“Religión sin Dios” – Byung-Chul HAN

El gran Buda,
está absorto y está absorto
durante todo el día de primavera

SHIKI

De Filosofía del Budismo Zen. Trad. de Raúl Gabás. Barcelona: Herder, 2015.

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Hegel, en una lección sobre filosofía de la religión, dice que el objeto de esta es «Dios y nada más que Dios». Tampoco el budismo constituye ninguna excepción. Y así Hegel equipara el concepto central del budismo, la «nada», simplemente con Dios:

[…] la nada y el no ser es lo último y supremo. Solo la nada tiene verdadera subsistencia, toda otra realidad, todo lo particular no tiene ninguna. Todo ha salido de la nada y todo vuelve a la nada. La nada es lo uno, el principio y el final de todo. […] A primera vista no puede menos de sorprender que el hombre piense a Dios como nada, eso tiene que presentarse como la cosa más singular del mundo; pero esa determinación, considerada más de cerca, significa: Dios no es en absoluto «nada determinado»; no hay ninguna determinación de tipo alguno que corresponda a Dios, él es lo infinito; y eso significa: Dios es la negación de todo lo particular.

Por tanto, Hegel interpreta el budismo como una especie de «teología negativa». La «nada» expresa aquella negatividad de Dios por la que él se sustrae a toda determinación positiva. Después de esta determinación problemática de la nada budista, Hegel expresa su extrañeza. «Dios, aunque sea entendido como nada, como esencia en general», es «sabido, sin embargo, como “este hombre inmediato”». Con estas palabras se refiere a Buda. Nos parece «lo más repugnante, indignante e increíble» que

un hombre con todas las necesidades sensibles sea considerado como Dios, como el que crea, conserva y produce eternamente el mundo desde la nada.

Hegel ve una contradicción en que lo «absoluto» sea personificado «en la finitud inmediata del hombre». «Es venerado un hombre y, como tal, es el Dios, que asume forma individual y se ofrece allí para ser venerado». O sea, Buda es la «substancia» en una «existencia individual», en cuyas manos está «el poder, el dominio, la creación y conservación del mundo, de la naturaleza y de todas las cosas».

Hegel, en su interpretación del budismo, se sirve de conceptos onto-teo-lógicos, como substancia, esencia, Dios, poder, dominio y creación, que son todos inadecuados al budismo. La nada budista es todo menos una «substancia». No es un «ser en sí mismo», no es un ser que «descanse y persevere en sí mismo». Más bien, es como «vacía en sí misma». «No huye» de la determinación para replegarse en su interior infinito. La nada budista no puede determinarse como aquel «poder substancial» que «rige el mundo y lo hace surgir y devenir todo según una conexión racional». La nada significa, más bien, que «nada domina». No se manifiesta como un «Señor». De ella no surge ningún «dominio», ningún «poder». Buda no «representa» nada. En él no se encarna la substancia eterna en una singularidad individual. Hegel enreda inadmisiblemente la nada budista en una relación de representación y causalidad. Su pensamiento, que se orienta por nociones como «substancia» y «sujeto», no puede captar la nada budista.

A Hegel le parecería extraño el siguiente kôan del Biyan lu: «Un monje preguntó a Dongshan: ¿qué es Buda? Dongshan respondió: tres libras de cáñamo». Igualmente extraña sería para Hegel la palabra de Dôgen:

Si os hablo de Buda, creéis que él ha de tener determinadas propiedades corporales y una radiante aureola de santo. Si os digo: «Buda es casco de ladrillo y guijarro», os mostráis admirados.

Ante estas palabras Zen, Hegel posiblemente afirmaría que, en el budismo Zen, Dios no aparece bajo la forma de un individuo, pues, más bien, «anda disperso» de manera inconsciente a través de innumerables cosas. Así, para Hegel, eso sería una recaída por detrás del budismo ordinario, pues su «progreso» frente a la religión de la «fantasía» consiste en que «se aquieta el inseguro tambalearse de Dios», en que Dios ha retornado desde «el desorden yermo […] a sí mismo y a la unidad esencial». Para Hegel el budismo es una «religión del ser en sí». Aquí Dios se concentra en su interior. Está «cortada» la «relación con otro». En cambio, a la religión de la «fantasía» le falta esta concentración. Allí el «uno» no está en sí mismo, más bien «está sometido a un movimiento disperso». Por el contrario, en el budismo Dios no está disperso en innumerables cosas:

Así, pues, en comparación con el estadio anterior, se ha pasado de la personificación que se descompone fantásticamente en innumerables maneras de manifestación a una modalidad de divinidad que está circunscrita y presente de manera determinada.

