“Un humanista radical: Cioran o la virtud del pesimismo” – Entrevista a Carlos Javier González SERRANO

“El pesimista no dice que tenemos que sufrir, sino que debemos estar preparados para sufrir. En este sentido, el pesimista es un revolucionario: no quiere dejar el mundo como es, pero tampoco crea falsas expectativas. Nos sitúa en él como privilegiados y muy realistas espectadores.”

Carlos Javier González Serrano

Lo que se llama «pesimismo» no es otra cosa que el «arte de vivir», el arte de saborear el gusto amargo de todo lo que existe.

Cioran, Cuadernos: 1957-1972

Carlos Javier González Serrano, Freigeist (Madrid, 1985). Director de proyectos culturales. Asesor de cultura y comunicación. Profesor de Filosofía y Psicología (Secundaria y Bachillerato) y tutor y orientador de la etapa de Bachillerato en el Colegio San Gabriel de Madrid. Gestor y consultor de equipos de trabajo. Filosofía, literatura, cultura y crítica social en televisión, radio y medios escritos. Conferenciante internacional en diversas instituciones y universidades nacionales e internacionales. Escritor y traductor. Licenciado en Filosofía, Máster en Psicología del Trabajo y de las Organizaciones y Gestión de Recursos Humanos, Máster en Estudios Avanzados en Filosofía, Máster en Psicología Clínica y Psicoterapia Infantojuvenil y Máster del Profesorado de Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato.

Colabora como periodista especializado, columnista y crítico cultural para numerosas publicaciones, tanto académicas como divulgativas, así como para prensa nacional e internacional. Director del exitoso programa de radio El vuelo de la lechuza (2021-2022, radio del Círculo de Bellas Artes de Madrid) y de la revista homónima (www.elvuelodelalechuza.com). Ha trabajado y trabaja como gestor y coordinador de diversos equipos editoriales y periodísticos, y forma parte del equipo de dirección y coordinación de distintas revistas comerciales y académicas. Imparte charlas, conferencias y cursos sobre distintas temáticas (filosofía, literatura, psicología infantojuvenil, edición, dirección cultural, gestión de equipos, comunicación, escritura, historia y teoría de la música, etc.) en diversas instituciones públicas y privadas, tanto nacionales como internacionales.Colabora regularmente con importantes medios de comunicación escritos y audiovisuales nacionales (TVE, RNE, Mediaset, Onda Cero, Cadena Ser, Ethic, Scherzo, National Geographic, Voz pópuli, ABC, The Objective, El PaísCuadernos Hispanoamericanos, etc.) e internacionales. Entre otros cargos de importancia, ha sido editor de no ficción en la prestigiosa Alianza Editorial (Grupo Anaya), así como editor en Herder Editorial, y colabora como asesor para diversos sellos editoriales de importancia.

Es requerido frecuente y regularmente por universidades nacionales e internacionales, y por empresas de distintos sectores, para ser miembro de comisiones y tribunales evaluadores o como consultor, así como para impartir conferencias sobre sus temas de especialización.

Presidente de la Sociedad de Estudios en Español sobre Schopenhauer. Embajador de la Internationale Philipp Mainländer-Gesellschaft (IPMG, Sección Española). Director de Schopenhaueriana. Revista española de estudios sobre Schopenhauer. Miembro del Comité Directivo de la Sociedad Iberoamericana de Estudios sobre Pesimismo (SIEP). Miembro de la International Society of Boredom Studies. Ha sido colaborador del Centro de Astrobiología (CAB) y del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA) para el proyecto internacional “Cultura con C de Cosmos”. Reconocido especialista y estudioso del movimiento romántico y del pensamiento y la obra de Arthur Schopenhauer, Philipp Mainländer, Rosalía de Castro, Miguel de Unamuno o María Zambrano, así como del suicidio desde una perspectiva pluridisciplinar. Ha impartido e imparte numerosas conferencias y cursos sobre otros autores como Hermann Hesse, Fernando Pessoa, Giacomo Leopardi, Friedrich Nietzsche, Hannah Arendt, Pío Baroja, Virginia Woolf, León Tolstói, Antón Chéjov, Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath o Edgar Allan Poe, entre muchos otros, así como sobre diversas temáticas, como el inconsciente en la historia de las ideas, el desarrollo y evolución del pesimismo, teoría de la música, psicología evolutiva y organizacional, pensamiento político o la relación entre filosofía y literatura.

