“El aciago demiurgo, de E. M. Cioran” – José Antonio Tejada Sandoval

Universidad Privada del Norte, Peru, 17 deciembre 2019

Una obra en la que el pensador rumano revela sin atenuantes la poca fe, acaso desprecio, que le inspira la especie humana y lo que le es inherente.

«Entre tus ruinas, me siento a cubierto», le diría Samuel Beckett, el célebre autor de Esperando a Godot, a Emil Cioran, a propósito de la lectura de Le mauvais démiurge (Liiceanu, 2014, p. 75). Obra publicada en 1969, su contenido colisionó con los dogmas que sustentan el respeto incondicional hacia la pureza de la divinidad y proclaman el valor irreprochable de la vida. Que ello fue así lo prueba la censura de que fue objeto el libro durante la dictadura de Francisco Franco, cuando años más tarde, en 1974, se intentó publicarlo en España. Consciente del carácter revulsivo de su contenido, Cioran le recomendaría el libro a su hermano Aurel, llamándolo, no sin cierto deje de ironía, «reconfortante».

El malvado demiurgo (título, por ejemplo, de la edición que el 2012 corrió a cargo de la editorial Terramar) es la traducción literal del original en francés, lengua en la que Cioran había de escribir todos sus libros a partir de 1947. Pero es otro –El aciago demiurgo–, título sugerido por Fernando Savater al verter la obra al castellano, el que ha ganado más difusión cuando se la cita. Por ello, en lo que sigue, así me referiré a ella.

El título indicaba, según Cioran, «un programa» (Liiceanu, loc. cit.). Con esto, quizá apuntaba a poner de relieve que el libro contenía una base de ideas sobre la cual se erigían las obsesiones que definían y expresaban su pensamiento. Su lectura evidencia tal carácter. El aciago demiurgo, a despecho de su breve extensión, agrupa seis incisivos textos que versan sobre aquellos temas a los que el escritor rumano –maestro de la blasfemia y del escepticismo más radical, nihilista consecuente hasta la náusea– hubo de retornar una y otra vez: Dios y la doctrina gnóstica, el cristianismo, la caducidad de la carne como cifra de la inanidad de la existencia, la obsesión del suicidio,  la ilusión del ser y el pertinaz apego a la vida de aquel a quien en este libro se llama «no liberado», la mística, el budismo y la ilusión del yo, entre otros latigazos dados al letargo del pensamiento enclavado disciplinadamente en el statu quo. Porque es así: la contundencia con que Cioran cavila es  –para decirlo con llaneza– brutal.

El texto inicial –que da título al libro– arremete contra la idea de un dios bondadoso. A esta concepción Cioran contrapone la tesis gnóstica según la cual este mundo es obra de un creador maligno. Es claro que Cioran no acogía un plano y simple ateísmo: la suya, más bien, era la postura de un jurado enemigo de la idea cristiana de divinidad; él se descubre como un feroz impugnador de la pureza atribuida a los designios celestiales. El nihilismo que a su pensamiento se asocia puede verse perfilado claramente en este punto de sus meditaciones. En un mundo nacido debido a una mayúscula equivocación, pesada broma que deambula en el silencio del universo, producto amorfo de la monstruosa necedad de un «demiurgo ignorante» (véase La rebelión de los ángeles de Anatole France), un capricho al acaso que comenzó mal y terminará peor, en un mundo que no es ni por asomo el fruto mejor del creador, el placer se revela como la carnada ofrecida al hombre para prolongar neciamente este descarriado peregrinaje hacia la nada. Pensando en la procreación y el placer del acto sexual   –y resuenan aquí los ecos de Schopenhauer–, mecanismos a través de los cuales una horrenda creación perpetúa su penoso drama cósmico, se lee en un pasaje: «La vida misma no entra en disputa, es misteriosa y [abrumada] de anhelo; lo que no [y aquí está hablando de la cópula], es el ejercicio en cuestión, de una inadmisible facilidad, vistas sus consecuencias. Cuando se sabe lo que el destino dispensa a cada cual, se queda uno pasmado ante la desproporción entre un momento de olvido [esto es, los instantes de placidez fugaz del arrebato carnal] y la suma prodigiosa de desgracias que resulta de ello [léase, la retahíla de desencuentros y catástrofes que marcan a fuego la historia humana]». (Cioran, 2012, p. 14)… [+]

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