Este Dios recogido en sí mismo aparece «en una concentración individual», es decir, en la forma de un individuo humano llamado Buda.

Tampoco la interpretación de la meditación budista en Hegel da en el clavo de la actitud espiritual del budismo. Según Hegel, en el hundimiento meditativo se aspira al silencio del «ser en sí». Se entra «en sí mismo» en cuanto se corta toda «relación con otro». Así la «meditación» es una «ocupación consigo», un «retornar hacia sí». Hegel habla incluso de un «manar en sí mismo». Con ello ha de conseguirse una interioridad pura, absoluta, del ser en sí, que está libre por completo del otro. Nos hundimos en aquel «pensamiento abstracto en sí» que, como «una sustancialidad operante», es constitutivo para la «creación y conservación del mundo». De acuerdo con ello, la santidad del hombre consiste en que en esta aniquilación, en este silencio, se une con Dios, la nada, el absoluto. Según Hegel, en este estado del «nirvana» el hombre «ya no está sometido al peso, a la enfermedad, a la edad». Por tanto, en el «nirvana» se alcanza una infinitud, una inmortalidad, que constituye una libertad infinita:

El pensamiento de la inmortalidad se cifra en que el hombre es pensante, y lo es en su libertad en sí mismo; así es independiente por completo, otro no puede irrumpir en su libertad; él se refiere tan solo a sí mismo, otro no puede hacerse valer en él. Llegados a tal punto de vista, esta igualdad consigo mismo, lo llamado yo, este ser que es en sí mismo, verdaderamente infinito, es inmortal, no está sometido a ningún cambio, es él mismo lo inmutable, lo que es solo en sí mismo, lo que se mueve solo en sí mismo.

Según esto, la infinitud como libertad consiste en una pura interioridad, que no está implicada en ninguna exterioridad, en ninguna alteridad. En este hundimiento en el puro pensamiento el hombre está por completo en sí, se refiere solo a sí mismo, se toca tan solo a sí mismo. Ninguna exterioridad perturba su contemplación referida a sí mismo. El Dios del budismo presentado por Hegel está diseñado según esta «interioridad» pura del «yo». Hemos de mostrar más tarde que la nada budista es una figura opuesta a la interioridad.

Según Hegel, en todas las religiones superiores, especialmente en la cristiana, Dios no se reduce a ser una «substancia», sino que es también un «sujeto». Lo mismo que el hombre, Dios ha de pensarse como un sujeto, como una persona. Ahora bien, desde el punto de vista de Hegel, a la nada budista le falta la subjetividad o la personalidad. Lo mismo que el Dios hindú, no es «el uno», sino «lo uno». Y, por tanto, desde la perspectiva hegeliana, a la nada budista le falta la subjetividad o la personalidad. Esa nada, al igual que el Dios hindú, no es «el uno», sino «lo uno». Todavía no es un él, un señor. Le falta la «subjetividad excluyente». No es tan excluyente como el Dios judío. Esta falta de subjetividad se «suple» con la figura de Buda. Así, lo «absoluto» es personificado y «venerado» a través de un finito individuo empírico. Pero, según las citadas palabras de Hegel, el que un hombre finito sea considerado como «Dios» «nos parece lo más repulsivo, indignante e increíble». Para Hegel constituye una contradicción que lo «absoluto» sea representado bajo la forma de un individuo finito. Pero esta contradicción surge de su interpretación defectuosa del budismo. En efecto, Hegel proyecta en el budismo la religión cristiana, declarada por él como la religión consumada, para la que es constitutiva la figura de la persona; y con ello hace que el budismo se presente como defectuoso. De esa manera no acierta en la alteridad radical de la religión budista. Para Hegel, la exigencia de matar a Buda en boca de Linji, maestro zen sería incomprensible por completo:

Si encontráis a Buda, matad a Buda. […] Entonces alcanzaréis liberación por primera vez, entonces ya no estaréis encadenados por cosas y lo penetraréis todo libremente.