Ha sido Colaborador Honorífico en el Departamento III (Historia de la Filosofía, Estética y Teoría del Conocimiento) y en el Departamento I (Filosofía Teorética) de la Facultad de Filosofía de la UCM, donde ha impartido clases, así como en diversas universidades nacionales e internacionales como invitado, en calidad de profesor visitante o como miembro de tribunales académicos (Universidad del Atlántico, Universidad del Norte, Universidad de Guerrero, etc.). Es requerido habitualmente en numerosos institutos de enseñanza media para iniciar al estudiantado más joven en estudios de filosofía, literatura y artes, defendiendo un recorrido interdisciplinar entre ciencias sociales, ciencias básicas y humanidades.

Ha editado diversos volúmenes literarios y ensayísticos de importancia y es autor y coautor de numerosos libros: Filosofía y muerteOrtega y Gasset. Pensar la circunstancia (traducido al italiano, al portugués y al polaco), coautor y coordinador del libro Galería de los invisibles, coautor de la obra Hannah Arendt y la literatura, autor del libro Arte y música en Schopenhauer. El camino hacia la experiencia estética, introductor y editor del volumen La imposible conquista de la libertad. Ética, política y Estado en Arthur Schopenhauer, epiloguista de la edición española de la novela de Philipp Mainländer Rupertine del Fino, introductor y traductor del poemario de Philipp Mainländer (Aus dem Tagebuch eines Dichters, Diario de un poeta), traductor y editor del volumen Parábolas y aforismos, de Arthur Schopenhauer, coautor del volumen Actualidad de Philipp Mainländer, editor de la Filosofía de la redención, de Philipp Mainländer, traductor de los Aforismos sobre la sabiduría de la vida (Schopenhauer) o prologuista de la edición española de la Filosofía de lo inconsciente de Eduard von Hartmann, entre otros.


Un humanista radical: Cioran o la virtud del pesimismo
Entrevista a Carlos Javier González Serrano

Rodrigo Menezes Estimado Carlos Javier, le agradezco por esta entrevista. Hace algunos años que acompaño su trabajo autoral y editorial (incluso su revista, El vuelo de la lechuza, que recomiendo a nuestros lectores[1]). Me interesa pensar la relación histórico-filosófica de Cioran con los autores alemanes a los que usted se dedica, como Schopenhauer y (aún más) Mainländer (por su oscuridad y marginalidad). De manera general, ¿dónde ubica usted a Cioran entre Schopenhauer, Mainländer y Nietzsche en la historia de la filosofía? En su interpretación, ¿a cuál de ellos se acercaría más el filósofo rumano?

Carlos Javier Gonzáles Serrano Es cierto que Cioran suele ser adscrito, con cierta facilidad, al grupo de los “pesimistas filosóficos”. Sin embargo, es muy conveniente matizar esta postura que puede resultar natural. Es indudable que, en el panorama decimonónico, Arthur Schopenhauer inauguró lo que podríamos llamar “pesimismo moderno”, y sin duda es el autor más conocido de la corriente pesimista. Ahora bien, el pesimismo de Schopenhauer surge, sobre todo, como un resultado metafísico de la observación del mundo; su filosofía guarda aún el anhelo kantiano de dar sistematicidad (si bien orgánica) a la experiencia en su conjunto. Como él mismo apuntó, la realidad es un jeroglífico que hay que descifrar, cuya clave interpretativa (o llave, Schlüssel) es la voluntad (Wille). Esta voluntad hace de nosotros seres escindidos entre el entendimiento o inteligencia (Verstand), cuyo correlato físico es el cerebro, y el deseo. Pero más allá de esta caracterización física, lo relevante en Schopenhauer es su posición manifiestamente metafísica: la voluntad no es sólo lo que nos constituye como individuos, sino también la sustancia  que subyace a toda la realidad. Es su fundamento (Grund), si bien irracional, que sólo desea y, por tanto, y esto es fundamental, también nos aboca a abismos (Abgrund) de todo tipo. En este sentido, la negación de la voluntad se sitúa como la acción más digna que puede llevar a cabo un ser humano.

