“Nihilismo y naturaleza” – CIORAN

Empecé a dudar de mi «futuro» al comprender que ya no podía vivir sin la naturaleza. Porque entre árboles y flores puedes batallar contra Dios, mas difícilmente podría interesarte ya un solo hombre. No es que la naturaleza sea la fuente de la misantropía, pero ella ahonda en nosotros ese asco por los hombres que el contacto humano nos despierta desde la niñez y que se intensifica en paralelo con nuestra lucidez. ¿Y cuándo comprendemos que ese aborrecimiento ha alcanzado su madurez? Cuando podemos leer a los moralistas franceses con la indiferencia que se tiene ante las evidencias. Estás perdido para la historia cuando un La Rochefoucauld o un Chamfort ya no pueden sorprenderte en modo alguno, cuando tienen razón, demasiada razón.

Todo paisaje nos sustrae del tiempo, y la naturaleza, en general, no es sino una deserción de la temporalidad. De ahí la extraña sensación, indefiniblemente torturante y placentera, de que nada ha existido nunca cada vez que nos abandonamos a ese sueño de la materia que es la naturaleza.

Observad un árbol en un inmóvil día de sol, cuando las hojas parecen el bordado de un corazón en primavera, y comprenderéis que todos los problemas devienen insulsos ante el crecimiento indiferente de la naturaleza, ante su inconciencia. O bien, cuando se tiene la fortuna o la desgracia de contemplar diariamente un abeto alzado frente a la casa como una negación y una demostración de la vida contra sí misma, la inutilidad de todo esfuerzo te parece aplastante y querrías que la innominada vida de la naturaleza te subyugara. Quien no ha envidiado nunca a las plantas no sabe lo que significa el terror de la conciencia. La debilidad hacia la naturaleza nace del horror a la conciencia. Cuando el espíritu ya no significa nada, amamos la ausencia de preguntas y respuestas de las plantas.

El hombre se ha «desertado» de la naturaleza. En la medida en que lo ha logrado, se ha desorbitado de la vida, y su tragedia se agota en lo que ha añ  adido a la naturaleza. Su evasión de entre las bestias eternas de Dios le ha creado una trascendencia con respecto a la vida que en vano intenta vencer mediante la aspiración a la inconciencia originaria. ¿Hacia qué se inclinan los corazones en su amor a la naturaleza? Hacia su sueño. La necesidad de olvidar el terror… El  sueño de la naturaleza es el mecimiento  primordial,  la voluptuosidad de la indivisión, la irresponsabilidad del cielo o la felicidad de ignorarlo todo. Entre flores y árboles, el conocimiento es un pecado; bajo un alegre azur, un atentado. Desde Adán hasta Baudelaire o Dostoievski, el hombre no ha hecho más que registrar las consecuencias catastróficas de lo que a la naturaleza ha añadido. En el plan de la creación, el espíritu no estaba previsto.

El amor a la naturaleza es en el fondo una añoranza. Cuanto más reducido es el grado de conciencia en que alguien vive, menor es su amor hacia ella. Aquí no puede hablarse de añoranza, cuando es aquél naturaleza apenas pervertida. Un inconsciente no repara en el paisaje, pues de él no puede disociarse. Y así ocurre con todo hombre feliz. ¿Qué podría buscar éste en la naturaleza? Si no necesita reencontrarla. Los imbéciles y los dichosos no descienden de Adán…

Nietzsche dice en algún lugar: «Buscabas la carga más pesada y te has encontrado a ti mismo». Aman la naturaleza quienes entienden y sienten esto…

Lo que te determina a hacer algo es la presencia efectiva del tiempo. No puedes dejarlo fluir junto a ti. Entonces devienes activo por convicción. Te decides a tomar parte en la historia y, en un momento dado, puedes devenir profeta. Quien vive en el tiempo ha de ser su víctima, pues no sería ya tiempo si no englutiese y destruyese todo. ¿No sientes a veces la necesidad de competir con él, de desafiarlo? T al vez aquí residan las raíces últimas de la autodestrucción.