La ausencia de la «subjetividad excluyente» o de la «voluntad consciente» en la nada budista no es una «carencia» que deba suprimirse; más bien, constituye una fortaleza especial del budismo. La ausencia de «voluntad» o de «subjetividad» es precisamente constitutiva de lo pacífico del budismo. Tampoco la categoría de «poder» es adecuada a la nada budista, pues en el poder hemos de ver una manifestación de la «substancia» o del «sujeto». A la nada, que precisamente niega toda substancia, toda subjetividad, le es extraño aquel «poder» que se «revela» o «manifiesta». La nada no es un «poder que haga, que actúe». No «produce» cosa alguna. La ausencia del «Señor» desliga al budismo de toda economía del dominio. La falta de concentración del «poder» en un nombre conduce a una ausencia de la violencia. Nadie representa un «poder». Puede verse el fundamento de esto en un centro vacío, que no excluye nada, que no está ocupado por ningún sujeto del poder. Este vacío, esta ausencia de la «subjetividad excluyente» confiere al budismo un carácter precisamente amistoso. El «fundamentalismo» estaría en contradicción con su esencia.

El budismo no admite ninguna invocación de Dios. No conoce ni la interioridad divina, en la que pudiera sumergirse la invocación, ni la interioridad humana, que tuviera necesidad de una invocación. Está libre del «impulso de invocación». Es extraño al budismo aquel «impulso inmediato», aquella «añoranza», aquel «instinto del espíritu» que exigía la concreción o concentración de Dios «en la forma de un hombre real» (a saber, Cristo). En la forma humana de Dios el hombre se vería a sí mismo. Se agradaría a sí mismo en Dios. Pero lo cierto es que el budismo no tiene una estructura narcisista.

Dongshan, el maestro zen, con su «sable de matar» querría despedazar a Dios. El budismo Zen da un giro radical a la religión budista hacia la inmanencia: «Totalmente despejado. Nada sagrado». Frases del Zen como «Buda es casco de ladrillo y guijarro» o «tres libras de cáñamo» apuntan de igual manera a aquella actitud por la que el budismo Zen se dirige enteramente a la inmanencia. Expresan el «espíritu cotidiano», que convierte el budismo Zen en una «religión de la inmanencia». La nada o el vacío del budismo Zen no está dirigido a ningún allí divino. El giro radical a la inmanencia, al aquí, es precisamente el distintivo característico del budismo Zen en China o en Oriente Medio. Lo mismo que Linji, también Yunmen, maestro zen, lleva a cabo una «destrucción de lo sagrado». Él sabe, sin duda alguna, de qué depende lo «pacífico».

El maestro narraba:

Buda, inmediatamente después de su nacimiento, señaló el cielo con una mano y la tierra con la otra, dio siete pasos en círculo, miró en todas las direcciones del cielo y dijo: «En el cielo y en la tierra soy el único venerado».
El maestro Yunmen replicó: «Si yo hubiese estado presente, lo habría dejado tendido en el suelo con un bastonazo y lo habría arrojado a los perros como alimento, realizando así una empresa augusta para la paz en la tierra».

La imagen del mundo en el budismo Zen ni está dirigida hacia «arriba», ni gira en torno al «centro». Le falta el centro dominador. Podríamos decir también: el centro está en todas partes. Cualquier ser constituye un centro. Como un centro «amistoso», que no excluye nada, es en sí un reflejo del todo. El ser se des-interioriza, se abre sin límites a una anchura mundana: «Hemos de ver el universo entero en un solo granito de polvo». Así florece el universo entero en una sola flor de ciruelo.

Aquel mundo que «cabe en un granito de polvo» sin duda está vaciado de todo «sentido teológico y teleológico». Está vacío también en el sentido de que no está ocupado ni por Dios ni por el hombre. Está libre de complicidad entre el «hombre» y «Dios». La nada del budismo Zen no ofrece cosa alguna que pueda retenerse, ningún «fundamento» firme del que podamos cerciorarnos, nada a lo que pudiéramos agarrarnos. El mundo carece de fundamento: «Sobre la cabeza no hay ningún techo, y no hay ninguna tierra bajo los pies».