En Philipp Mainländer, discípulo crítico de Schopenhauer, se mantiene este ahínco metafísico, pero a diferencia del maestro, en quien la voluntad es eterna, una e indivisible, en Mainländer asistimos a su descomposición: cada uno de los individuos es una parte de una unidad primigenia (Dios) que, en un primer momento, decidió darse muerte a sí misma para constituir así la vida del mundo (“Gott ist gestorben, und sein Tod war das Leben der Welt”). Por tanto, en el sistema de Mainländer, todo se aboca a una desaparición que ya está predeterminada desde el inicio de los tiempos: somos fragmentos de una sustancia primordial, y, como parte de su proceso de descomposición, también nosotros estamos encaminados hacia la Nada (Nichts). En su sistema, el suicidio queda así justificado, a diferencia de Schopenhauer, quien defendió que el suicidio supone una rendición ante las garras de la voluntad, que nos espolea continuamente. Al contrario, en Mainländer, el suicidio (Selbstmord) se conceptualiza como una suerte de lucidez que no deberíamos condenar: quien comete suicidio es porque ha llegado a comprender el natural desenvolvimiento del mundo. Él mismo se dio muerte a sí mismo tras recibir los primeros ejemplares de su obra magna, la Filosofía de la redención (Philosophie der Erlösung) en 1876. Aunque no es la meta mainländeriana: para el pensador de Offenbach am Main, existe una figura fundamental, el héroe sabio (weise Held), que ha llegado a comprender la dinámica de la realidad y que, en este sentido, ayuda al resto a comprenderla y asumirla, a pesar de los sufrimientos que esta conciencia puede llegar a suponer.

En Cioran, a pesar de su tendencia místico-religiosa (que siempre tuvo presencia en su vida y en su obra), no existe este anhelo metafísico ni mucho menos sistemático. En numerosos pasajes arremete contra la necesidad de desarrollar un sistema cerrado: cualquier biografía se desarrolla en un continuo fluir que no puede quedar supeditado a la rigidez de un sistema. Además, el pesimismo de Cioran no esconde un fundamento metafísico, sino que tiene que ver con las vivencias cotidianas, sumidas en el absurdo (en este punto, su pensamiento queda en parte hermanado con el de Albert Camus). En nuestro cotidiano vivir asistimos sentimentalmente a un desfondamiento de la realidad: nada de cuanto existe tiene una razón por la que es, salvo la de estar en el mundo, es decir, su pura facticidad. Por tanto, estamos sujetos a un azar imposible de sortear, y la vida, en su carnalidad, nos expone a un tránsito del que no podemos dar razón. Al contrario de lo que suele decirse, en Cioran este sometimiento a lo azaroso se convierte en un humanismo radical: al darme cuenta de mi propio sufrimiento, también lo supongo en los demás, e intento mitigarlo para no hacer de este mundo un valle de lágrimas. Al menos, para no acrecentar el dolor y el sufrimiento. Frente al absurdo que Albert Camus presenta en El mito de Sísifo, que nos enfrenta al abismo de nuestra libertad y que se supera a través de la acción comprometida (con el mundo, con el otro, con la sociedad y mediante el empeño por alcanzar la justicia), en Cioran, al contrario, todo está perdido desde el principio para quien conoce la dinámica del mundo. Aquí reside la valentía de su pensamiento, su heroica propuesta como filósofo del absurdo que, lejos de dar un no a la vida, le planta cara (con todos sus miedos, pesadumbres, incertidumbres y pesares) y –en parte con humor, en parte con un ácido sarcasmo– decide afirmarla hasta sus últimas consecuencias. Surge así lo que Cioran llama “el método de la agonía”.

Se puede existir de muchas formas; pero para vivir, humana y plenamente, sólo existe un camino: asumiendo el sentimiento de lo irreparable, de lo irremediable, que acompaña siempre a la conciencia despierta. Por tanto, la filosofía de Cioran encierra un rotundo sí a la vida… a pesar de todo. Ya escribió el autor rumano que “Vivir sólo es no pedir ni esperar nada más de la vida. […] Los grandes solitarios no se retiraban para prepararse para la vida, sino para soportar, interiorizados y resignados, la liquidación de la misma”. Al fin y al cabo, pisar el abismo puede permitir, precisamente, tener un suelo que pisar: cuando todo está perdido no hay nada que perder ni que ganar. La vida se conquista en su radical asunción. Tal es el gran legado de Cioran. Un legado que no se ha sabido entender (y que sigue malinterpretándose) pero que llama a una lucidez que no atemoriza, sino que calma y nos hace reposar en la certeza de que, en esta vida, nada se resuelve. ¿Necesitamos, acaso, alguna otra certidumbre?


R. M. ¿Cómo pensar la relación entre optimismo y pesimismo en los tiempos modernos? Considero estas nociones sobre todo en términos filosóficos, pero también en términos culturales generales, más allá de las teorías filosóficas. La Modernidad suele ser considerada un proyecto civilizatorio cuyo objetivo es la realización perfecta de la felicidad y la optimización del bienestar humano en el mundo, con medios eminentemente humanos (fundamentalmente, un proyecto secular y tecnocientífico de la Razón). La Modernidad sería, pues, instintivamente antipesimista, “alérgica”, por así decirlo, a ideas y contenidos de tipo trágico-pesimista (por ejemplo, la doctrina del pecado original, o la Caída, según Cioran). Leibniz, Spinoza y Hegel suelen ser considerados filósofos optimistas de los tiempos modernos, mientras Schopenhauer, Mainländer y Cioran, pesimistas. ¿Cuál es hoy la relevancia de estos pensadores para nuestra cultura globalizada? ¿Cuál es la importancia del (de los) pesimismo(s) filosófico(s) en estos tiempos de “positividad tóxica”?