Empezamos a entender qué es la eternidad cuando nos encontramos solos ante la naturaleza. La mediocridad del devenir se te antoja entonces un atributo puramente humano. Erróneamente se cree que la germinación de la naturaleza da una impresión de movilidad y dinamismo. Su proceso de crecimiento no es inmediatamente perceptible; la contemplación de la naturaleza nos traspone, por el contrario, en una calma aniquilante, y la belleza asume un carácter de irrealidad.

Todo paisaje me hace olvidar que existe un «cuando», un «entonces», que ha habido alguna vez instantes o que he sido capaz del vicio de ser feliz en el tiempo. La naturaleza no puede ser gustada sino como una mezcla de cementerio y paraíso. Y nunca pedí a la soledad más que una lápida y un beso… Nada ha sido nunca es el rumor que nos consuela en los crepúsculos y a veces el sol nos lo escribe, a pleno día, sobre un infinito azul. Los crepúsculos nos desvelan todos los equívocos de la vida, siendo la falsa agonía del crepúsculo un supremo equívoco.

Sólo en la medida en que odias a los hombres puedes considerarte liberado. Hay tantas otras cosas que reclaman nuestro amor. ¿Qué sentido tiene seguir ligado a ellos? Hay que odiarlos para tener la libertad de adherir las perfecciones inútiles, las tristezas de más allá del tiempo, las felicidades suprahistóricas. Hay una falta de distinción y de gusto en toda adhesión a la humanidad. El disgusto hacia el hombre te hace amar la naturaleza. Así aparece ella en su rol de consoladora. Su función es cerrar nuestras heridas, sanarnos del contacto humano. Una vez desinfectados, podemos emprender otro camino, por el que nadie nos seguirá. Como tal, la naturaleza no es sino un estadio de nuestro desapego del mundo, al igual que la ilusión de la filosofía romántica (en especial, Schelling) la consideraba una etapa de la odisea del espíritu.

Volvemos a la naturaleza por el rodeo de la historia. Después de habernos mezclado en las tareas del devenir y degradado en los acontecimientos, redescubrimos la naturaleza, la identidad inicial que hemos destruido por el delirio de grandeza del conocimiento. El rodeo de la historia es la añadidura efectiva del devenir, que no estaba prevista en el plan de la creación. Por eso nadie ha de negarse esta aventura. (La tentación de la política no significa otra cosa) .

Si en la naturaleza existiera la más mínima prefiguración de conocimiento, no habría de interesarnos ya, pues dejaría de ser una cuna de olvido. ¿Dónde nos aliviaríamos del horror y del tormento de la lucidez?

La naturaleza nos invita a una petrificación perfumada y etérea, a un éxtasis sin lágrimas, a una voluptuosidad con recuerdos de más allá del mundo. Así ya no te sientes ligado a objeto alguno, ni puedes creer ya en nada que no sea tu desapego.

A menudo deseamos una gran derrota en la vida para poder apreciar plenamente qué sentido tiene la naturaleza como seno de consuelo. De los placeres del exilio no podemos gustar nosotros, mortales de a pie. La naturaleza responde con generosidad a reyes y dictadores derrocados. A nosotros no nos queda sino el exilio en el ser, la errancia en la existencia.

No puedo ver un paisaje sin sentir la necesidad de destruir todo lo que es acósmico en mí. Una nostalgia vegetal, añ  oranzas telúricas me comban y querría ser planta, morir cada día con el sol. Tenemos demasiados crepúsculos en el corazón si buscamos la naturaleza por sus sombras.

La vida tiene algo de la histeria de un final de primavera. Un féretro pendiendo de los astros, una inocencia pútrida, un vicio floral. Esa mezcla de cementerio y paraíso…


CIORAN, “Nihilismo y naturaleza”, Soledad y destino. Trad. de Christian Santacroce. Madrid: Hermida Editores, 2019. Do romeno „Nihilism și natură”, publicado originalmente em Vremea, ano X, nr. 489, 30 mai 1937, p. 3.

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