De golpe se rompe súbitamente en escombros el gran cielo. Lo sagrado y lo mundano desaparecen sin huellas. El camino termina en lo no recorrido.

Transformar lo carente de fundamento en un soporte singular y en un lugar de morada, «habitar» la nada, trocar la gran duda en un sí, son los «giros» particulares en los que puede verse la fuerza única del budismo Zen. El camino no conduce a ninguna «trascendencia». Sería imposible una huida del mundo, pues no hay ningún otro mundo:

En lo no transitado acontece un giro, y de pronto se abre un nuevo camino o, más bien, el «antiguo». Entonces brilla la clara luna ante el templo y susurra el viento.

El camino desemboca en el «tiempo remoto», conduce a una profunda inmanencia, en un mundo «cotidiano» de «hombres y mujeres, de anciano y joven, sartén y olla, gato y cuchara».

La meditación del Zen es radicalmente distinta de aquella meditación de Descartes que, según sabemos, en su orientación por la máxima de la certeza se salva de la duda mediante la representación del «yo» y de «Dios». Dôgen, el maestro zen, insistiría a Descartes que ha de seguir adelante con su meditación, que ha de extender más su duda y profundizarla, hasta que llegue a aquella gran duda en la que se rompen por completo tanto el «yo» como la idea de «Dios». Descartes, llegado a esta gran duda, posiblemente exclamaría de alegría: neque cogito neque sum («ni pienso ni soy»).

Ningún pensamiento puede medir el lugar del no pensamiento, pues en el ámbito del auténtico ser así no hay ni «yo», ni «otro».

Según Leibniz, el ser de la cosa respectiva presupone un fundamento:

Si además presuponemos que ha de haber cosas, hemos de poder aducir una razón de «por qué tienen que existir tal como son» y no de otra manera.

Esta pregunta por la razón (o el fundamento) conduce necesariamente al fundamento último, que recibe el nombre de «Dios»:

Así la razón última de las cosas tiene que radicar en una substancia necesaria, en la que la peculiaridad de los cambios está contenida tan solo de manera eminente, como en su fuente: y a esta substancia la llamamos «Dios».

En este «fundamento último de las cosas» encontraría «quietud» el pensamiento que busca el porqué. En el budismo Zen se aspira a otro tipo de quietud. Esta se consigue precisamente por la supresión de la pregunta del «porqué», de la pregunta por el fundamento. Al Dios de la metafísica como fundamento último se le contrapone una floreciente falta de fundamento: «Flores rojas florecen en una grandiosa confusión». A esta quietud singular apunta la frase del Zen:

Ayer, hoy, es como es. En el cielo sale el sol y se pone la luna. Ante la ventana se alza la montaña en la lejanía y fluye el profundo río.

Sabemos que también el pensamiento de Heidegger renuncia a la representación metafísica del fundamento, en la que habría de aquietarse la pregunta del porqué, a un fundamento de explicación al que habría de ser reconducido el ser de todo ente. Heidegger cita a Silesius: «La rosa carece de porqué, florece porque florece». Heidegger contrapone esta carencia de «porqué» al «principio de razón suficiente»: nihil est sine ratione («nada es sin fundamento»). Por supuesto, no es fácil demorarse o morar en lo carente de fundamento. Por tanto, ¿habrá que invocar a Dios? Heidegger cita otra vez a Silesius:

Un corazón silencioso en su fondo ante Dios, tal como este quiere, será tocado por él con agrado: es su tañido de Laúd.

Sin Dios el corazón carecería de «música». Mientras Dios no toca, el mundo no suena. Por tanto, ¿el mundo tiene necesidad de un Dios? El mundo del budismo Zen no solo carece de «porqué», sino también de toda «música» divina. El haiku, si lo escuchamos con exactitud, no es «musical». No tiene ninguna «apetencia», está libre de «invocación» o de «añoranza». Produce un efecto «insípido». Esta insipidez «intensa» constituye su profundidad.

Lluvia de invierno
un ratón corre sobre las cuerdas
de la mandolina.