Carlos Javier González Serrano – He escrito en prensa sobre este asunto y lo he tratado en muchas conferencias; siempre reivindico la necesidad de pensar las relaciones entre pesimismo y vida buena. Nuestra vida está absolutamente contaminada por un imperativo de felicidad que nos conduce a pensar la realidad en términos de (entera) disponibilidad, como si todo estuviera a nuestro alcance, como si no hubiera impedimentos estructurales y sistémicos que pudieran trastocar nuestras ilusiones de felicidad. El fracaso y la frustración están vetados del universo humano, al igual que la muerte, y todo lo oneroso y doloroso tiende a ocultarse. Cada vez se esconden más en las ciudades lugares como hospitales, tanatorios o residencias de mayores.

Además, y es lo más peligroso, desde la autoayuda, numerosos gurús invaden la esfera emocional de la población y fomentan la creación de lo que llamo “pensamiento mágico”,[2] es decir, pensar que las cosas van a ir bien porque así lo creamos o deseemos. Nuestro deseo no se aviene a la realidad, y es conveniente tenerlo en cuenta.

Por otro lado, en una línea que podría suscribir Cioran, ser conscientes del propio mal (y del mal ajeno, del sufrimiento y del dolor que somos y que habita en y entre nosotros) es comenzar a ser conscientes de nuestra realidad. Sin reflexionar sobre el mal, sobre el sufrimiento, sobre los males de nuestro tiempo, nos resulta imposible cambiar las cosas. O, al menos, preguntarnos si podemos cambiarlas.

Al contrario, el optimismo tiende a dejar todo en su sitio, es un mecanismo de pensamiento que nos hace estáticos, que nos deja inermes: todo es tan bueno como puede ser.

El pesimismo y su ejercicio es, o puede llegar a ser, revolucionario: nos hace ver qué va mal y analiza qué puede cambiarse, permite comprobar e investigar aquellas estructuras (sean biológicas, sociológicas, políticas o antropológicas) que hacen que el sufrimiento continúe su camino libremente. El pesimismo nos invita permanentemente a pensar y, sobre todo, a pensarnos.

De hecho, si echamos un vistazo a la historia de las ideas, en el pesimismo rastreamos la raíz del pensamiento e incluso de la filosofía. Esto se ve ya en uno de los grandes libros sapienciales de la Biblia, el libro de Job, en el que el mismísimo Yahvé es tentado por el diablo para probar a su más leal siervo, Job, que se ve cuestionado por sus amigos más cercanos. O en el Eclesiastés, uno de los más hermosos textos de la literatura universal, que nos hace ver el mundo como un valle de lágrimas.

Por tanto, defiendo que el pesimismo es una auténtica revolución, frente al imperativo de la felicidad con el que intentan endulzar nuestras emociones y aplacar nuestra potencia individual y comunitaria para cambiar las cosas. Hasta bien entrado el siglo XVIII, salvo algunas excepciones, y bajo el dominio del pensamiento teológico occidental, se pensaba que el mundo era como debía ser; Dios se esconde tras todo acto y, en este sentido, todo guarda un significado que desconocemos. Cabe preguntarse (y así lo hacían los pensadores de aquellos tiempos): si Dios es bueno, ¿puede querer nuestro mal? Y sin embargo, el mal existe. El pesimismo cuestiona, ya desde Voltaire en su breve y fantástica novela Cándido, ese trono divino. No por esperar que todo vaya a salir bien crearemos un mundo mejor. Todo lo contrario. El mundo, lo queramos o no, es como es, y tenemos que pensarlo como es. No sirven excusas. El pesimismo no llama a la rebelión, pero sí a la revolución intelectual: vivimos invadidos por un meloso y muy peligroso imperativo de felicidad, rodeados de libros de autoayuda que nos hacen creer que hemos nacido para ser felices. Están creando seres humanos muy poco humanos, poco preparados para sufrir: se está patologizando todo lo que tiene que ver con el dolor y el sufrimiento, cuando la insoslayable realidad es que todos sufrimos pérdidas, rompemos con nuestra pareja, tenemos crisis con los amigos o en el trabajo, y, sin embargo, nos están abocando a una sociedad medicalizada, torturada porque no sabe que en el meollo de la existencia también se encuentra el sufrimiento. El pesimista no dice que tenemos que sufrir, sino que debemos estar preparados para sufrir. En este sentido, el pesimista es un revolucionario: no quiere dejar el mundo como es, pero tampoco crea falsas expectativas. Nos sitúa en él como privilegiados y muy realistas espectadores.

