si Dios no acudiera en nuestra ayuda… Sus vacilaciones hacen que nos sintamos reconciliados con el mundo.


¿Por qué no has hecho de mí un tonto eterno bajo tus imbéciles bóvedas, Dios mío?


La lucha no tiene lugar entre hombre y hombre sino entre el hombre y Dios. Por ello, ni los problemas sociales ni la historia pueden resolver nada.


Pensar en Dios sólo sirve para morir. No vamos hacia él de buen grado sino porque no nos queda otro remedio.


Mi corazón, atravesado por el cielo, es el punto más alejado de Dios.
Nada puede hacerme olvidar la vida, aunque todo me aliena de ella. A idéntica distancia de la santidad y de la vida.


En un mundo donde ya no tengo a nadie solamente me queda Dios.


Las calles desiertas en las grandes ciudades: da la impresión de que en cada casa hay alguien ahorcándose.
… Y, luego, mi corazón: cadalso hecho a la medida de sabe Dios qué diablo.


En las desesperaciones súbitas e infundadas el alma es un mar en el que se ha ahogado Dios.


En el último grado de lo incurable, tomas partido por Dios. Creer significa morir con las apariencias de la vida. La religión alivia lo absoluto de la muerte para poder atribuir a Dios virtudes resultantes de esa situación de disminución. El es grande en la medida en que la muerte no lo es todo. Y hasta ahora nadie ha tenido la arrogancia de sostener (salvo en los casos de entusiastas errores) que aquélla lo fuera todo…


Cuanto más pierdo mi fe en el mundo, tanto más me hallo en Dios, sin creer en él. ¿Será una misteriosa enfermedad o una nobleza de la razón y del corazón lo que induce a ser al mismo tiempo escéptico y místico?


Una vez que el alma ha filtrado a Dios, el poso que queda se convierte, como si de un castigo se tratara, en sustancia suya.


Todos los caminos van de mí hacia Dios, no hay ninguno que venga de El hacia mí. Por eso el corazón es un absoluto, y lo Absoluto, una nada.


Cuanto más inciertos son los límites del hombre, más fácilmente se acerca a la falta de fondo de Dios. ¿Acaso lo habríamos encontrado si hubiera sido él naturaleza, persona o cualquier otra cosa? Sobre él sólo podemos decir lo siguiente: que no se termina en las profundidades. Así, el hombre no tiene más puente hacia la inmensidad divina que lo indefinido. La falta de fondo es el punto de contacto entre el abismo divino y el humano.
Nuestra tendencia a perder los límites, nuestra inclinación por lo infinito y por la destrucción son un escalofrío que nos instala en el espacio donde se exhala el soplo divino. Si nos quedásemos reducidos a los límites de la condición individual, ¿cómo podríamos deslizarnos hacia Dios? Nuestra inseguridad, nuestra vaguedad, representan focos metafísicos más importantes que la confianza en un destino y el orgulloso abandono a una razón de ser. Las flaquezas humanas son posibilidades religiosas a condición de que sean profundas. Porque entonces llegan hasta Dios.
Las olas de la nada que agitan al ser humano se prolongan en ondulaciones hasta la ausencia infinita de la divinidad. La única base del hombre es un fondo insondable de Dios.


Arrodillado, ¿traspasaré acaso la tierra? ¿Llevaré hasta el final mi rechazo a la oración? ¿Humillaré a Dios con mi libertinaje sobrenatural?
Cuanto más subo hacia el cielo, más bajo a la tierra.
El espíritu, despegado de todo, marcha con idéntica fuerza en direcciones opuestas. No puedes adherirte a nada sin hacer una reserva equivalente. Toda pasión despierta, de manera simultánea, el polo opuesto. La oposición es la sustancia de la vida humana. Tengo de mi parte todas las direcciones del mundo desde que ya no me tengo.
La paradoja expresa la incapacidad de estar naturalmente en el mundo.


Dios está suspirando a cada momento; y es que el tiempo es Su oración.


No querría perder la razón. ¡Pero resulta tan prosaico conservarla! ¡Vigilar inútilmente lo incomprensible del mundo y de Dios y extraer ciencia del sufrimiento! ¡Estoy borracho de odio y de mí!


CIORAN, Emil, El ocaso del pensamiento. Trad. de Juan Garrigós. Barcelona: Tusquets, 2000.

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