BUSON

En ¿Para qué ser poeta?, Heidegger escribe:

La falta de Dios significa que ya no hay un dios que, de modo patente e inequívoco, reúna en sí los hombres y las cosas y, mediante esa reunión armónica, congregue la historia universal y la residencia del hombre en él […]. Con esta ausencia de Dios el mundo se queda sin el fondo que le sirva de fundamento. El fundamento es el suelo para echar raíces y estar. La edad del mundo que se queda sin fundamento está suspendida en el abismo.

Sin duda el Dios de Heidegger no es el antiguo fundamento último de las cosas metafísicamente pensado, o la causa sui. Es sabido que Heidegger se ha distanciado cada vez más de este Dios de los filósofos,

que es el fundamento causal como la causa sui. Así suena el nombre adecuado a Dios en la filosofía. El hombre no puede dirigirse con su oración a este Dios, ni ofrecerle sacrificios. Ante la causa sui el hombre no puede ni caer de rodillas con espanto, ni tocar música y danzar.

Heidegger se aferra todavía a Dios. Bajo este aspecto su pensamiento no puede llevarse sin más a las cercanías del budismo Zen. El budismo Zen no conoce ese enfrente divino ante el que se puede «rezar», «danzar», «tocar música» o «caer de rodillas con espanto». La «libertad» del «espíritu cotidiano» se cifraría propiamente en no caer de rodillas. Su actitud espiritual consistiría más bien en asentarse firme como una montaña.

Heidegger, en su conferencia El hombre habita poéticamente…, escribe:

Todo lo que en el cielo y así bajo el cielo y con ello en la tierra brilla y florece, suena y emite aroma, sube y viene, pero también se va y cae, se queja y calla, y además palidece y oscurece. En esto familiar al hombre […] se aviene el desconocido, para permanecer allí protegido como el desconocido. Así el Dios desconocido aparece como el desconocido por la patencia del cielo. Este aparecer es la medida en la que se mide el hombre.

El budismo Zen no admitiría esta separación estricta entre lo conocido y lo desconocido, entre lo que aparece y lo oculto. En él daría ya la medida todo lo que entre el cielo y la tierra brilla y florece, suena y emite aroma, asciende y viene, se va y cae, se queja y calla, palidece y oscurece. No se busca allí algo oculto «detrás» de la aparición. El misterio (lo escondido) sería lo manifiesto. No hay ningún nivel superior de ser que se anteponga a la aparición de lo fenoménico. Su nada habita el mismo plano de ser que las cosas inmersas en la aparición. El mundo «está enteramente ahí» en una flor de ciruelo. No hay nada fuera de la patencia de cielo y tierra, flor de ciruelo y luna, fuera de las cosas que aparecen en su propia luz. Si un monje hubiese preguntado a su maestro: «¿Hay en la tierra una medida?», posiblemente habría recibido la respuesta: «Fragmentos de ladrillo y guijarros». También el haiku hace que el mundo «entero» aparezca en las cosas. El mundo está manifiesto por completo en la patencia de las cosas entre cielo y tierra. Nada permanece «oculto»; nada se retira a lo desconocido.

Heidegger piensa la cosa igualmente desde el mundo. Según este filósofo, la esencia de la cosa consiste en hacer manifiesto el mundo. La cosa congrega, en ella se reflejan la tierra y el cielo, lo divino y lo mortal. La cosa «es» el mundo. Pero en Heidegger no cada cosa es capaz de hacer que aparezca el mundo. La coacción teológica de Heidegger, su aferrarse a Dios, ejerce un efecto selectivo en relación con las cosas. «Dios» «estrecha» el «mundo» de Heidegger. En su colección de la cosa, Heidegger no podrá aceptar ninguna «sabandija» (literalmente: el animal que no es apto para entregarlo en sacrificio a Dios). Solo el «toro» y el «corzo» son acogidos en el mundo de la cosa. En cambio, el mundo del haiku está habitado por numerosos insectos y animales que no son apropiados para el sacrificio. De esta forma, está más lleno y es más amistoso que el mundo de Heidegger, pues no solo se halla liberado del anthropos (hombre), sino también del theos (Dios).


Byung-Chul Han, “Religión sin Dios”, Filosofía del Budismo Zen. Trad. de Raúl Gabás. Barcelona: Herder, 2015.