“El efecto Baudrillard” – Marc JIMENEZ

Un artículo de Baudrillard titulado «El complot del arte», que se publicó en 1996 en un periódico francés de circulación nacional, fue recibido como una verdadera ofensa, cuyo efecto más espectacular consistió en avivar una polémica que comenzaba a sofocarse. Provocación inepta para los partidarios del arte contemporáneo, las declaraciones del sociólogo parecían conceder un inesperado apoyo a las tesis más retrógradas, incluso las más reaccionarias, en materia de arte.

En realidad, Baudrillard incluía su visión del arte en una concepción más general de la evolución de las sociedades occidentales. En esencia, denunciaba los efectos perversos y la violencia de una mundialización que pervertía y neutralizaba los valores, erradicaba las diferencias y aniquilaba las singularidades. Esta evolución signaba el final del deseo de trascendencia, de ideal, de ilusión, pérdida verificable en todos los dominios, incluso el del arte. Esta esfera, que el filósofo Herbert Marcuse había asimilado a la sublimación, era reemplazada por un universo homogeneizado, transparente, reino de la indiferenciación, la indiferencia y la banalidad. Nada escapaba a esta banalización ni a ese intercambio de signos equivalentes: ni la política, ni la economía, ni el sexo, ni el cuerpo, ni la creación artística. Ese proceso de transparencia generalizada, propia de la época posmoderna, incluso hipermodema, no hacía más que revelar una y otra vez su obscenidad y su pornografía.

«¿Qué puede significar todavía el arte en un mundo hiperrealista por anticipado, cool, transparente, publicitario?», se preguntaba Baudrillard, dado que incluso la ironía, reivindicada por numerosas prácticas artísticas actuales, fracasaba en una siniestra confesión de falta de originalidad, de banalidad, nulidad y mediocridad.

El complot del arte se fomentaba sin instigadores señalados. Era en vano, entonces, buscar responsables, culpables de una sombría maquinación que, en realidad, involucraba a todo el mundo, tanto a los cómplices como a las víctimas. Según Baudrillard, la paranoia que se expresaba de manera espectacular en la crisis del arte contemporáneo era una paranoia cómplice, que «hace que ya no haya juicio crítico posible, sólo un reparto amistoso —necesariamente de comensales— de la nulidad. Tales son el complot del arte y su escena primitiva, relevada por todos los vernissages, encuentros, exposiciones, restauraciones, colecciones, donaciones y especulaciones».

Evidentemente, el texto de Baudrillard sólo adquirió su pleno significado una vez que fue reubicado en el contexto de una problemática más amplia. Sin embargo, lo que recogieron en aquella época los defensores del arte contemporáneo, irritados y escandalizados, fue esa aparente adhesión a la causa del frente antiarte. Es cierto que la contribución aportada por el sociólogo, algunas semanas después, al informe de una revista de la Nueva Derecha francesa, intensa y a veces furiosamente hostil al arte contemporáneo, no permitió aplacar los espíritus.


JIMENEZ, Marc, “El efecto Baudrillard”, La querella del arte contemporáneo. Trad. de Heber Cardoso. Buenos Aires: Amorrortu editores, 2010, p. 145-147.


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