R. M. ¿Usted está de acuerdo con Brunetière en que el optimismo es ante todo una metafísica, mientras que el pesimismo es por principio una moral, antes de ser una metafísica?[3] A propósito de la inevitable implicación entre metafísica, moral (o ética) y política, el pesimismo suele ser considerado una actitud y perspectiva filosófica reaccionaria, mientras una actitud moderna, progresista, o aun revolucionaria, debe ser opuestamente optimista. ¿Es posible ser filosóficamente pesimista (hasta en el plano metafísico de especulación, antropológico y ontológico) y, sin embargo, no ser ni querer ser reaccionario, su antípoda?

C. J. G. S. – Creo, más bien, lo contrario. Que el optimismo es una actitud natural en todos los seres humanos. Es imposible vivir sin un horizonte de sentido, sin un mañana al que proyectarnos. Inevitablemente, tenemos que pensar que mañana sobreviviremos, que seguiremos en disposición de intervenir en nuestros asuntos y que (en parte) estará en nuestra mano determinar las condiciones en que nuestra vida se desarrollará. Ahora bien, tras este inevitable optimismo biológico (al que podemos aludir como “actitud natural”) se esconden numerosas corrientes que intentan hacer pasar el optimismo como una imposición ante cualquier tipo de adversidad.

A lo largo de nuestra vida, las circunstancias se nos ponen en contra en multitud de ocasiones, y pensar que “todo acabará por ir bien” puede desembocar en frustraciones y posiciones patológicas como la ansiedad, la obsesión o incluso la paranoia o la psicosis. El optimismo ha arraigado en nuestro tiempo como posición metafísica porque nos han acostumbrado, desde instancias políticas y económicas, a vivir en la precariedad y en la crisis constante. Deberíamos cuestionar, más bien, cuáles son las estructuras sistémicas que facilitan (e imponen) este tipo de posiciones, es decir, reflexionar sobre por qué deberíamos estar obligados a pensar de manera optimista sobre nuestra vida. Optimismo y felicidad no son sinónimos. Cuando se nos pide que nos mostremos continuamente optimistas olvidan que el fracaso es una vivencia inevitable en toda biografía. El pensamiento mágico (“si crees, sucederá”) esconde una tiranía psicológico-emocional, sobre todo para la clase trabajadora. Al contrario, el pesimista no espera de manera inocente a que las cosas cambien, sino que, a la vista de lo inevitable del mal, pone remedio para saber encajarlo sin rencor. Aquí podemos recurrir a nuestro maestro Cioran. Cioran siempre imprime valor frente al sinsentido: “El hecho de que la vida no tenga ningún sentido es una razón para vivir, la única en realidad”, escribió. El pesimismo es humanista porque, lejos de vender humo felicifoide, nos expone a -y hermana en- la intemperie, que es el escenario natural en el que transcurre la vida.

El pesimismo, siguiendo también a Cioran, es lo contrario del conservadurismo, de ser reaccionario. Escribió algo muy bello al respecto el autor rumano: “Los fracasos de la vida son de una fecundidad impresionante. Éstos no destruyen sino a aquellos seres faltos de consistencia que no viven intensamente, que no pueden renacer”. El pesimismo no quiere que las cosas vayan mal: asegura que, muy seguramente, nunca irán mejor y que, por eso, quizá sea preferible tender la mano al otro en vez de resguardarnos en estupidizantes utopías felicifoides.

Al fin y al cabo, lejos de sumirnos en un inoperante quietismo o en un vacuo derrotismo, un sabio pesimismo nos invita a encarar el mundo sin esquivar ninguna de sus aristas, por oscuras o inciertas que puedan resultarnos.


NOTAS:

[1] https://elvuelodelalechuza.com/

[2] Cf. CIORAN, “Magia y fatalidad”, En las cimas de la desesperación (1934).

[3] “El optimismo es una metafísica, pretendía Brunetière, mientras que el pesimismo es más una moral que una metafísica.” COMPAGNON, Antoine, Los antimodernos: de Joseph de Maistre a Roland Barthes. Trad. de Manuel Arranz. Barcelona: Acantilado, 2007, p. 105.

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